El tránsito entre los siglos XX y XXI ha puesto de manifiesto
la importancia y la trascendencia de la cultura como factor de desarrollo.
Esta constatación ha provocado un crecimiento importante de los
recursos públicos destinados a la cultura y, al mismo tiempo, ha
fomentado una mayor centralidad de las políticas culturales en
el conjunto de las políticas públicas. La cultura, considerada
a menudo como un complemento más o menos decorativo en relación
con el resto de los dominios de intervención pública, ha
pasado a ser un factor clave para el desarrollo de las ciudades. Muchas
metrópolis europeas se han encarado a las dificultades del eclipse
de la sociedad industrial apostando por la cultura para hacer frente los
retos de futuro.
Barcelona ha sido un referente internacional de esta estrategia durante
los últimos años. Proyectos como el 22@, que apuesta por
las industrias creativas, o la celebración de acontecimientos,
como el año internacional Gaudí 2002, en favor del turismo
cultural, o la articulación de la renovada red de bibliotecas para
garantizar la igualdad en el acceso al conocimiento de todos los barrios
de la ciudad, o la inversión continuada en la red de equipamientos
culturales, manteniendo al mismo tiempo una oferta cultural de calidad,
son algunos ejemplos de una intervención sostenida que ha buscado
potenciar los efectos positivos de la cultura en el crecimiento económico
y la cohesión social en la ciudad.
La visión del nuevo Plan apela a la dimensión cultural del
desarrollo. Parte de la constatación de que el desarrollo de un
territorio no sólo lo conforman el crecimiento económico,
una justa distribución de la riqueza y la sostenibilidad ambiental,
sino que también se sostiene en el desarrollo cultural. La importancia
de esta constatación reside en la consideración de la cultura
no como un instrumento, sino como una dimensión del desarrollo.
De la cuidadosa combinación de estas cuatro dimensiones —riqueza,
equidad, sostenibilidad y cultura—, se deriva el grado de desarrollo
de una sociedad determinada.
La idea de desarrollo se identifica, primero, con la capacidad de aumentar
la riqueza de una sociedad; inmediatamente se añade a ello la necesidad
de que el desarrollo económico tienda a una justa distribución
entre todas las capas sociales, y, a finales del siglo XX, la atención
hacia fenómenos tan importantes como en agujero en la capa de ozono
o el calentamiento del planeta obligan a incorporar los criterios de sostenibilidad
en la concepción del desarrollo. A principios del siglo XXI, en
un mundo que se explica especialmente desde paradigmas culturales, la
concepción del desarrollo tiene que incorporar la dimensión
cultural.
Pero este ejercicio encuentra ciertas dificultades, ya que es difícil
definir los parámetros para la medición del desarrollo cultural.
Del mismo modo que el PIB se convierte en el indicador por excelencia
del crecimiento económico de una sociedad, y el IDH (indicador
del desarrollo humano) promovido por el PNUD, se ha convertido en uno
de los indicadores más fiables para analizar la desigualdad, tendríamos
que preguntarnos qué indicadores miden el desarrollo cultural de
una sociedad. Es una cuestión difícil de resolver con la
misma precisión que en el resto de las dimensiones del desarrollo,
pero esta dificultad metodológica no puede anular los valores intrínsecos
de la cultura en relación con el crecimiento de una sociedad determinada.
El desarrollo cultural exige tener en cuenta, al menos, cinco dimensiones:
la libertad de los individuos y las comunidades para expresarse —la
libertad cultural en una ciudad diversa—; las oportunidades de los
creadores para desarrollar todas sus potencialidades y proyectarlas —la
ciudad creativa—; la riqueza y la variedad de agentes y actores
culturales en un equilibrio entre mercado cultural y espacio institucionalizado
por la cultura —un ecosistema cultural denso y productivo—;
la preservación de la memoria a través del patrimonio acumulado
—la ciudad en el tiempo—, y finalmente, la preservación
del espacio público como lugar de encuentro, diálogo e intercambio
—la ciudad es espacio público—.
Es difícil establecer indicadores fiables y precisos sobre estos
vectores, pero, en cambio, es posible impulsar políticas e iniciativas
que incentiven la mejora en estas direcciones. Para ir acotando el marco
de acción, consideramos la articulación del sistema cultural
urbano en tres estratos. El primero, el más amplio y poco sistematizado,
lo denominamos el de la proximidad. Es el estrato de las interrelaciones
culturales de los ciudadanos, en el que se sitúan las prácticas
y los consumos culturales, y en el que se ubica la participación
activa en la vida cultural de la ciudad. Es la esfera de los ciudadanos
y sus múltiples relaciones y negociaciones culturales. El segundo
—en cierto modo, un subgrupo del primero—, lo configura el
sistema de producción cultural, lo que denominamos sector de la
cultura: empresas, instituciones públicas, asociaciones profesionales,
medios especializados, críticos, etc.; todos ellos responsables
de las diferentes funciones y los distintos papeles necesarios para la
producción de servicios y productos culturales. Finalmente, señalamos
un tercer estrato, que se deriva de los dos primeros y que correspondería
a la calidad o la excelencia. Es el estrato ocupado por producciones o
proyectos que son excelentes, que destacan de una manera incontestable
por su calidad y su capacidad simbólica. Cualquier sistema cultural
aspira a extender este nivel.
Hay que destacar que cualquier intervención en uno de los tres
ámbitos afecta a los demás: más cultura en los barrios
tiene que facilitar la emergencia de nuevos públicos, que alimentarán
el sistema de producción y que, al mismo tiempo, son el vivero
para nuevos creadores. Articular el nivel intermedio —básicamente
lo que se ha hecho durante más de 20 años de democracia—,
tiene que facilitar la excelencia y, al mismo tiempo, ir ampliando la
base sobre la que apoyarse. Sin embargo, las políticas culturales
desarrolladas en Barcelona en los últimos 25 años (y el
Plan estratégico de 1999 es la muestra más significativa
de ello) han puesto el acento —en un contexto y en unas condiciones
que seguramente así lo determinaban— en actuaciones para
favorecer y consolidar el sistema de producción cultural de la
ciudad (equipamientos públicos, ayudas y subvenciones a los agentes
culturales, generación de plataformas de difusión estables,
etc.).
La nueva realidad y los retos del futuro, detectados en el diagnóstico
y en los debates realizados en las mesas de articulación del Plan,
han llevado a la conclusión de que conviene priorizar el binomio
PROXIMIDAD-EXCELENCIA, en un contexto de diversidad cultural y de complejidad
creciente en las dinámicas culturales de la ciudad.
Esta doble propuesta tiene que servir, también, para mejorar el
sistema de producción y difusión de la cultura, pero, por
ahora, los retos culturales se mueven en los límites: por un lado,
en la capacidad de generar condiciones para la convivencia en un entorno
cada vez más diverso; y por otro, en la capacidad de ser excelente,
de dedicar todas las capacidades y energías disponibles a facilitar
condiciones para la calidad de las producciones y los proyectos culturales.
A continuación se describen las tres líneas de trabajo que
propone el nuevo Plan:
1. Una apuesta por la proximidad
Proximidad apela a tres consideraciones. Por un lado, responde a un eje
territorial, de desarrollo de la acción cultural en los barios,
en los territorios de la proximidad. Por otro lado, hace referencia a
un eje social, en el sentido de aproximar a unos ciudadanos cada vez más
diferentes. Finalmente, proximidad tiene que ver con la consecución
de un sistema cultural más cercano y orientado a los ciudadanos,
o sea, que también responde a un eje cultural.
Articular programas culturales de proximidad tiene que servir, básicamente,
para cumplir tres objetivos:

Fomentar
entornos urbanos favorecedores de la interacción
entre ciudadanos para garantizar la
convivencia.

Fomentar
la
igualdad de acceso a los bienes y contenidos culturales.

Garantizar
las
oportunidades para que cualquier ciudadano pueda
desarrollar sus capacidades expresivas.

Incentivar
el uso de las
tecnologías de la información y la
comunicación en los distintos sectores de la cultura.
Apostar por el despliegue de estos tres objetivos implica reforzar y articular
la red de programas y equipamientos extendidos en los diferentes barrios
de la ciudad, aumentando la densidad de iniciativas culturales por todo
el territorio urbano.
2. Calidad y excelencia en la producción
cultural en la ciudad
Una política cultural excelente es aquella que pone la cultura
al alcance de todos. Pero, al mismo tiempo, una política cultural
para la excelencia también quiere decir una política cultural
capaz de crear las condiciones para que sea posible alcanzar la máxima
calidad en las producciones culturales. Ser excelente quiere decir sobresalir
respecto a los puntos fuertes y las carencias de un contexto, llegar a
destacar mediante el talento y la disciplina, la creatividad y el ingenio,
y también la visión y la determinación.
Si fuera posible encontrar el indicador que midiera con precisión
el desarrollo cultural de una ciudad, tendría que incorporar, entre
otros muchos vectores, la capacidad de ser excelente, de situarse por
encima de la media en algunas disciplinas. Para una ciudad como Barcelona
que, en cierto modo, tiene que dar por terminada una fase de normalización,
en la que se ha dotado de las infraestructuras, los recursos y los agentes
culturales necesarios, uno de sus principales retos debe ser la calidad
en todas sus dimensiones, La calidad o la excelencia hay que buscarlas
en varios ámbitos de la vida cultural de la ciudad, con dos grandes
objetivos:
Mejora
de las condiciones para que los creadores dispongan de los medios necesarios
para desplegar todo su potencial. En este terreno hay mucho camino
por recorrer, poniendo el énfasis en los espacios y dispositivos
dedicados a la producción, así como en el aumento de sus
recursos y posibilidades.
Mejora
continuada de las programaciones de todos y cada uno de los equipamientos
y programas públicos de la ciudad, actualizando el sentido
de sus actuaciones en función de las características del
contexto actual y la mejora progresiva de la calidad. Esta constatación
implica la necesidad de iniciar acciones de investigación que exploren
territorios diferentes para la acción cultural. A menudo, las instituciones
culturales, situadas en un activismo hiperactivo, no dedican el tiempo
y la energía suficientes a la inversión de futuro, indispensable
para mejorar su posición en relación con la calidad o la
excelencia.
3. Un ecosistema cultural más conectado
Barcelona se ha caracterizado estos últimos años por una
explosión de agentes culturales de una enorme diversidad. Equipamientos
e instituciones públicos conviven con industrias culturales de
todo tipo; una convivencia que no sólo implica compartir espacio,
sino que a menudo provoca interacciones y complementariedades difíciles
de encontrar en otros entornos urbanos mucho más compartimentados.
La metodología de la planificación estratégica expresa
la voluntad de continuar dibujando horizontes compartidos, en los que
la densidad del ecosistema es la mejor garantía para el desarrollo
cultural de la ciudad. Es necesario, por lo tanto, seguir apostando por
un modelo en el que conviven tipologías de agentes culturales muy
diferentes y en el que las funciones se complementan en un diálogo
fértil y creativo.
El elemento en el que hay que poner el acento es el de la conectividad.
Un sistema cultural que cada vez es más abierto y con interacciones
más complejas exige que los agentes culturales mejoren su capacidad
de conexión a diferentes escalas. Esto es válido para las
industrias y su capacidad de expandirse a otros territorios a través
de colaboraciones y alianzas estratégicas; es válido para
los colectivos artísticos y la posibilidad de ampliar sus circuitos
de difusión a escala catalana, española, europea e internacional,
y es válido para las instituciones culturales públicas,
que cada vez necesitan más socios para seguir ampliando su capacidad
de producción cultural. La apuesta por aumentar la conectividad
del sistema cultural barcelonés es clave.
Cuando hablamos de conectividad hablamos de las dinámicas de conexión
de los diferentes agentes culturales entre sí y a las diferentes
escalas territoriales. Barcelona tiene que promover una política
cultural que genere sistemas de colaboración y trabajo conjuntos
entre los agentes y los equipamientos de diferentes escalas y sectores.
En la ciudad convergen un gran número de creadores, colectivos,
asociaciones, grupos de investigación, equipamientos públicos
y privados, espacios de producción independiente, programas educativos,
estudios, festivales internacionales y publicaciones especializadas de
todo tipo. Las dinámicas de conectividad tienen que servir para
incentivar, mantener, reforzar y consolidar las redes existentes en torno
a la gran cantidad de agentes en los sectores culturales de la ciudad,
así como para crear otras nuevas.
La conectividad, además, tiene que facilitar el trabajo a escala
local, metropolitana, nacional, estatal e internacional. En este sentido,
la conectividad debería tener lugar a las diferentes escalas del
territorio, en el ámbito local entre todas las entidades locales
y en el ámbito internacional a través de las redes culturales
internacionales. Así pues, hay que articular una red local distribuida
por el territorio que al mismo tiempo se vincule de forma clara con redes
internacionales ya existentes.
Por lo tanto, conectividad apela a tres objetivos:

Aumentar
la conectividad en las
diferentes escalas territoriales,
en los ámbitos metropolitano, catalán y estatal.

Garantizar
las condiciones para la
proyección internacional,
favoreciendo políticas de
coproducción e intercambio.

Incentivar
el uso de las
tecnologías de la información y la
comunicación en los diferentes sectores de la cultura.