En los últimos años, Barcelona ha vivido una
enorme transformación en cuanto a la diversidad de procedencias de
sus habitantes. Las políticas culturales pueden y deben hacer aportaciones
a la construcción del imaginario de ciudadanía, que implica
también generación de cohesión social.
Las modificaciones del paisaje humano en la ciudad son tan profundas y las
consecuencias sociales de este cambio de tanta intensidad que ninguna intervención
sobre la esfera pública —de naturaleza gubernamental o de naturaleza
privada— puede dejar de interrogarse sobre su incidencia en aspectos
relacionados tanto con el reforzamiento/debilitamiento de identidad o identidades
culturales existentes en la ciudad como en el impulso de actuaciones y políticas
que puedan reforzar referentes identitarios compartidos por toda la población
de Barcelona, independientemente del lugar de procedencia o nacimiento.