Como había ocurrido con la primera, la segunda de las exposiciones industriales celebradas en Barcelona sirvió para planificar la Barcelona del futuro. Si en 1888 el escenario principal había sido el parque de la Ciutadella, en la Exposición Internacional de 1929 el centro focal se situó en la montaña de Montjuïc, que fue reurbanizada y acogió la construcción de un complejo monumental, partiendo de los planos originales para la Exposición de Industrias Eléctricas (proyectada para 1917) de Josep Puig i Cadafalch. Pero también se emprendieron otras grandes intervenciones, como, por ejemplo, la reforma interior de Ciutat Vella, la reurbanización de la falda del Tibidabo, la inauguración de Ràdio Barcelona y la construcción de la plaza de Catalunya y de las primeras líneas de metro. Con estos proyectos y estas transformaciones, Barcelona había establecido las bases de la gran ciudad que aspiraba a ser.

Después de 1888 había continuado la proyección del Eixample y los municipios contiguos fueron convirtiéndose en nuevos barrios: en 1897 se agregaron a la ciudad Gràcia, Sants, Sant Martí, Sant Andreu, Sant Gervasi y las Corts, mientras que Horta lo hizo en 1904 y Sarrià en 1921. Los nuevos barrios que se incorporaban a Barcelona también iban adquiriendo una personalidad propia, moldeada a partir de su identificación con las industrias instaladas en cada uno de ellos: la Barceloneta se identificaba con la Maquinista, las Corts con Can Batlló, Sants-Hostafrancs con la Espanya Industrial, Sant Andreu con la Fabra i Coats. Y también con los oficios tradicionales: las lavanderas de Horta, los toneleros de Poblenou y los ladrilleros de Hostafrancs.

Poco a poco, estos barrios fueron adquiriendo un carácter nuevo y, así, el Eixample, Sarrià y Sant Gervasi se convirtieron en zonas residenciales de la burguesía, mientras que Sants, Hostafrancs y Sant Martí se vincularon al movimiento obrero. Los nuevos barrios y las primeras inmigraciones masivas, provocadas por la industrialización, explican que la población se duplicara durante el primer tercio del siglo XX, hasta llegar al millón de habitantes en 1930.

Con la Primera Guerra Mundial y la no-intervención española, Catalunya entró en un nuevo período de prosperidad económica, basada en las exportaciones, similar al que se produjo a finales de siglo y que dio lugar a un fenómeno que se conoció como la fiebre del oro. En muy poco tiempo se amasaron grandes fortunas y el dinero fácil hizo que acudieran a la ciudad personas de toda índole. Como se nos dice en la historia de Barcelona dirigida por Jaume Sobrequés, en ese momento Barcelona ve alterado su ritmo habitual: «Se instaura el desenfreno. Se abren nuevos teatros y nuevos cabarets, pero ahora éstos se llaman supertangos, y los bailes populares, dancings [...] llegan a Barcelona las primeras grandes pianolas y el jazz [...]. Empieza el reino del meublé, del anuncio luminoso, de la cafetera automática, y del American Bar, situado frente a Canaletas...».

 
  Exposición de Industrias Eléctricas (primer croquis) Josep Puig i Cadafalch, 1915

Durante este período se mejoraron también los servicios públicos, ya que los cambios sociales y urbanos habían creado unas nuevas exigencias. Así, se produjeron mejoras en los servicios sanitarios, el suministro energético, el cuerpo de bomberos y los transportes públicos. La mejora de los transportes públicos estuvo unida a la construcción del Eixample y a la necesidad de comunicar entre sí los principales puntos de la ciudad (en 1925 empezó a funcionar el primer tramo de metro, entre el Liceu y Lesseps). Los primeros hospitales permanentes se crearon a principios de siglo: la Quinta de Salut l'Aliança, el Hospital Clínic y el Hospital de Sant Pau y la Santa Creu, proyectado por Domènech i Montaner.

Durante este primer tercio del siglo XX se desarrolló una intensa actividad artística, émula de las diversas corrientes europeas de finales del siglo XIX. Destacan los edificios modernistas de Antoni Gaudí (Sagrada Família, parque Güell, la Pedrera y la Casa Batlló), Lluís Domènech i Montaner (Casa Lleó i Morera, Palau de la Música Catalana, Hospital de Sant Pau) y Josep Puig i Cadafalch (Casa de las Punxes y Casa Amatller), junto a las obras de pintores como Ramon Casas, Santiago Rusiñol e Isidre Nonell, de escultores como Josep Llimona, Frederic Marès y Josep Clarà y de numerosos orfebres, herreros, vidrieros, ebanistas y otros artesanos. El período que se prolonga hasta la Guerra Civil de 1936 ve como se extingue el movimiento modernista, sustituido por la influencia del noucentisme, que convive con todas las vanguardias que se consolidan en los años veinte.

El noucentisme se impuso como movimiento ordenado, clásico, civilizado y oficial al amparo de la Mancomunitat presidida por Enric Prat de la Riba y el magisterio de Eugeni d'Ors. Escritores como Riba, Carner, Foix, Guerau de Liost, Sagarra y Manent arrancan con fuerza. La arquitectura vive un nuevo período de neoclasicismo que puede contemplarse en las escuelas catalanas construidas durante estos años y en la proyección de jardines y espacios urbanos. Más racionalistas son los arquitectos del GATCPAC, como, por ejemplo, Josep Lluís Sert y Josep Torres Clavé, que mantuvieron una estrecha relación con Le Corbusier. El espíritu ordenador del momento va más allá de los aspectos individuales y se aplica también a la planificación urbanística. La placidez de estos movimientos contrasta con las vanguardias, algunas de ellas autocalificadas de esnobistas, como las vinculadas a la Associació d'Amics de l'Art Nou (ADLAN), que en los años treinta presenta obras de Joan Miró, Àngel Ferrant, Eudald Serra y Pablo Picasso. D'ací i d'allà se muestra como una revista atenta a todo el arte moderno del siglo XX. Años antes ya se habían manifestado tendencias rupturistas y personalidades como Joan Salvat-Papasseit, que está detrás de las publicaciones militantes Un enemic del poble y Arc Voltaic. Los nombres del vibracionista uruguayo Rafael Barradas y el constructivista Joaquín Torres-García ocupan un espacio en la Barcelona del momento, donde las artes cuentan con la protección del galerista y marchante Josep Dalmau, que acoge la revista dadaísta 391 y en 1912 presenta la exposición de arte cubista y más adelante las obras de Miró, Picabia y Dalí. Este último ya había establecido su línea artística provocadora en el Manifiesto amarillo de 1928, que seguía las huellas de los manifiestos futuristas italianos y precedió a sus textos paranoicocríticos surrealistas, ya refrendados por Breton y Éluard.

La Exposición de Montjuïc, una exposición popular

La Exposición Internacional fue una ampliación de la Exposición de Industrias Eléctricas que debía celebrarse en 1917 y se suspendió. Así, la exposición se extendió hacia el comercio, la industria y las actividades deportivas y artísticas. Con la organización de la Exposición se puso de manifiesto la voluntad de la burguesía catalana de transformar la ciudad y hacer de Barcelona una ciudad moderna, industrial y cosmopolita. El acontecimiento tuvo una gran repercusión popular, pues se convirtió en un espectáculo que concitaba la atención de los barceloneses y los invitaba a contemplar sus novedades: las plazas y los jardines, el zoológico, los edificios para el esparcimiento y las muestras de productos industriales de la montaña de Montjuïc, las fuentes de agua y luz de Carles Buïgas...

 
Fuente Plaza Espanya Miquel Blai, 1929  

La organización de la Exposición hizo que esta fuera nuevamente una de las etapas más prósperas para los escultores catalanes, gracias a la iniciativa del Ayuntamiento de trazar un plan de embellecimiento de la ciudad. Se programó la instalación de esculturas en parques, plazas, jardines y todos los espacios urbanos que habían sido reformados con motivo de la Exposición, especialmente la montaña de Montjuïc y sus alrededores, y la plaza de Catalunya, para la cual el Ayuntamiento organizó un concurso en el que participaron los escultores catalanes de más prestigio.

Los primeros edificios de la montaña de Montjuïc, los pabellones de Alfonso XIII y de Victoria Eugenia, así como otras instalaciones, empezaron a construirse gracias a la Exposición, nunca celebrada, de Industrias Eléctricas. Muchas de las obras quedaron sin terminar y años más tarde se utilizaron para la celebración de una muestra de muebles y artes decorativas. Así, en 1923 se usó por primera vez el recinto ferial.

Cuando se concretó la celebración de la Exposición Internacional de 1929 sólo hubo que construir el Poble Espanyol y los juegos de agua y luz diseñados por el ingeniero Carles Buïgas. Todos los espacios creados para el certamen tuvieron un gran éxito popular, especialmente estos últimos, junto con el parque de atracciones, los reflectores del Palau Nacional, el zepelín, los jardines, el nuevo estadio, la nueva piscina, el Teatre Grec y todas las exposiciones de los palacios.

Como aportación escultórica más destacada de la zona ha quedado el San Jorge desnudo (1924-1929) de Josep Llimona. También en la plaza de Espanya se mantiene el conjunto monumental de Josep M. Jujol (1929), que contó con la participación de los escultores Miquel Blai, Llucià y Miquel Oslé y Frederic Llobet, que simbolizaron con figuras los ríos Ebro, Tajo y Guadalquivir, al lado de conceptos como la salud y la abundancia. Además estaba el pabellón internacional alemán de Mies van der Rohe, que fue levantado para la exposición (y reinstalado en 1986), que alojaba la escultura clasicizante de Georg Kolbe, elegida por el propio arquitecto.

La plaza de Catalunya

La plaza de Catalunya fue inaugurada el 2 de noviembre de 1927 por el rey Alfonso XIII, después de muchas controversias y proyectos desechados para su construcción. El proyecto definitivo es obra del arquitecto Francesc de Paula Nebot, que ideó un templete con una columnata central situados en un plano más elevado que el resto de la plaza y además diversos detalles decorativos, como, por ejemplo, una fuente monumental y toda una serie de esculturas de piedra y grupos de bronce encargados a los principales artistas del momento (Frederic Marès, Eusebi Arnau, Vicenç Navarro, Pau Gargallo, Josep Llimona, Josep Viladomat), así como el mármol blanco Diosa (de Josep Clarà). Las veintiocho obras siguen todavía en la plaza y sólo muy recientemente ha venido a hacerles compañía el monumento A Francesc Macià, de Josep M. Subirachs.

Apoteosis monumentalista

Desde el punto de vista artístico, la exposición significó la apoteosis de un monumentalismo entre barroco y noucentista, pero, en opinión de M. Carmen Grandes, caduco: «Este monumentalismo no llegó en ningún momento a reflejarse en la calidad de los materiales, en la patología de los edificios ni en la disposición del espacio. El resultado obtenido fue una arquitectura «teatral» y perecedera, factor ciertamente grave si se tiene en cuenta que finalmente se decidió la pervivencia de los edificios oficiales en su mayor parte». Ese monumentalismo artístico puede observarse todavía en los símbolos más emblemáticos de la Exposición: los palacios de Alfonso XIII y de Victoria Eugenia, las fuentes mágicas de Montjuïc y sobre todo en el Palau Nacional, obra de Pedro Cendoya.

Los mejores artistas y escultores participaron en la decoración de los diferentes edificios, los jardines, las plazas y los espacios interiores, donde, por ejemplo, destacan los murales de Francesc d'Assís Galí en la cúpula del Palau Nacional.

La búsqueda de nuevos materiales escultóricos

Ante este panorama poco avanzado y audaz, visto desde la perspectiva de hoy, a principios del siglo XX destacan dos escultores que se vieron influidos por diversas corrientes. Son Pau Gargallo y Juli González, que hicieron notables aportaciones a la Exposición y pueden considerarse pioneros de la escultura comprometida con la búsqueda de nuevas formas y nuevos materiales. Pau Gargallo esculpió los monumentos a los actores Lleó Fontova (situado en el parque de la Ciutadella) y a Iscle Soler (en la plaza de Sant Agustí), así como los magníficos aurigas y jinetes que coronan el Estadi de Montjuïc. Después de ellos, Manolo Hugué, Ángel Ferrant, Leandre Cristòfol y Antoni Clavé son los primeros artistas que rompen con el realismo tradicional de la escultura catalana y se sitúan en la línea de artistas punteros como Picasso, Brancusi o Duchamp. Pero sus nuevas obras aún no tienen sitio en los espacios públicos.

Este primer tercio del siglo XX ve cómo poco a poco van surgiendo las esculturas de personajes locales relacionados con la cultura y la política: el busto de Joan Maragall (1913), obra de Eusebi Arnau en el parque de la Ciutadella; Francesc Rius i Taulet (1901), de Manuel Fuxà (1901), en el paseo de Lluís Companys; Mossèn Cinto Verdaguer (1924), de Joan Borrell (1924), sobre la columna del cruce de la avenida Diagonal con el paseo de Sant Joan; o Frederic Mistral (1930), de Eusebi Arnau (1930), en la plaza de las Cascades. A esto hay que sumar algunas piezas extrañas en su contexto, como el Mamut (1906), de Miquel Dalmau (1906), situado en la Ciutadella; la Fuente del dragón (1914), de Antoni Gaudí, en el parque Güell, obra catalogada, o no, como escultura; y el monumento en homenaje a Pi i Margall La República (1934), de Josep Viladomat. La sustitución de este último monumento en 1939 recuerda el fin de la Guerra Civil y el inicio de la época de los vencedores.