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Más desarrollo, más desplazamientos
La realidad de Barcelona ciudad es que en ella se producen unos 7 millones
de desplazamientos diarios, de los que dos tercios son internos, y el
tercio restante entra o sale del término municipal; es decir, son
itinerarios metropolitanos, ¡y son más de 2 millones! Por
consiguiente, lo que no tiene sentido es que la densidad de cobertura
del transporte público caiga en picado así que salimos de
Barcelona y continúe disminuyendo a medida que nos alejamos de
ella. Al contrario, es necesaria una jerarquización de los modos
de transporte para que representen una alternativa consistente al vehículo
privado. Y hay que potenciar especialmente los nudos de intercambio intermodales
que contribuyen a esta jerarquización: trenes de cercanías,
metro, tranvía y finalmente el autobús para los trayectos
urbanos de proximidad. Además, son también significativas
las actuaciones dirigidas a devolver el uso del espacio público
-de la calle- a sistemas alternativos y sostenibles de transporte, como
las que aplicamos en Barcelona para regular y desestimular el uso abusivo
del vehículo privado: la supresión de carriles de circulación
(que permite ensanchar aceras) o el control del aparcamiento de superficie.
El resultado es que, cuando medimos los desplazamientos internos realizados
en la ciudad, el 44% se realizan en transporte público, el 22%
a pie y sólo el 34% en vehículo privado, un índice
que se puede mejorar pero que se acerca a un buen equilibrio sostenible.
Pero cuando los desplazamientos son intermunicipales, el uso del transporte
privado supera el 50%. ¿Existe relación entre este hecho
y la desprogramación de 50 km de metro que se produjo en 1984?
Parece claro que la realidad metropolitana se ha adelantado a la realidad
del transporte metropolitano, y eso lo pagamos con congestión,
no sólo en los accesos -puesto que la congestión se produce
kilómetros allá: sólo hay que oír la información
que dan las radios a primera hora de la mañana-, sino también
dentro de la ciudad, porque los coches que entran después circulan.
Esto se sustenta en unas cifras económicas: en 1986 Barcelona tenía
600.000 puestos de trabajo para una población mayor, en número,
que la actual; hoy tiene 800.000. Esto significa que cada día llegan
250.000 ciudadanos metropolitanos para trabajar en la capital, sin contar
los que vienen por otros motivos. Y la previsión plausible es que
este poder de atracción continuará creciendo en los próximos
años, lo que es una buena noticia para los baremos económicos,
pero que se traducirá en una demanda de movilidad muy acentuada.
La cuestión es que el incremento previsto -y bienvenido- para los
próximos diez años no se podrá absorber con la red
viaria actual, y ensanchar de forma desmedida la capacidad de esta red
no es la mejor solución. Poner más asfalto en los accesos
es una solución de los años sesenta, cuando el modelo de
crecimiento era otro.
El PDI, un salto cualitativo
Lo
que hay que desarrollar es la red de transporte. Algunas de las iniciativas
que se han tomado en los últimos años han dado cifras espectaculares
de incremento de usuarios; es el caso de la mejora de la red de cercanías,
que en la práctica funciona como metro regional, o de la integración
tarifaria, que ha abaratado mucho los desplazamientos relativamente largos.
Pero es obvio que ahora hace falta un salto cuantitativo y cualitativo
que esté a la altura de la ambición metropolitana. De lo
contrario, Barcelona perderá competitividad en relación
con las ciudades europeas equiparables. La respuesta a este planteamiento
es el Plan Director de Infraestructuras, aprobado después de un
muy largo proceso de negociación y que abarca inversiones hasta
el año 2010.
Prevé la construcción de 251 km de metro, tren y tranvías.
Con ello habremos dado un primer paso para articular los municipios del
Besòs y el Baix Llobregat -y más allá- con la Barcelona
de vocación metropolitana, que significa conectar centros industriales,
sanitarios y universitarios hoy mal servidos, y, en general, potenciar
nuevas áreas de desarrollo como el entorno del Fórum 2004,
el distrito 22@ o las eficientes centralidades alternativas de las ciudades
del entorno. Dicho de otro modo, este PDI nos permite desarrollar una
realidad favorable para atraer nueva actividad económica.
El PDI en cierta forma compensa la falta de inversiones de la Generalitat
en este terreno -5 km nuevos de metro desde 1999 hasta hoy-, pero supone
una inversión gigantesca, de cerca de 7.300 millones de euros.
El mecanismo de financiación se basa, tradicionalmente, en la aportación
de dos tercios del presupuesto por parte de la Generalitat y el tercio
restante por parte del Estado, pero este capítulo no está
todavía del todo cerrado. Y, en cualquier caso, será necesario
que vaya acompañado de un plan de cercanías que contemple
la construcción de una ronda ferroviaria capaz de estructurar el
territorio más allá del primer círculo de proximidad.
Además, hay que tener en cuenta que el funcionamiento del AVE cambiará
algunos hábitos de desplazamiento y de localización tanto
de empresas como de domicilios privados, ya que contribuirá a acortar
aún más las distancias -la duración del trayecto.
De todos modos, todos debemos tener en cuenta que la realidad metropolitana
se configura cada vez más como policéntrica, lo que significa
que no todas las redes tienen que pasar necesariamente por Barcelona:
tenemos quizás un exceso de centralidad en los trayectos y las
planificaciones. Es cierto que el incremento de desplazamientos calculados
implican a Barcelona, pero también lo es que las ciudades metropolitanas
han de poder conectarse entre ellas con eficacia y comodidad. De igual
manera, es necesario potenciar la correspondencia entre los diferentes
modos de transporte, cosa que la integración tarifaria ya lleva
a cabo, pero que a menudo se encuentra con la dificultad de depender de
diferentes operadores.
En nuestro sistema metropolitano coexisten tres niveles de mando: el político
-compartido por tres tipos de administración-, el político-técnico
y el de las empresas operadoras, cada una con un estatus diferente, tanto
público como privado. Son cosas que tenemos que repensar a fin
de ganar en eficacia, en lo que a gestión y servicio se refiere.
Todavía nos queda mucho por hacer en el terreno de los cambios
intermodales. Se requieren desde puntos de intercambio cómodos
hasta sistemas integrados de información y de billetaje, con especial
atención a los abonos. Pequeñas actuaciones en este sentido
acostumbran a dar grandes resultados, porque la demanda por parte de los
usuarios existe y se incrementa. Si hoy en día los usuarios de
transporte privado mencionan la velocidad y la comodidad como los factores
decisivos, debemos lograr que estos dos valores se asocien en primer lugar
con el transporte público. Porque el transporte público
es una herramienta prioritaria de la cohesión social y de la sostenibilidad
de nuestras ciudades: es uno de los puntos en los que nos jugamos el futuro.
No tan sólo en el terreno económico, sino también
en la calidad de vida de nuestros ciudadanos y ciudadanas.
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