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El primer tramvia
El 27 de junio de 1872 entró en servicio el primer tranvía
de Barcelona, entre La Rambla y la plaza de los Josepets, en la villa
de Gràcia. Era un tranvía de dos pisos, con imperial descubierto,
de tracción animal y propiedad de la compañía británica
Barcelona Tramways. Su construcción fue impulsada por Alejo Soujol,
el adjudicatario de gran parte de las concesiones para las primeras líneas
de tranvía de Barcelona. De hecho, Soujol fue quien recuperó
un primer proyecto tranviario de los ingenieros Vila y Rafael de Luna,
que databa de 1864.
Después de la primera línea y la primera compañía
vinieron otras: el tranvía de Poblenou (1874) y el de los Docks
(1877); el de Sants (1875), que introdujo una tarifa obrera; la línea
de circunvalación (1877), denominada también la "carroza
de los pobres"; el tranvía de vapor de Sant Andreu (1877);
el de Sarrià y Sant Gervasi (1878); la línea de vapor del
litoral, que en 1885 llegaba a Badalona; el tranvía de Barcelona,
Eixample y Gràcia; y el de Horta. Estas líneas, de tracción
animal o de vapor y en algunos casos incluso mixtas, utilizaban dos anchos
de vía: el normal (1,435 metros) y el estrecho (un metro).
En su primera época, el tranvía fue un medio de transporte
eminentemente burgués y con un uso relacionado fundamentalmente
con el ocio. El precio del billete, entre 20 y 30 céntimos de peseta
de media, no era asequible para las clases populares, que se desplazaban
a pie, en antiguos ómnibus y tartanas o en coches Rippert, un coche
de caballos parecido al tranvía (pero sin raíles) que llegó
a Barcelona en 1882 procedente de Marsella y que, durante algunos años,
tuvo muy buena aceptación, especialmente el de la compañía
La Catalana.
Los accidentes de tranvía y el miedo que el nuevo medio de transporte
causó entre la población fueron dos hechos muy significativos
de la época. Los más ignorantes hablaban de un vehículo
"guiado por el demonio", y su velocidad, por temida, tuvo que
ser limitada a ocho kilómetros por hora. Los atropellos eran frecuentes
y fueron motivo de auténticos motines populares de protesta y de
algunos sobrenombres significativos: "el rey Herodes" para referirse
al tranvía de Sants y "la guillotina" para designar la
línea de Sant Andreu. En la parte positiva del anecdotario se encuentran
las originales promociones de las empresas en los billetes, con cromos
y loterías, y la popularidad de las jardineras, un tipo de tranvía
descubierto, sin imperial, ideal para el verano y para las líneas
que llevaban a los baños de la Barceloneta.
La electrificación
El primer tranvía de tracción eléctrica empezó
a circular oficialmente en Barcelona el 26 de enero de 1899, en la línea
de circunvalación. En pocos años, se electrificaron las
demás líneas y en 1907 desapareció el último
tranvía de tracción animal. Durante los primeros años
del siglo XX también se pusieron en marcha nuevas líneas
de tranvías, ya eléctricas, como el popular Tramvia Blau
del Tibidabo -zona residencial y de ocio burguesa donde, en 1901, también
se instaló el primer funicular del Estado español-, la línea
de Vallvidrera (1906), la de L'Arrabassada (1911), la de Horta (1901)
y la de El Morrot (1905). Al igual que sucediera con los tranvías,
el tren de Sarrià también cambió su tracción
en 1905 y se convirtió en el primer ferrocarril eléctrico
de toda España. No obstante, aquella modernización no puso
fin a los accidentes ni a las consiguientes protestas vecinales. El 19
de noviembre de 1913, por ejemplo, después de que un niño
fuese atropellado, una multitud enfurecida intentó incendiar la
estación de Catalunya del tren de Sarrià; en la posterior
carga policial resultó herido por una piedra el entonces inspector
de la policía y después fundador de la Legión y general
franquista José Millán Astray.
Con
la electrificación y el cambio de siglo aparecieron varios planes
de racionalización de una red de tranvías que había
crecido en manos de intereses privados y sin ningún criterio global.
Éste era el objetivo del plan de tranvías comarcanos de
Carbonell, de la denominada red Parrish y del plan de enlaces municipales
del urbanista francés Jussely. No obstante, quienes efectivamente
modernizaron y estructuraron la red de tranvías de Barcelona fueron
las mismas compañías privadas que, después de un
período de luchas financieras, se fusionaron en la poderosa empresa
de capital belga Les Tramways de Barcelone, dirigida por Mariano de Foronda
(1873-1961). Después de unificar las compañías de
tranvías, el marqués de Foronda introdujo mejoras, como
la instalación de las paradas fijas (que hasta entonces se hacían
a discreción del conductor y del pasajero) y la numeración
de las líneas. Aunque las restricciones impuestas por la primera
guerra mundial limitaron esta modernización, los tranvías
de Foronda llegaron a tener una gran popularidad, como lo demuestra algún
cuplé alusivo y la acuñación del término "forondotelia"
para designar la afición por coleccionar billetes de tranvía.
El lado oscuro de Foronda al frente de los tranvías de Barcelona
fue su política social. La actitud paternalista con sus trabajadores
enfrentó a la compañía de tranvías con un
sindicalismo revolucionario cada vez más fuerte en Cataluña.
Desde que en 1900 se fundó la Sociedad de Locomoción Electro-Animal
de Barcelona, afiliada a la AIT, hasta que en 1918 se creó el Sindicato
Único del Ramo del Transporte, adscrito a la anarquista CNT, la
conflictividad social en el sector no cesó de ir en aumento. Algunas
veces estuvo ligada a las convulsiones generales de la Barcelona de la
época -como la Semana Trágica de 1909 y la huelga general
de 1919-, y otras veces fue una respuesta directa al caciquismo de Foronda,
que no dudaba en contratar esquiroles para que sus tranvías no
dejaran de funcionar nunca. Los contactos de Foronda con la prensa y la
derecha política gobernante facilitaron su gestión. Pero
en 1931, una vez instaurada la República y cuando Foronda ya había
dimitido, el carismático director de los tranvías tuvo que
hacer frente a un proceso por corrupción del cual salió
indemne.
Al margen de las vicisitudes sociales, es cierto que a finales de los
años veinte se puede hablar del tranvía como un medio de
transporte colectivo de masas. Aunque en 1887 cada barcelonés cogía
el tranvía sólo una media de cincuenta veces al año,
en 1913 la cifra llegaba a 150 y, en 1923, el índice se había
disparado hasta los 280 viajes anuales. Este fenómeno ascendente
no es ajeno al hecho de que, desde su creación, en 1872, y hasta
1918, el precio del billete se mantuvo estable. El uso masivo por parte
de las clases populares de un transporte que había nacido burgués
enriqueció a la compañía. Y eso, sin duda, influyó
en el hecho de que, en 1925, con la perspectiva de la Exposición
Internacional de 1929, la dictadura de Primo de Rivera decidiera "nacionalizar"
la empresa. Una nacionalización que, en la práctica, consistió
en sustituir el capital privado belga de Les Tramways de Barcelone por
capital privado español en la rebautizada compañía
Tranvías de Barcelona.
A finales de 1905 la compañía de coches Riperts La Catalana
realizó las primeras pruebas con autobuses de dos pisos, de gasolina,
alquilados a la Compagnie Générale des Omnibus de París.
El 12 de agosto del año siguiente, estos primeros autobuses comenzaron
a circular oficialmente cubriendo el trayecto entre la plaza Catalunya
y la de Trilla, en Gràcia, por un precio de diez céntimos,
más barato que el billete del tranvía. La compañía
de tranvías del marqués de Foronda, entonces en plena expansión,
no estaba dispuesta a tolerar esta competencia, de forma que utilizó
todo tipo de presiones y argucias legales para poner freno a los autobuses.
El 23 de diciembre de 1908, el Ayuntamiento, manipulado por Foronda, ordenó
la suspensión del servicio de autobuses; poco tiempo después,
La Catalana entró en quiebra.
Aunque antes de 1920 algunas poblaciones del entorno de Barcelona crearon
servicios de autobuses interurbanos, conocidos con el sobrenombre de "las
burras", los autobuses no volvieron a circular por las calles de
la capital catalana hasta octubre de 1922, de la mano de la Compañía
General de Autobuses (CGA), que los importó de Gran Bretaña,
con su tradicional color rojo. Esta vez, la compañía de
tranvías neutralizó la competencia entrando a formar parte
del accionariado de la CGA. Al igual que sucediera con el tranvía,
un cuplé dedicado al autobús certificó la popularidad
del nuevo medio de transporte, algunas de cuyas líneas unían
barrios obreros sin necesidad de coger dos tranvías (y, por tanto,
tener que pagar dos billetes). Pero la CGA no cubría todas las
necesidades de transporte, de forma que en los barrios periféricos,
como Horta y el Carmelo, aparecieron compañías independientes,
la más popular de las cuales fue Autobuses Roca. En 1929, cuando
la Exposición Internacional llevó un funicular y un trasbordador
aéreo a Montjuïc, el autobús tenía una cuota
de mercado de un 13,7% del total de viajeros del transporte público,
muy por debajo del tranvía, pero el doble que el metro.
El Gran Metro y el Transversal
A principios del siglo XX, mientras en la montaña de Vallvidrera
se instalaba un pequeño tren eléctrico subterráneo
como atracción festiva (el Mina Grott), los ingenieros Paul Müller
y Fernando Reyes presentaron dos proyectos diferentes de ferrocarril subterráneo
para Barcelona. De acuerdo con estos planes, después de la primera
guerra mundial, se crearon las dos empresas que construyeron las primeras
líneas de metro de la ciudad. Gran Metropolitano de Barcelona,
con participación de la compañía de tranvías,
inauguró el último día de 1924 la primera línea
del Gran Metro, entre Lesseps y la plaza Catalunya, a la que poco después
se fueron añadiendo las estaciones de Fontana y Liceu. Dos años
más tarde, Gran Metro abrió la segunda línea, entre
Passeig de Gràcia y Jaume I, que fue prolongada hasta el final
de la Via Laietana (Correos) aprovechando los túneles que el Ayuntamiento
ya había construido para tal fin en el momento de abrir dicha calle
en el centro de Ciutat Vella.
La
otra compañía, Ferrocarril Metropolitano de Barcelona, con
participación municipal, impulsó el Metro Transversal, una
línea inaugurada el 10 de junio de 1926 entre la Bordeta y la plaza
Catalunya y ampliada en los años treinta hasta Santa Eulalia, por
un extremo, y hasta la Estación del Norte y Marina, por el otro.
Aunque el Metro Transversal nació con voluntad de constituir un
enlace entre las diferentes estaciones de ferrocarril de la ciudad, con
un gálibo de túnel y un ancho de vías aptos para
trenes normales, éstos sólo la utilizaron durante la guerra
civil y, después, en ocasiones muy excepcionales.
Por su parte, el tren de Sarrià se sumergió en el asfalto
en 1929 entre las estaciones de Catalunya y Muntaner. Era de hecho el
tercer metro de Barcelona, por cuyas vías ya circulaban trenes
en dirección al Vallès desde 1916.
La construcción del metro, que coincidió con los preparativos
de la Exposición Internacional de 1929, trajo a Barcelona una gran
ola migratoria, generó un importante caos circulatorio, aprovechado
por la prensa satírica, y algún desgraciado accidente, como
el que, en abril de 1924, sepultó a once obreros en la Gran Via.
Probablemente, el miedo a viajar bajo tierra fue el responsable de que,
hasta después de la guerra civil, el número de pasajeros
del metro no superara los 50 millones anuales y la cuota del 10% del total
de usuarios de un transporte colectivo en que se mantenía el predominio
del tranvía.
1931-1939: el transporte revolucionado
La proclamación de la República, el 14 de abril de 1931,
marcó el fin de la era del marqués de Foronda al frente
de los transportes de Barcelona e hizo estallar la tensión sindical
acumulada en el sector, que tuvo como consecuencias una huelga general,
en noviembre de 1933, y más de cien atentados y sabotajes contra
las empresas de transporte, entre 1933 y julio de 1936. El Ayuntamiento
republicano, que quiso elaborar un plan global sobre transporte público
y otorgó nuevas concesiones de autobuses a la empresa Torner para
resolver algunos problemas de incomunicación entre algunos barrios
de la ciudad, se topó con la oposición de lo que, en la
práctica, era el monopolio de la CGA, de la industria automovilística
en expansión y de la derecha regionalista, que paralizaron todos
los proyectos republicanos de mejora del transporte colectivo.
El 18 de junio de 1936, al estallar la guerra civil y la revolución
en Cataluña, el sindicato de transportes de la CNT, con cerca de
20.000 afiliados, colectivizó todas las empresas de transporte.
Sólo Autobuses Roca, donde el sindicato socialista UGT era mayoritario,
quedó fuera del control anarcosindicalista. La autogestión
obrera, además de implantar medidas laborales encaminadas hacia
el comunismo libertario, fue muy ordenada y efectiva. Hasta septiembre
de 1937, cuando empezaron a faltar recambios y material diverso, el transporte
público de Barcelona mantuvo e incluso mejoró la calidad
de su servicio. Y hasta la primavera de 1938, cuando los bombardeos sobre
Barcelona se intensificaron, ni el metro ni los tranvías dejaron
de prestar su servicio con normalidad y regularidad.
Pero, como es lógico, la guerra también llegó al
transporte. Comunistas y republicanos, por una parte, y anarquistas, por
la otra, pugnaron por controlar un sector estratégico de gran importancia.
La CNT, que conservó su hegemonía en el sector hasta el
final de la guerra, fabricó las armas que la República le
escatimaba en los talleres de Tranvías Colectivizados. El Ejército
Popular utilizó los túneles del tren de Sarrià como
almacén de guerra y el ancho de vías del Metro Transversal
como paso de trenes con armamento, y la población civil usó
las estaciones de metro como refugio antiaéreo. Las consecuencias
de la guerra fueron implacables: el 26 de enero de 1939, cuando las tropas
franquistas entraron en Barcelona, la ciudad había perdido todos
sus autobuses y casi toda la red de tranvías.
Las restricciones eléctricas, la falta de material para reparaciones,
las colas en las paradas y las aglomeraciones de gente en los tranvías
marcaron la tónica del transporte colectivo de la posguerra. El
metro volvió a funcionar sin demasiados problemas, pero en lo que
respecta a los ferrocarriles, después de que su red fuera saboteada
y destruida, recobrar la normalidad costó más tiempo y algunos
accidentes graves. En 1941 el Gobierno unificó todas las compañías
de tren de vía ancha en la nueva RENFE, que, durante dos años,
gestionó también el Metro Transversal. Por su parte, Tranvías
de Barcelona, que absorbió la compañía de autobuses
CGA y firmó un convenio de colaboración con el Ayuntamiento,
puso en circulación en 1941 los primeros trolebuses como respuesta
autárquica a la escasez de combustible. Un claro ejemplo de esta
autarquía fue que, durante la segunda guerra mundial, trabajadores
de la empresa de transporte tuvieron que ir a Canarias a comprar el caucho
que necesitaban para fabricar los neumáticos a los pescadores,
quienes lo recogían del cargamento de los barcos aliados hundidos
por los submarinos alemanes.
LAS HUELGAS DE USUARIOS DE LOS 50
Los 316 millones de usuarios que los tranvías de Barcelona tuvieron
en 1947 viajaban enlatados en vehículos destartalados con un elevado
índice de siniestralidad. Mientras tanto, la empresa, desbordada,
sólo se preocupaba por paliar su déficit subiendo las tarifas.
Cuando, en enero de 1951, el Gobierno autorizó aumentar el billete
de referencia de 50 a 70 céntimos en Barcelona, mientras que en
Madrid, en cambio, se congelaba en 40 céntimos, la indignación
popular se echó a la calle. Durante los seis primeros días
de marzo de 1951 una espontánea y masiva huelga de usuarios de
tranvías puso, por primera vez, a la dictadura contra las cuerdas.
El 6 de marzo, el Gobierno canceló los aumentos de tarifas y el
gobernador civil, Eduardo Baeza y el alcalde de Barcelona, el barón
de Terrades, fueron cesados. Pero para entonces la protesta ya se había
convertido en una huelga general, avivada por la oposición comunista.
Fue necesaria la intervención de 4.000 policías y de la
infantería de marina para que, finalmente, el 15 de marzo de 1951,
la dictadura controlara la primera gran protesta antifranquista. ¡Y
todo había empezado en los tranvías!
En enero de 1957 una nueva subida del billete del tranvía provocó
otra huelga de usuarios. Aunque fue menos contundente que la de 1951,
consiguió que el alcalde Simarro fuese destituido y sustituido
por José María de Porcioles. Con él, entraba en escena
el alcalde del desarrollismo franquista: culminó el proceso de
municipalización del transporte urbano iniciado en 1951, impulsó
la extensión de las redes de metro y autobuses en detrimento de
los tranvías y, por encima de todo, estructuró el crecimiento
de Barcelona basándose en el transporte privado (es la época
del Seat 600), sin establecer medidas compensatorias de los desequilibrios
y desigualdades que todo ello significó.
En 1957, el Gobierno español dio el visto bueno a la municipalización
del metro y los transportes de superficie, mediante la Ley de Ordenación
del Transporte Urbano de Barcelona. En aquel momento, el Ayuntamiento
ya controlaba la mayoría de las acciones de Tranvías de
Barcelona y del Gran Metro y el Transversal, que, en 1961, se fusionó
en la Sociedad Privada Municipal de Ferrocarril Metropolitano de Barcelona.
Ambas compañías, Tranvías y Metro, con una política
social muy característica del corporativismo franquista, se fueron
configurando como dos grandes empresas de servicios públicos que,
aunque transformadas, han llegado hasta nuestros días. Durante
el mandato de Porcioles se publicaron una Historia del transporte colectivo
en Barcelona y los primeros números de una revista mensual, se
institucionalizó la verbena de los tranviarios y se crearon escuelas
para los hijos de los trabajadores, a la vez que, en los barrios periféricos
de la ciudad, el Ayuntamiento instalaba viejos tranvías como barracones-escuela.
L'expansión del metro
El transporte de superficie era claramente insuficiente para afrontar
las necesidades de una Barcelona de posguerra que experimentaba una gran
explosión demográfica. Así lo entendió la
Administración que, en 1948, coincidiendo con el centenario del
ferrocarril, empezó a ampliar el Metro Transversal hacia Sant Andreu,
a la vez que soterraba el tren que circulaba por la Meridiana. La zanja
ferroviaria de la calle Aragó y el tramo superior del tren de Sarrià,
con el nuevo ramal de la avenida Tibidabo, también fueron soterrados
durante los años cincuenta.
La
municipalización del transporte implicó la elaboración
de ambiciosos planes de expansión del metro, que sólo se
llevaron a cabo parcialmente. En 1959 se inauguró el denominado
Transversal Alto (Sagrera-Vilapicina), que se prolongó después
hasta Horta, el primer metro completamente automatizado del mundo. Diez
años más tarde entró en servicio el otro extremo
de la actual línea 5, entre Collblanc y Diagonal. En 1970 el general
Franco en persona inauguró el enlace entre Diagonal y Sagrera.
Por otra parte, la antigua línea 1 del Gran Metro, convertida ahora
en línea 3, fue Rambla abajo para subir enseguida por el Paral·lel
y llegar, en 1975, hasta la Zona Universitaria. La otra rama del Gran
Metro, convertido en línea 4, se extendió por arriba hacia
el Guinardó (1974) y, por la parte del mar, a la vez que se resolvían
los problemas de filtraciones de agua, hacia la Barceloneta y el Poblenou
(1977). También se proyectó una nueva línea, la 2
(Paral·lel-Sagrada Família), cuyos túneles, casi
finalizados a principios de los años setenta, no vieron pasar el
metro hasta 1995.
El fin del tranvía
Después de la municipalización, Tranvías de Barcelona
-que cambió su nombre por el de Transportes de Barcelona- dio prioridad
a la extensión de la red de autobuses. En 1964 el número
de vehículos públicos con tracción de gasolina superó
por primera vez al de los de tracción eléctrica. En 1968
dejaron de circular los últimos trolebuses y los tranvías
que quedaban en aquella época tan sólo se utilizaban en
las líneas periféricas que unían los barrios con
el centro de la ciudad. Un centenar de estos tranvías eran de segunda
mano -y, a pesar de todo, modernos-, y fueron comprados en 1963 en la
ciudad de Washington. La presión económica de la empresa
Pegaso y de las multinacionales del petróleo, un falso sentimiento
de modernidad -hábilmente explotado por la prensa- según
el cual el tranvía era un transporte desfasado, y la decisión
política personal del alcalde Porcioles sentenciaron a muerte a
los tranvías de Barcelona, históricamente odiados, pero
también queridos.
El Ayuntamiento y la prensa acompañaron la supresión de
las últimas líneas de tranvía con invocaciones a
la nostalgia, organizando fiestas y comitivas históricas de despedida.
Desde las instancias públicas también se apeló a
los bajos instintos de la población, iniciando la destrucción
literal de los últimos convoyes bajo el eslogan "Barcelona,
¡por fin libre de tranvías!". En la madrugada del 18
al 19 de marzo de 1971 los tranvías de las dos últimas líneas
(la 49, Drassanes-Horta, y la 51, Drassanes-Via Júlia) llegaron
a las cocheras para no volver a salir de allí nunca más.
El Museu del Tramvia, proyectado en las cocheras de Sants, jamás
llegó a construirse porque el incipiente movimiento vecinal quería
las instalaciones para otros usos.
Sólo algunos aficionados y la Associació d'Amics del Ferrocarril
conservaron la memoria de un medio de transporte que, por algo más
de un año, no llegó a celebrar los cien años en Barcelona.
Únicamente el Tramvia Blau del Tibidabo siguió funcionando,
aunque más bien como recuerdo y atracción de feria que otra
cosa.
La democratización del transporte
Tras el final de la dictadura y la transición democrática,
la Generalitat de Cataluña se hizo cargo, en 1979, de la mayoría
de las competencias en materia de transporte terrestre. RENFE quedó
en manos del Gobierno central, pero los ferrocarriles de vía estrecha
-incluido el tren de Sarrià- pasaron a depender del ente público
Ferrocarrils de la Generalitat.
Los ayuntamientos democráticos se hicieron cargo de las respectivas
compañías municipales de transporte dispuestos a impulsar
y racionalizar este servicio público. En 1979 se creó en
Barcelona Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB), que, desde entonces,
agrupa bajo una misma dirección la empresa de metro y de autobuses.
Los
movimientos sociales que surgían con fuerza de la lucha antifranquista
también plantearon reivindicaciones en el sector de los transportes.
Los sindicatos consiguieron mejoras laborales y salariales para sus trabajadores,
y las asociaciones de vecinos exigieron la ampliación del metro
y que los autobuses llegaran a los barrios en los que aún no había
transporte. Para conseguirlo, no dudaron (como en Nou Barris, Santa Coloma
y Badalona) en secuestrar vehículos o en construir simbólicas
estaciones de metro de obra vista (en Nou Barris, en el Carmel y en poblaciones
tan alejadas de Barcelona como Sant Boi de Llobregat).
El movimiento ciudadano también se organizó para hacer frente
a los aumentos de tarifas, para pedir la integración tarifaria,
lograda finalmente en 2001, y para exigir la potenciación del transporte
colectivo como única forma de frenar el aumento del tráfico
y la contaminación que produce el uso del coche privado.
En 1977 el número de pasajeros de metro, con 266 millones de viajeros,
superó por primera vez al de los autobuses. La cifra de usuarios
ha ido creciendo (280 millones en 1990; 294 millones el año 2000)
y se ha desmarcado de la de los autobuses que, entre 1990 y 2000, se ha
estancado en 203 millones de viajeros anuales. Los Ferrocarrils de la
Generalitat de Catalunya (53 millones de usuarios en 1990 y 95 millones
en 2000) y las líneas de Cercanías de RENFE (45 millones
de viajeros en 1990 y 61 millones en 2000) son los demás elementos
de un transporte público que, en conjunto, sumó en la ciudad
de Barcelona 653 millones de viajes en el 2000 y que, en toda el área
metropolitana, se acerca a los 800.
RITMO LENTO DE AMPLIACIÓN
El hecho de que la red de transporte público, sobre todo la de
metro, se haya ido ampliando no es algo ajeno a estas cifras; aunque,
eso sí, lo ha hecho a un ritmo lento, especialmente si se compara
con el metro de Madrid, que tiene 150 kilómetros frente a los 81
kilómetros (111 estaciones) del de Barcelona (siete kilómetros
y trece estaciones más, si se suman las dos líneas de Ferrocarrils
de la Generalitat). Y es que el metro de Barcelona aún sufre la
desprogramación de las ambiciosas planificaciones de 1966 (siete
líneas) y 1974 (121 kilómetros de red), abandonadas en el
primer plan que redactó la Generalitat en 1984.
A pesar de todo, por fin se inauguró la línea 2 (en dos
etapas, en 1995 y en 1997), y la línea 4 creció desde Guinardó
hasta Roquetes (1982) y Trinitat Nova (1999) por una parte, y hacia La
Pau (1982) y Badalona (1985), por otra; la línea 1 creció
hasta Santa Coloma de Gramenet (1983 y 1992) por un extremo, y hasta L'Hospitalet
(1983) y Bellvitge (1987), por el otro; también se prolongaron
las líneas 5, hasta Cornellà (1983), y 3, hasta Montbau
(1985) y Canyelles (2001).
La flota de autobuses, que transporta a unos 203 millones de personas
al año, se ha modernizado completamente. En 1997, de los 882 vehículos
que circulaban por 77 líneas, 772 ya tenían aire acondicionado
y 272 piso bajo y plataforma de acceso para minusválidos. En el
año 2002 ya son 972 los autobuses que cubren el servicio en las
2.167 paradas de las 90 líneas que tiene la ciudad, que cuenta
con 92 kilómetros de carril bus.
Por su parte, los ferrocarriles de cercanías, ya sean de RENFE
(con cuatro líneas) o de la Generalitat (con dos líneas
y trece estaciones), hace tiempo que aparcaron su imagen de borreguero
impuntual para prestar un servicio de moderno metro regional.
Retos del presente y del futuro
Los transportes públicos de Barcelona, que superaron con éxito
el reto de los Juegos Olímpicos de 1992, a pesar de no beneficiarse
de sus inversiones como sí hizo el transporte privado, encaran
ahora el Fórum de las Culturas de 2004 como una primera escala
hacia el horizonte de 2010. Ésta es la fecha marcada como final
de trayecto del flamante Plan Director de Infraestructuras (PDI), aprobado
en abril de 2002 y que destina 7.300 millones de euros a la red de transporte
público de toda el área metropolitana.
Esta
inversión debe hacer realidad 251 kilómetros de metro y
ferrocarril -básicamente la línea 9, desde Badalona y Santa
Coloma hasta el aeropuerto, pasando por Bon Pastor, Sagrera, Carmel, Sarrià
y Zona Franca, y la línea 12, entre Sarrià y Castelldefels-
y 29,5 kilómetros de tranvía -que incluyen los eufemísticamente
denominados metros ligeros de Can Cuiàs y Can Ruti, el tranvía
que debe conectar los barrios de la Ribera del Besòs y el Trambaix,
que ya se está construyendo en la parte alta de la Diagonal. Todo
ello significa la construcción de 230 nuevas estaciones y 235 nuevos
trenes que tienen que paliar la escasa inversión que ha recibido
la red de transporte público de Barcelona en los últimos
veinte años, pero también significa que la cifra de viajeros
anuales debería pasar de los 800 millones actuales a los 1.200
previstos.
La Autoridad del Transporte Metropolitano -creada en 1997 e integrada
por la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona y la Entidad Metropolitana
del Transporte, con el Estado y RENFE como observadores- es la encargada
de gestionar este reto, en el que se incluye la llegada a la ciudad del
Tren de Alta Velocidad. De la colaboración institucional depende
que el ambicioso PDI no se convierta en papel mojado como sus predecesores.
Pero de las administraciones, de los poderes económicos y, sobre
todo, de la ciudadanía también depende que una nueva cultura
del transporte colectivo gane la batalla al vehículo privado. Si
aprendemos de la historia, el reto consiste en lograr que pruebas como
la de la Diagonal de 1997 se consoliden para reimplantar el tranvía
y, sobre todo, en exigir un metro, unos autobuses y unas inversiones y
medidas que promuevan el transporte público de calidad que requiere
una ciudad moderna y más sostenible.
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