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El ciclo se prolonga hasta la catástrofe de la guerra del 36, con el
pequeño debilitamiento -que no sé si culturalmente es tal- de la dictadura
de Primo de Rivera. Es una Barcelona portentosa: la ciudad modernista,
que es a la vez la ciudad moderna; ambas cosas juntas, y no por casualidad.
Se ha dado una revolución conceptual: las cosas se miran de otro modo.
Las murallas de la Barcelona prisionera de la densidad y las epidemias
empiezan a caer a mediados del XIX y la Ciutadella se proyecta como parque
público: los parques son a las ciudades lo que los pulmones al cuerpo
humano, dice Fontserè en la memoria de su proyecto. Los higienistas relacionan
las condiciones de vivienda con la salud, lo que significa que se empieza
a pensar en términos de salud pública, y es el doctor Robert, futuro alcalde
efímero, quien lleva estas ideas al Ayuntamiento. Al mismo tiempo, la
ciudad -la ambición tira- entiende que necesita un salto cualitativo y
plantea las anexiones para abarcar sus límites naturales.
Es una operación controvertida, porque los municipios del plan no se avienen
a la primera, pero también es de una evidencia incontestable: la ciudad
requiere otra dimensión si quiere ser alguien en el mundo, y Barcelona
quería serlo. ¿Por qué? Porque la historia los empujaba, la cultura los
estimulaba, la economía lo pedía, los intelectuales lo pregonaban -una
mezcla, pues, de sociedad civil y plan estratégico, sumada a la necesaria
habilidad política para que las cosas lleguen a buen puerto. Gran ambición
la de aquellos barceloneses que vieron claro que estaban en el territorio
de una gran capital, cuando todo era sueño. La operación es sancionada
por Madrid con un real decreto, que no es la mejor manera de hacer las
cosas, pero demuestra a la vez un Madrid mucho más permeable a los requerimientos
de Barcelona.
Entonces se empieza a construir el Eixample, con la cuadrícula extraordinaria
de Ildefons Cerdà, el Eixample más grande -y, sin duda, el más céntrico-
de la Europa de su tiempo y el que establece las bases del urbanismo como
ciencia (casi) exacta. El proceso es conocido: Cerdà realiza la estadística
de la clase obrera, en un texto que corre por Europa y sirve de inspiración
al señor Marx en persona. Cerdà saca conclusiones a partir de los hechos,
y obra en consecuencia, mientras los arquitectos que hacen oposiciones
para ganar el encargo trazan una ciudad de ejes y perspectivas, una ciudad
comprensible, pero convencional. Cerdà quería, como quieren los grandes
urbanistas, diseñar la ciudad del futuro; sus contemporáneos querían la
ciudad de siempre. El Plan Cerdà se impone, en contra de la opinión general
de los barceloneses -una decisión influida por otros factores, entre ellos
la eterna disputa gremial de arquitectos e ingenieros-, pero la ciudad
sale ganando, porque el Eixample acaba caracterizando Barcelona, y eso
lo ven enseguida incluso sus detractores más acérrimos. Una estructura
tan potente determina por fuerza una ciudad.
No obstante, la Barcelona de finales del XIX no era una urbe idílica y
creativa, llena de tertulias y proyectos. Ahora podemos recordar el ímpetu
modernista, con los intelectuales que son conscientes de que están construyendo
una cultura de nivel europeo, con los arquitectos dando su do de pecho,
con los hombres de oficio aportando esa solidez artesanal que aún nos
admira. Pero en la Barcelona finisecular había unos obreros depauperados,
una burguesía intransigente -que ante los disturbios exigía la presencia
del ejército-, una ciudad infiltrada de caridad religiosa, un sistema
político corrupto y decadente, y es de nuevo el doctor Robert quien aplica
la cirugía drástica de destituir, el mismo día en que es nombrado alcalde,
a todos los "alcaldes de barrio", un centenar, porque eran estos personajes
los que hacían y deshacían en el censo electoral y en los privilegios,
y asentaban así la huella del caciquismo.
Y al mismo tiempo, está la Barcelona hiperpolitizada que multiplica la
prensa como sistema de resonancia de las ideologías que empiezan a cuajar,
como medio de agitación -junto al mitin y el discurso-, pero también de
compromiso. Y es la Barcelona de la cultura obrera como intento de construir
un mundo diferente, porque el mundo en que vivían los obreros no los tenía
en cuenta para nada, a través de una confusa mezcla de movimientos contradictorios
e idealistas: la fraternidad del esperanto, la igualdad del feminismo,
la salud -¡que tanto les regateaban las circunstancias!- con el naturismo,
la lucha social con el anarquismo, la cultura con la red de ateneos, la
negación de la religión con el espiritismo... Y aquellos movimientos de
poco alcance no eran ni mucho menos minoritarios: ¡Barcelona organiza
un congreso mundial de esperanto en 1909! ¿Que todo eso iba contra el
orden establecido? Sí, era la semilla de los cambios, ineluctables, mientras
la burguesía iba construyendo las primeras fastuosas mansiones del Eixample
(y junto a las mansiones, pared con pared, las anónimas casas de renta...).
Pocas veces, seguramente, Barcelona habrá estado tan escindida y habrá
sido tan múltiple, tan -permítanme la metáfora- adolescente. Casi necesitó
todo un siglo para configurarse como una sola y única realidad cohesionada.
Las ciudades, es sabido, se construyen poco a poco, sumando capas sucesivas,
siendo cada una la riqueza que completa y complementa las riquezas anteriores.
Gaudí es, en este contexto, una anécdota tan maravillosa como excéntrica:
un hombre que debía de sentir el ímpetu de la ciudad como un viento que
le impulsaba, pero que no pensaba, a mi entender, en términos de ciudad,
sino ciertamente de país y, seguramente, de universo -y ya no sé si universo
global o universo personal. Gaudí, en este contexto, iba haciendo su camino,
y hoy contamos con una presencia gaudiniana única en el mundo, pero, ¿Gaudí
era consciente de aquella Barcelona que se estaba haciendo? ¿Qué pensaba
del arquitecto protegido por el conde Güell el jovencísimo Picasso de
los Quatre Gats? ¿Y qué sabían de él las gitanas de Nonell?
Me entusiasma este magma ciudadano, porque Barcelona vuelve a ser, después
de un siglo, múltiple y diversa, con equiparables tensiones creativas
(que no sociales). Vuelve a estar inmersa en un contexto mundial más complejo
-pese a que entonces Europa se encaminaba poco a poco hacia la primera
guerra del siglo XX-, porque el mundo global tiene unas exigencias muy
acusadas. Pero Barcelona de nuevo tiene ganas de meter baza, y de nuevo
con una presencia consolidada en el marco de las grandes ciudades del
mundo. Y es que la ciudad funciona cuando es permeable y acogedora, cuando
funcionan a la vez la cultura y el ímpetu, la solidaridad y la ambición.
Cuando la ciudad es capaz de pensarse y de crearse. Barcelona se inventa
una vez más, ahora metropolitana, porque ya no necesita crecer en extensión,
sino en profundidad. El Gaudí que llegó de Reus, como tanta gente entonces
expulsada del mundo rural o atraída por las oportunidades de la ciudad,
es hoy la migración -también esperanzada- que sale del desequilibrio y
la iniquidad.
Y Barcelona, más madura, se plantea el diálogo cultural con el mundo entero,
a partir del pensamiento y la inquietud intelectual, y la fiesta compartida
y la creatividad de todos. La Barcelona del Fórum 2004. La Barcelona del
Año Gaudí. Historia, presente, futuro, es decir, Barcelona.
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