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El
próximo 25 de julio se cumplirán diez años de los Juegos Olímpicos de
1992. En vísperas de esta efeméride, y coincidiendo con la celebración
de unas jornadas en las que se definirá el Plan Estratégico del Deporte
en Barcelona, la redacción de la revista ha querido saber qué ha quedado
de aquel acontecimiento histórico y cuáles son las carencias y los valores
del sector en la ciudad. El responsable de deportes de la ciudad, Albert
Soler, habla poco de fútbol y mucho de deporte popular y de cultura del
deporte.
¿Cuál era el objetivo de las jornadas sobre deporte que ha organizado
el Ayuntamiento de Barcelona?
Desde el Ayuntamiento no hemos dirigido la popularización del deporte
que se ha producido desde 1992 de la forma que nos hubiera gustado. Las
políticas deportivas han estado muy condicionadas al sector privado. Ha
llegado el momento de plantearse un nuevo modelo que se adapte a la realidad
actual y que defina claramente hacia dónde queremos ir.
Como Administración, tenemos que actuar como facilitadores para que el
sector continúe funcionando. No queremos hacer un modelo "del Ayuntamiento
de Barcelona", sino que todo el sector deportivo de la ciudad consensúe
un modelo interesante para todos. Sólo de esta manera tendrá sentido.
Sobre todo, por las características propias del sector, con mucha tradición
y con mucha capacidad económica. El objetivo último de las jornadas es
dotarnos de un plan estratégico, que tiene tres objetivos, que, a la vez,
son tres objetivos de ciudad. El primero sería Barcelona como capital
mundial del deporte, en lo referente al deporte de elite y, también, como
modelo de gestión. Madrid cuenta con un departamento de deportes con casi
1.500 funcionarios.
En Barcelona somos treinta, porque las instalaciones se explotan en régimen
de concesión. Los otros ejes del plan son: el deporte como centro de creación
de riqueza -no olvidemos que el deporte genera el 4% del PIB de la ciudad-
y -éste es más convencional- la práctica deportiva cotidiana. Una vez
escuchadas todas las partes implicadas directa o indirectamente en el
deporte, realizaremos una diagnosis que desembocará en un nuevo modelo
y en medidas concretas.
¿Barcelona es una ciudad deportiva?
Sí, a juzgar por lo que indican los índices de práctica. El hecho de que
unas 300.000 personas -un 20% de los ciudadanos- paguen cuotas para acceder
a instalaciones deportivas es un indicador claro de que el deporte forma
parte de nuestra cotidianidad. En diez años, la práctica deportiva se
ha incrementado radicalmente. Si incluimos a quienes practican deporte
fuera de una instalación, los que van a correr, en bicicleta o a hacer
caminatas los fines de semana, el número ascendería a 600.000 personas.
En los últimos años ha cambiado el concepto de hacer deporte. Hace diez
años, se consideraban sólo los que estaban apuntados en un club o un gimnasio
y, a menudo, los que estaban vinculados a alguna competición. Hoy en día,
practicar deporte es hacer salud, higiene personal, en el sentido saludable
de tener un equilibrio personal entre deporte, trabajo y vida familiar,
y supone una práctica deportiva individualizada. La gente ya no se apunta
a los clubes porque siente los colores, sino porque le ofrecen un servicio
concreto cerca de casa o a un buen precio. Y, si no les interesa, se van
a otro sitio. En Barcelona, el asociacionismo deportivo ha sido siempre
muy potente. Fue una de las grandes herramientas para organizar los Juegos
Olímpicos. Pero estos clubes, aunque no están en crisis, tienen que redefinirse.
De hecho, muchos de estos clubes históricos nacieron a principios de
siglo en barrios populares, como una forma de llevar una vida saludable
e higiénica. Para mucha gente, ser socio de un club era una garantía de
poder ducharse cada día con agua caliente...
El Mediterrani, el Poble Nou, el Júpiter, el Montjuïc, el Barceloneta...
Muchos de estos clubes tienen más de 75 años de historia. Vienen de una
situación social diferente de la actual. Y este entramado ha mantenido
el deporte en Barcelona, mientras que la Administración no hacía nada.
El primer Ayuntamiento democrático adquirió una responsabilidad dentro
de la vertiente deportiva. Y en 1986, pocos años después, se produjo la
nominación de Barcelona como sede de los Juegos. El año 1986 es una fecha
clave. Se tenían que construir equipamientos que no existían, y eso lo
revo lucionó todo. Al mismo tiempo, había que pensar en el mantenimiento
de estos espacios una vez terminados los Juegos. Éste ha sido el gran
reto desde el 92 hasta ahora.
Si no hubiera sido por la popularización del deporte, estas instalaciones
no se habrían podido mantener. Detengámonos en el caso de las piscinas
Picornell: tienen 10.000 abonados. La gente va a hacer cursillos y una
práctica deportiva lúdica, y gracias a eso no sólo se mantienen, sino
que dan dinero, que se dedica a la promoción. De modo que lo que manda
no es tanto la política deportiva que pueda marcarse, como el propio mercado.
Quien ha salido perjudicado es el deporte de competición. Antes, en los
clubes de natación, tenías que compartir un carril con 25 nadadores y
al lado tenías a catorce jugando al waterpolo. Cuando aparecen instalaciones
nuevas, en las que se hace competición, la gente se encuentra más a gusto,
pero el sostén económico de los clubes históricos peligra. Ahora, los
que no han hecho un cambio de chip tienen serios problemas. El Montjuïc
tiene 3.000 socios, cuando había tenido 11.000.
¿Este cambio de chip quiere decir profesionalizarse?
Sí, claramente. En lugar de reinvertir el dinero en deporte de competición,
lo reinvierten en mejorar la instalación. Era la única manera, y ahora
empiezan a salir adelante.
El sector privado puede quejarse de que el Ayuntamiento compite deslealmente.
Sí, pero con unas diferencias. Nosotros ponemos unos precios que permitan
sobrevivir en el mercado. Además, los equipamientos que construimos, que
cada vez son menos, son equipamientos que el sector privado no construiría.
A este sector no le interesa construir una piscina de cincuenta metros,
ni un pabellón, porque en aquella superficie colocan cuatro salas de fitness
y cuarenta bicicletas y dan clases de aeróbic.
Barcelona no tiene ninguna pista de atletismo cubierta, como muchísimas
ciudades del mundo.
Se celebraron unos campeonatos de atletismo en pista cubierta en el Sant
Jordi. Una pista de este tipo sería totalmente deficitaria, porque sólo
sirve para un uso concreto. Lo mismo pasa con un velódromo. Son instalaciones
difíciles de rentabilizar económica y socialmente. Quizás es más necesario
tener un campo de rugby, alguna piscina más, o un pabellón para 3.000
o 4.000 espectadores. Ahora no hay alternativa: o equipamientos de 1.500
espectadores o el Sant Jordi.
Creo que da una visión muy optimista, cuando, de hecho, estamos un
poco lejos de dos referentes próximos como el País Vasco o Francia. Allí,
las ciudades se paralizan durante toda una mañana por una competición,
y no sólo no pasa nada, sino que la ciudadanía participa en ella de manera
activa. En Barcelona, los automovilistas no suelen tener tanta paciencia.
Es cierto. Barcelona organiza cada año 56 pruebas deportivas en la calle,
desde la carrera de El Corte Inglés hasta las de barrio. Y los automovilistas
protestan enseguida. Es difícil encontrar el equilibrio entre lo que quiere
una parte de la ciudad y lo que no quiere la otra. También es cierto que
tenemos demasiadas pruebas que implican la paralización de la vía pública.
Hemos de tender a reducir este número. Nos tendríamos que quedar con doce
grandes acontecimientos (la carrera de El Corte Inglés, la fiesta de la
bicicleta, la carrera de la Mercè, el maratón de Barcelona, el medio maratón,
la carrera de patines, la Jean Bouin...), y que el resto no afectara a
la cotidianidad. Cortar la Gran Via para que se haga una carrera de empresas...¡no!
Quizás algunos echan de menos que, en lugar de tanta competición de categoría
media, Barcelona no tenga más competiciones de primera magnitud. Me refiero,
por ejemplo, a un final de etapa del Tour de Francia, como ya había tenido
en los años cincuenta. En el mes de julio, sería factible un final de
etapa en Barcelona, aunque fuera en Collserola.
Es posible, pero incluso es difícil que la Vuelta venga... No es que tengamos
overbooking de pruebas, pero sí que deberíamos empezar a poner orden.
Tanta prueba acaba siendo contraproducente para el propio deporte, porque
la gente se harta. Y a la gente de Vía Pública y a la Guardia Urbana los
tenemos amargadísimos.
¿Qué aporta de bueno el deporte espectáculo al deporte popular?
¿De bueno? De entrada, pienso en cosas malas. El deporte espectáculo es
un fagocitador del popular. Sobre todo el fútbol, el Barça, el Espanyol.
Actualmente hay 15.000 niños apuntados en escuelas de fútbol, a las que
sus padres pagan hasta 50.000 pesetas cada año. Los padres están dispuestos
a pagar lo que sea, es un reflejo de la propia sociedad. Y acaba siendo
una cosa enfermiza. Muchos padres creen que tienen en casa a un Rivaldo
en potencia. Y lo mismo pasa con el tenis y empieza a pasar con el baloncesto.
En cambio, cuando les pides que paguen una mochila o una cuota... Otra
cosa negativa que conlleva el espectáculo deportivo es la pasión mal entendida
por un equipo, unos colores o un jugador. Y es malo porque provoca fenómenos
colectivos como el de los hooligans, que no tienen nada que ver con el
deporte y que acaban perjudicando a otras prácticas.
¿Cosas buenas? Los que llegan al deporte queriendo ser Rivaldo o Corretja.
Otro aspecto es que aporta mucho dinero; el problema es que éste no se
transfiere, ni mucho menos, al deporte popular. Los clubes tradicionales
siempre reclaman que los grandes ayuden a los pequeños. Incluso se ha
llegado a hacer propuestas para que los grandes paguen un canon para el
deporte de competición más popular. Pero es difícil. Me gustaría que el
deporte espectáculo no influyera en el resto del deporte. Llega un momento
en que parece que sólo existan el Barça o el Espanyol. Si el Barça gana
o pierde con el Roma, parece que la ciudad sea más o menos deportiva,
y no es eso.
¿Qué se puede hacer para transformar este panorama?
Los dos periódicos deportivos de la ciudad venden diariamente, me parece,
unos 150.000 ejemplares, y el 80% no es que hablen de fútbol, es que sólo
hablan del Barça. Hay 150.000 personas que compran estos periódicos porque
su mundo deportivo gira en torno a esto; el resto no existe. Nosotros
intentamos llegar a estos medios, informar que desde el Ayuntamiento organizamos
campañas para que todos los niños de la ciudad aprendan a nadar, campañas
de sensibilización contra la violencia... Pero no interesa; eso no vende.
Seguramente, el culto al deporte de elite impide después convencer
al ama de casa o al señor que trabaja de camionero de que, cuando llegue
el fin de semana, se pongan el chándal y hagan deporte. Para ellos, deporte
es lo que dan por televisión.
A la gente, el deporte no le entra a través del deporte espectáculo. El
deporte espectáculo es sentarse en una butaca ante el televisor comiendo
cacahuetes, o ir al campo a gritar. Generalmente, quien accede al deporte
es por una cuestión estética, para estar más guapo o más guapa, o porque
el médico le ha dicho que tiene el colesterol alto.
¿Cómo se puede inculcar a la gente que el deporte puede ser beneficioso?
Para muchos, hacer deporte quiere decir: pereza de coger la bolsa y salir
de casa, gastarse un dinero, moverse, sudar... No es tan fácil como enchufarse
a la tele. Los resultados los ves a posteriori, al cabo de un tiempo.
Es importante que eso sea un hábito cotidiano adquirido en la escuela,
igual que comer tres veces al día o ducharse.
¿Qué dejaron los Juegos Olímpicos en cuanto a deporte popular?
Sin contar las grandes instalaciones, el resto de escenarios se han convertido
en escenarios de deporte de los ciudadanos. Dejaron también una ilusión
de entender el deporte como algo propio de la ciudad. En los ochenta,
salir a correr con pantalones cortos por la calle era cosa de chiflados,
y hoy...
Hablando de escenarios olímpicos: el Espanyol deja el Estadi. ¿Ha
hecho algo mal el Ayuntamiento?
No. Hay una voluntad legítima del Espanyol de tener patrimonio propio.
Lo tenían antes, pero la situación económica era la que era y al Ayuntamiento
ya le parecía bien una recalificación de Sarrià. Se ofreció la posibilidad
de que el Estadi fuera su casa y lo usaran hasta que quisieran. Ahora,
económicamente las cosas les van mejor, tienen la inquietud de volver
a tener patrimonio y tienen la opción de hacerse un campo. Nosotros les
ayudaremos a que vuelvan a tener campo lo más pronto posible y que este
cambio se haga en las condiciones más cómodas.
No sabemos si es una jugada o no, pero Barcelona pierde un club de
primera división y quizás se corre el riesgo de que el Estadi vuelva al
ostracismo de antes de los Juegos.
Barcelona es una ciudad que no tiene espacio, y situar en ella un estadio
es difícil. Nos gustaría que el Espanyol encontrara la manera de hacerlo...
Pero Cornellà forma ya parte de la Gran Barcelona. El plan estratégico
del deporte contempla un espacio de debate y de relación al que hemos
llamado el Foro Metropolitano, porque sabemos que lo que pasa fuera de
nuestro ámbito estricto nos influye. ¿Que si el Estadi volverá al ostracismo?
¡No! Nadie negará que el Espanyol revitalizaba el Estadi, pero en los
cinco años que quedan para que se vayan saldrán alternativas. Este estadio
no acabará como el de 1929; de eso estamos seguros.
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