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Sin
embargo, pese a esta tensión, comprensible ante un hombre innovador y
fuera del tiempo, Barcelona le cede un espacio: le permite formarse como
arquitecto, le proporciona el cojín social de unos artesanos maleables
y llenos de talento, le brinda el mecenazgo del conde Güell -y un par
o tres de reputados clientes-. Y es que quizás nunca hasta entonces había
sido Barcelona tan compleja, capaz de contemplar el caso Verdaguer -tan
propio de una sociedad cerrada- y mostrarse a la vez eufórica y potente
a través del modernismo, que es, en definitiva, la conquista de una cultura
europea.
Es la ciudad como proyecto colectivo, como construcción política y cultural,
no como acumulación fortuita de población: la Ciudad que adquiere conciencia
de Ciudad, como escribió Xènius, con las dos mayúsculas. Tenemos que pensar
en la Barcelona que empieza a construir el Eixample y lleva a cabo las
anexiones en un periodo que apenas abarca cincuenta años. Aquella gente
debía de sentir que la ciudad crecía y se expandía como quien hincha un
globo, ante sus ojos, y no ocupando la periferia, como crecen las ciudades,
sino en el propio centro, en su corazón. Debía de llevarles de cabeza
ese salto de la pequeña Barcelona amurallada, de los pueblos diseminados
y mal comunicados del llano, a una sola ciudad con dimensiones de gran
capital.
Nacían edificios portentosos en la explanada abierta del Eixample, pero
a la vez se erigían nuevas fábricas cerca de las playas y se extendía
el suburbio al amparo de las industrias. Y se prolongaba el tranvía hacia
los nuevos barrios, y se colocaban adoquines en las calles y se iluminaba
mejor. Y se recibía con sorpresa el primer cinematógrafo y los primeros
teléfonos, y el fútbol y el tenis, y se multiplicaba la prensa -una prensa
política e intencionada- y se consolidaba la clase media, presta para
tomar el relevo protagónico en un par de décadas más.
En definitiva, un mundo que se transformaba día a día. Nos podemos imaginar
aquella tensión, el entusiasmo, la incertidumbre. Joan Maragall, hablando
de Barcelona, decía que la ciudad sería obra de una generación, pero que
sólo el futuro podía determinar si habían sido locos o visionarios.
El rechazo formal del Eixample
Ya sabemos que el Eixample, el símbolo de la ciudad nueva, no gustaba
a los barceloneses de su tiempo. Los modernistas, tan exuberantes, lo
veían monótono. Cerdà, que es uno de los mejores ejemplos de loser que
da el país, estaba haciendo un manifiesto político y al mismo tiempo buscando,
a través del diseño de la ciudad -del urbanismo, que él bautiza-, la solución
a los problemas sociales de una Barcelona especialmente convulsa y especialmente
clasista. Por tanto, imagina la trama igualitaria y mezclada, habitable
y saneada, con aceras anchas y chaflanes y calles ortogonales: todo lo
que no es la ciudad abigarrada y densísima de los barrios obreros. Cerdà
calcula la mejor insolación, coloca árboles, prevé los ritmos de circulación,
imagina un transporte colectivo e intenta medir con precisión las necesidades
de giro... Es perfectamente racional. Tan racional que no cuenta con la
gente, con la burguesía, que es la principal destinataria de aquel Eixample,
porque tiene que construirlo.
Aquella burguesía tiene consciencia de que es la clase hegemónica -pronto
lo confirmaría en las urnas- y busca pompa y representación y, en efecto,
tendría su Passeig de Gràcia como escenario de lucimiento. Cerdà, que
es también pragmático, ajusta la trama, hincha los volúmenes, cierra las
manzanas, eleva las alturas para que los constructores se animen. Pero
los primeros habitantes del Eixample son tildados de locos por los industriales
y profesionales atrincherados en la vieja ciudad y con el chalé en Horta
o en Gràcia. Naturalmente, enseguida surge la generación de arquitectos
dispuestos a jugar con las formas, dispuestos a la pirueta de inventarse
una caligrafía arraigada y a la vez europea -estamos en el momento del
liberty y el sezessione, del modern style y el art nouveau-, y se plasma
el contraste entre la frialdad de la cuadrícula y el estallido prodigioso
de las fachadas y los detalles. Cada burgués puede tener una casa más
notable que la de su vecino, más sólida, más engalanada. Seny (juicio)
constructor y rauxa (arrebato) formal, piedra y cultura, origen y originalidad,
obra y espíritu: eso es el Eixample.
Me
da la impresión de que Gaudí está un poco al margen de todo esto. No es
su debate. Es cierto que edifica dos "casas" formidables, una a dos pasos
de la otra y en el estratégico Passeig de Gràcia, para dos familias de
postín, los Batlló y los Milà; que tiene la temprana Casa Calvet en el
Eixample. Pero es el Gaudí que, ante la pretendida bohemia y el desenfreno
-relajamiento de los valores- de los artistas modernistas, corre a refugiarse
en los brazos del obispo Torras i Bages y el muy carca Cercle Artísic
de Sant Lluc (y cabe preguntarse cómo un hombre tan huraño y ascético
como Gaudí puede producir la fantástica imaginería policroma con que se
expresa). Y es la Barcelona que se ríe, con crudeza, de sus nuevas obras,
pero que no le impide construirlas. Gaudí se encierra y, fuera del Cercle,
no participa, en un momento en que intelectuales y artistas están mezclados
y activos y ocupan presidencias y escaños, y escriben y polemizan y van
a la cabeza. Gaudí va a lo suyo: es un hombre con una obra por realizar.
Así pues, se encierra con su mecenas Eusebi Güell, que sí que es figura
pública e influyente, pero igualmente difícil de convencer. Güell ni se
digna mirar el Eixample y encarga a Gaudí el palacio de la calle Nou de
la Rambla, una calle muy señorial y de trazado relativamente reciente,
pero que no tiene nada que ver con la Barcelona nueva, y militante de
la novedad, del Eixample. Estamos en 1885, quizás un poco pronto para
el Eixample, pero de esta magnífica fortaleza casi gótica salta directamente
a su (frustrada) ciudad-jardín de la Salut. La burguesía que sí apuesta
por el Eixample, a su vez, tiene en poca consideración la urbanización
del Parc Güell: lo visitan, celebran fiestas y encuentros en él, pero
nunca compran allí una parcela. Quizás no lo entienden. ¿Cómo podrían
competir en lujo e imaginación con unos chalets alejados que nadie vería?
¿No había suficiente naturaleza en el Eixample de los patios interiores
ajardinados? ¿Cómo podían vivir en una montaña sin tranvía los que encontraban
que la calle Consell de Cent era el "exilio"?
El "milagro" de la Sagrada Família
Pero la sintonía de Gaudí con Barcelona se produce, milagrosamente, con
la Sagrada Família. El templo nace fuera de la ciudad, en el Poblet -cuatro
casas y cuatro árboles, de ahí su nombre- de Sant Martí de Provençals.
Y nace como templo expiatorio, contra los males de su tiempo: el materialismo,
el anarquismo y, ya puestos, el republicanismo anticlerical. Es decir:
la Barcelona real, convulsa y tensa, del conflicto social y la cultura
obrera alternativa, la ciudad que protagoniza -y se lo ha ganado a fuerza
de barricadas- la espléndida Oda de Maragall. Gaudí hace suyo el proyecto
del templo y, con él, asume el sentido expiatorio, y por eso incluye,
en una iconografía escultórica muy pensada como mensaje, al obrero que
rechaza la tentación de la bomba Orsini -la bomba que había hecho saltar
por los aires el Liceu, el templo laico de la burguesía.
Sin embargo, la Sagrada Família enseguida adquiere el papel de ser la
nueva catedral de la ciudad nueva. Los escritores modernistas, que son
en gran parte chicos de buena familia, la toman como símbolo del ímpetu
de la ciudad que se está haciendo a sí misma: Maragall el primero, pero
también Pijoan y Raimon Casellas y, a distancia, Eugeni d'Ors. Es un templo
en construcción, aún de piedra pelada, de una forma curiosamente horizontal,
como horizontal es el gótico catalán -sólo hay que mirar las fotos de
antes de que creciesen las torres y se vertiera la materia líquida de
la ornamentación de la fachada del Nacimiento. Es al mismo tiempo el templo
popular, construido limosna a limosna, en contraste con la fachada de
la catedral "vieja", que ha pagado a toca teja el banquero Manuel Girona.
Y es entonces cuando Gaudí empieza a tener una popularidad -porque el
nombre y la fama ya los tenía- que no había conocido nunca. Él, cada vez
más maniático, malhumorado y vanidoso, que no habla con nadie, que no
quiere honores, que nunca ha recibido un encargo público en el momento
en que la ciudad se llena de edificios públicos, él, pues, se convierte
en el "constructor" por antonomasia de la nueva Barcelona. Y cuando se
produce la Semana Trágica, pasa de todo y baja a pie hasta su templo para
ver si ha habido algún destrozo, y descubre que no lo ha habido, porque
la "turba" ha respetado la catedral de los pobres.
Y es hacia la Sagrada Familia hacia donde avanza el cortejo fúnebre con
el cuerpo del arquitecto, aún incomprendido -pasarían años antes de que
su genio fuera reconocido-, pero ya definitivamente un personaje ciudadano.
Ha encontrado su encaje. Barcelona lo ha "bendecido". Porque así es la
ciudad, que abraza generosa incluso lo que no es capaz de comprender:
la gran encisera de Maragall.
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