Texto:
Patrícia Gabancho
Periodista
La relación de Gaudí con Barcelona está llena de malentendidos: el arquitecto no encaja nunca con facilidad en la ciudad (por no decir cuánto tuvo que esperar el reconocimiento histórico de su genio, tomada la ciudad por la mezquindad gris del franquismo, y otros pecados menores).

cuaderno central
  Un genio complicado en una ciudad convulsa
   volver al sumario / b.mm n. 58 2002
   

 

Sin embargo, pese a esta tensión, comprensible ante un hombre innovador y fuera del tiempo, Barcelona le cede un espacio: le permite formarse como arquitecto, le proporciona el cojín social de unos artesanos maleables y llenos de talento, le brinda el mecenazgo del conde Güell -y un par o tres de reputados clientes-. Y es que quizás nunca hasta entonces había sido Barcelona tan compleja, capaz de contemplar el caso Verdaguer -tan propio de una sociedad cerrada- y mostrarse a la vez eufórica y potente a través del modernismo, que es, en definitiva, la conquista de una cultura europea.

Es la ciudad como proyecto colectivo, como construcción política y cultural, no como acumulación fortuita de población: la Ciudad que adquiere conciencia de Ciudad, como escribió Xènius, con las dos mayúsculas. Tenemos que pensar en la Barcelona que empieza a construir el Eixample y lleva a cabo las anexiones en un periodo que apenas abarca cincuenta años. Aquella gente debía de sentir que la ciudad crecía y se expandía como quien hincha un globo, ante sus ojos, y no ocupando la periferia, como crecen las ciudades, sino en el propio centro, en su corazón. Debía de llevarles de cabeza ese salto de la pequeña Barcelona amurallada, de los pueblos diseminados y mal comunicados del llano, a una sola ciudad con dimensiones de gran capital.

Nacían edificios portentosos en la explanada abierta del Eixample, pero a la vez se erigían nuevas fábricas cerca de las playas y se extendía el suburbio al amparo de las industrias. Y se prolongaba el tranvía hacia los nuevos barrios, y se colocaban adoquines en las calles y se iluminaba mejor. Y se recibía con sorpresa el primer cinematógrafo y los primeros teléfonos, y el fútbol y el tenis, y se multiplicaba la prensa -una prensa política e intencionada- y se consolidaba la clase media, presta para tomar el relevo protagónico en un par de décadas más.
En definitiva, un mundo que se transformaba día a día. Nos podemos imaginar aquella tensión, el entusiasmo, la incertidumbre. Joan Maragall, hablando de Barcelona, decía que la ciudad sería obra de una generación, pero que sólo el futuro podía determinar si habían sido locos o visionarios.

El rechazo formal del Eixample
Ya sabemos que el Eixample, el símbolo de la ciudad nueva, no gustaba a los barceloneses de su tiempo. Los modernistas, tan exuberantes, lo veían monótono. Cerdà, que es uno de los mejores ejemplos de loser que da el país, estaba haciendo un manifiesto político y al mismo tiempo buscando, a través del diseño de la ciudad -del urbanismo, que él bautiza-, la solución a los problemas sociales de una Barcelona especialmente convulsa y especialmente clasista. Por tanto, imagina la trama igualitaria y mezclada, habitable y saneada, con aceras anchas y chaflanes y calles ortogonales: todo lo que no es la ciudad abigarrada y densísima de los barrios obreros. Cerdà calcula la mejor insolación, coloca árboles, prevé los ritmos de circulación, imagina un transporte colectivo e intenta medir con precisión las necesidades de giro... Es perfectamente racional. Tan racional que no cuenta con la gente, con la burguesía, que es la principal destinataria de aquel Eixample, porque tiene que construirlo.
Aquella burguesía tiene consciencia de que es la clase hegemónica -pronto lo confirmaría en las urnas- y busca pompa y representación y, en efecto, tendría su Passeig de Gràcia como escenario de lucimiento. Cerdà, que es también pragmático, ajusta la trama, hincha los volúmenes, cierra las manzanas, eleva las alturas para que los constructores se animen. Pero los primeros habitantes del Eixample son tildados de locos por los industriales y profesionales atrincherados en la vieja ciudad y con el chalé en Horta o en Gràcia. Naturalmente, enseguida surge la generación de arquitectos dispuestos a jugar con las formas, dispuestos a la pirueta de inventarse una caligrafía arraigada y a la vez europea -estamos en el momento del liberty y el sezessione, del modern style y el art nouveau-, y se plasma el contraste entre la frialdad de la cuadrícula y el estallido prodigioso de las fachadas y los detalles. Cada burgués puede tener una casa más notable que la de su vecino, más sólida, más engalanada. Seny (juicio) constructor y rauxa (arrebato) formal, piedra y cultura, origen y originalidad, obra y espíritu: eso es el Eixample.

Me da la impresión de que Gaudí está un poco al margen de todo esto. No es su debate. Es cierto que edifica dos "casas" formidables, una a dos pasos de la otra y en el estratégico Passeig de Gràcia, para dos familias de postín, los Batlló y los Milà; que tiene la temprana Casa Calvet en el Eixample. Pero es el Gaudí que, ante la pretendida bohemia y el desenfreno -relajamiento de los valores- de los artistas modernistas, corre a refugiarse en los brazos del obispo Torras i Bages y el muy carca Cercle Artísic de Sant Lluc (y cabe preguntarse cómo un hombre tan huraño y ascético como Gaudí puede producir la fantástica imaginería policroma con que se expresa). Y es la Barcelona que se ríe, con crudeza, de sus nuevas obras, pero que no le impide construirlas. Gaudí se encierra y, fuera del Cercle, no participa, en un momento en que intelectuales y artistas están mezclados y activos y ocupan presidencias y escaños, y escriben y polemizan y van a la cabeza. Gaudí va a lo suyo: es un hombre con una obra por realizar.

Así pues, se encierra con su mecenas Eusebi Güell, que sí que es figura pública e influyente, pero igualmente difícil de convencer. Güell ni se digna mirar el Eixample y encarga a Gaudí el palacio de la calle Nou de la Rambla, una calle muy señorial y de trazado relativamente reciente, pero que no tiene nada que ver con la Barcelona nueva, y militante de la novedad, del Eixample. Estamos en 1885, quizás un poco pronto para el Eixample, pero de esta magnífica fortaleza casi gótica salta directamente a su (frustrada) ciudad-jardín de la Salut. La burguesía que sí apuesta por el Eixample, a su vez, tiene en poca consideración la urbanización del Parc Güell: lo visitan, celebran fiestas y encuentros en él, pero nunca compran allí una parcela. Quizás no lo entienden. ¿Cómo podrían competir en lujo e imaginación con unos chalets alejados que nadie vería? ¿No había suficiente naturaleza en el Eixample de los patios interiores ajardinados? ¿Cómo podían vivir en una montaña sin tranvía los que encontraban que la calle Consell de Cent era el "exilio"?

El "milagro" de la Sagrada Família
Pero la sintonía de Gaudí con Barcelona se produce, milagrosamente, con la Sagrada Família. El templo nace fuera de la ciudad, en el Poblet -cuatro casas y cuatro árboles, de ahí su nombre- de Sant Martí de Provençals. Y nace como templo expiatorio, contra los males de su tiempo: el materialismo, el anarquismo y, ya puestos, el republicanismo anticlerical. Es decir: la Barcelona real, convulsa y tensa, del conflicto social y la cultura obrera alternativa, la ciudad que protagoniza -y se lo ha ganado a fuerza de barricadas- la espléndida Oda de Maragall. Gaudí hace suyo el proyecto del templo y, con él, asume el sentido expiatorio, y por eso incluye, en una iconografía escultórica muy pensada como mensaje, al obrero que rechaza la tentación de la bomba Orsini -la bomba que había hecho saltar por los aires el Liceu, el templo laico de la burguesía.
Sin embargo, la Sagrada Família enseguida adquiere el papel de ser la nueva catedral de la ciudad nueva. Los escritores modernistas, que son en gran parte chicos de buena familia, la toman como símbolo del ímpetu de la ciudad que se está haciendo a sí misma: Maragall el primero, pero también Pijoan y Raimon Casellas y, a distancia, Eugeni d'Ors. Es un templo en construcción, aún de piedra pelada, de una forma curiosamente horizontal, como horizontal es el gótico catalán -sólo hay que mirar las fotos de antes de que creciesen las torres y se vertiera la materia líquida de la ornamentación de la fachada del Nacimiento. Es al mismo tiempo el templo popular, construido limosna a limosna, en contraste con la fachada de la catedral "vieja", que ha pagado a toca teja el banquero Manuel Girona. Y es entonces cuando Gaudí empieza a tener una popularidad -porque el nombre y la fama ya los tenía- que no había conocido nunca. Él, cada vez más maniático, malhumorado y vanidoso, que no habla con nadie, que no quiere honores, que nunca ha recibido un encargo público en el momento en que la ciudad se llena de edificios públicos, él, pues, se convierte en el "constructor" por antonomasia de la nueva Barcelona. Y cuando se produce la Semana Trágica, pasa de todo y baja a pie hasta su templo para ver si ha habido algún destrozo, y descubre que no lo ha habido, porque la "turba" ha respetado la catedral de los pobres.

Y es hacia la Sagrada Familia hacia donde avanza el cortejo fúnebre con el cuerpo del arquitecto, aún incomprendido -pasarían años antes de que su genio fuera reconocido-, pero ya definitivamente un personaje ciudadano. Ha encontrado su encaje. Barcelona lo ha "bendecido". Porque así es la ciudad, que abraza generosa incluso lo que no es capaz de comprender: la gran encisera de Maragall.

 
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