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Conocí a Calixto Bieito en 1990, durante una entrevista que se
extendió mucho más del tiempo razonable. Era entonces un
director de 27 años y estrenaba, en el Regina, L'ombra de la vall
y Les bodes del llauner, de J. M. Synger. Su trayectoria incluía
ya El joc de l'amor i de l'atzar (Marivaux, 1985), L'estació de
les dàlies (Mercè Rodoreda, 1986), Els dos cavallers de
Verona (Shakespeare, 1989) y Els enamorats (Goldoni, 1990), las últimas
en el Festival Grec. Parecía, en aquel momento, un director predestinado
a ese éxito que finalmente ha acabado cosechando.
Sin embargo, El somni d'una nit d'estiu (Shakespeare, 1991) y Un dia (Rodoreda,
1993) supusieron dos importantes fracasos de crítica en el teatro
insignia del Festival Grec. Fracasos que, tras una campaña orquestada
desde sectores profesionales soliviantados por el insistente (o clarividente)
apoyo que Elena Posa (entonces directora del Festival Grec) prestaba a
Bieito, le cerraron las puertas de los teatros institucionales.
El recurso de Bieito -tal vez su única salida- fue descender al
pequeño formato, del que en los años noventa surge la segunda
generación del teatro catalán. Fue en la Sala Beckett y
en el Artenbrut donde, entre 1993 y 1994, presentó El dinar (Thomas
Bernhard), un montaje cuyos ensayos tuve ocasión de seguir a lo
largo de dos meses. Y luego Tres dones (Sylvia Plath), Jòquer (Lluïsa
Cunillé) y Casimir i Karoline (Odon von Horvath). En la última
se produjo el reencuentro con la crítica y el despegue definitivo,
que se consolidó con El rei Joan (Shakespeare, Grec 95) y Amfitrió
(Molière, Teatre Lliure, 1995).
A partir de aquí se acumulan los títulos prestigiosos, la
diversidad de géneros -zarzuela, teatro musical, ópera-
y, sobre todo, su salto a la escena internacional. En 1996, La verbena
de la Paloma, Galileo Galilei, La profesión de la señora
Warren. En 1997, Company, La tempesta. En 1998, Pierrot Lunaire, El Barberillo
de Lavapiés, Life is a Dream (Calderón -su primera incursión
internacional-, Festival de Edimburgo), La casa de Bernarda Alba. En 1999,
Mesura per mesura, Il mondo della Luna (Haydn -su primera ópera-),
Carmen. En 2000, Cosí fan tutte, Barbaric Comedies (Valle-Inclán),
Un ballo in maschera. En 2001, Don Giovanni, Macbeth, sus últimos
estrenos internacionales, siempre polémicos.
Basta mirar los títulos que se acumulan en la trayectoria de Bieito
para sacar algunas conclusiones. La primera, su inmensa capacidad de trabajo.
La segunda, su capacidad de asumir el riesgo de los montajes difíciles.
A juzgar por las críticas, las buenas y las malas, destaca su capacidad
de provocación, en la que la pulsión carnal y la agresividad
hacen emerger lo peor del hombre. Sus transposiciones de época
lo llevan siempre a hacer atrevidas comparaciones con la actualidad. Es
un director que no deja indiferente. Lo demuestran los numerosos premios
recibidos y su progresiva consolidación en el panorama internacional.
Es, hoy por hoy, un director imparable.
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