Calixto Bieito


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Calixto Bieito, un director imparable
Ha revisado numerosos clásicos teatrales, desde obras líricas hasta obras de texto. A menudo lo ha hecho de forma no convencional, lo que le ha supuesto polémicas, como la suscitada por Ball de màscares o el más reciente Macbeth. Calixto Bieito, director artístico del Romea, es uno de los profesionales más solicitados por los teatros europeos. El crítico Pablo Ley traza su perfil.

Texto
Plabo Ley
   volver al sumario / b.mm n. 58 2002
   
    


 
 

Conocí a Calixto Bieito en 1990, durante una entrevista que se extendió mucho más del tiempo razonable. Era entonces un director de 27 años y estrenaba, en el Regina, L'ombra de la vall y Les bodes del llauner, de J. M. Synger. Su trayectoria incluía ya El joc de l'amor i de l'atzar (Marivaux, 1985), L'estació de les dàlies (Mercè Rodoreda, 1986), Els dos cavallers de Verona (Shakespeare, 1989) y Els enamorats (Goldoni, 1990), las últimas en el Festival Grec. Parecía, en aquel momento, un director predestinado a ese éxito que finalmente ha acabado cosechando.

Sin embargo, El somni d'una nit d'estiu (Shakespeare, 1991) y Un dia (Rodoreda, 1993) supusieron dos importantes fracasos de crítica en el teatro insignia del Festival Grec. Fracasos que, tras una campaña orquestada desde sectores profesionales soliviantados por el insistente (o clarividente) apoyo que Elena Posa (entonces directora del Festival Grec) prestaba a Bieito, le cerraron las puertas de los teatros institucionales.

El recurso de Bieito -tal vez su única salida- fue descender al pequeño formato, del que en los años noventa surge la segunda generación del teatro catalán. Fue en la Sala Beckett y en el Artenbrut donde, entre 1993 y 1994, presentó El dinar (Thomas Bernhard), un montaje cuyos ensayos tuve ocasión de seguir a lo largo de dos meses. Y luego Tres dones (Sylvia Plath), Jòquer (Lluïsa Cunillé) y Casimir i Karoline (Odon von Horvath). En la última se produjo el reencuentro con la crítica y el despegue definitivo, que se consolidó con El rei Joan (Shakespeare, Grec 95) y Amfitrió (Molière, Teatre Lliure, 1995).

A partir de aquí se acumulan los títulos prestigiosos, la diversidad de géneros -zarzuela, teatro musical, ópera- y, sobre todo, su salto a la escena internacional. En 1996, La verbena de la Paloma, Galileo Galilei, La profesión de la señora Warren. En 1997, Company, La tempesta. En 1998, Pierrot Lunaire, El Barberillo de Lavapiés, Life is a Dream (Calderón -su primera incursión internacional-, Festival de Edimburgo), La casa de Bernarda Alba. En 1999, Mesura per mesura, Il mondo della Luna (Haydn -su primera ópera-), Carmen. En 2000, Cosí fan tutte, Barbaric Comedies (Valle-Inclán), Un ballo in maschera. En 2001, Don Giovanni, Macbeth, sus últimos estrenos internacionales, siempre polémicos.

Basta mirar los títulos que se acumulan en la trayectoria de Bieito para sacar algunas conclusiones. La primera, su inmensa capacidad de trabajo. La segunda, su capacidad de asumir el riesgo de los montajes difíciles. A juzgar por las críticas, las buenas y las malas, destaca su capacidad de provocación, en la que la pulsión carnal y la agresividad hacen emerger lo peor del hombre. Sus transposiciones de época lo llevan siempre a hacer atrevidas comparaciones con la actualidad. Es un director que no deja indiferente. Lo demuestran los numerosos premios recibidos y su progresiva consolidación en el panorama internacional. Es, hoy por hoy, un director imparable.

 
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