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El modelo Barcelona, una vez más
Barcelona es una ciudad que tiene el modelo adecuado para ser sostenible
en el futuro: es una ciudad compacta, densa, con una densidad que ya no
es la de los años setenta, una mera aglomeración sin nada
más. Ahora jugamos con una densidad inteligente, equipada y planificada:
deseada. O sea, que en teoría tenemos una buena estructura en lo
referente al mínimo consumo de territorio y a la obligación
de desplazamientos, los dos factores que lastran a la ciudad difusa: la
vivienda segregada en barrios residenciales de poca densidad y alejados
de cualquier centralidad motiva un uso excesivo del vehículo privado.
Por el contrario, en Barcelona y en tráficos sólo interiores,
resulta que el 56% de los trayectos se realizan a pie. Podría añadirse
que este hecho explica el gran esfuerzo que hemos hecho en los últimos
años para aumentar el espacio de los peatones, haciéndolo
más agradable, seguro y, cuando ha sido posible, alejado de los
vehículos de motor.
Pero, como en todos los grandes temas que afectan a Barcelona, la sostenibilidad
no es un asunto exclusivamente local, sino también metropolitano.
Y en la escala metropolitana los resultados no son tan alentadores, con
una parte de culpa compartida por los barceloneses. Siguiendo la tendencia
mundial -del mundo desarrollado- a abandonar la ciudad por el modelo de
caseta-i-hortet en versión moderna, o posmoderna, muchos ciudadanos
cambiaron el piso por la casa adosada, con un consumo de territorio que
representa haber doblado en veinticinco años la superficie construida
del área metropolitana. Y esta dispersión domiciliaria,
huérfana de una política adecuada de infraestructuras de
transporte, ha generado un tráfico insostenible en el sentido más
estricto de la palabra. Si dentro de Barcelona el vehículo privado
ocupa sólo el 26% de los trayectos, en los itinerarios internos-externos
(o viceversa) el porcentaje asciende hasta el 65%. Las nuevas inversiones
en transporte público paliaran un poco este efecto perverso, de
modo que podemos ser moderadamente optimistas.
Podemos serlo por dos razones más: porque la tendencia a irse fuera
de la ciudad ha caducado, y ahora toca volver al centro y aspirar a una
vida urbana de calidad. Y porque el nuevo crecimiento de Barcelona tiene
lugar hacia dentro, reescribiendo el propio territorio -la ciudad no tiene
territorio exterior para crecer- y haciéndolo con una buena caligrafía
ecológica. El ejemplo del desarrollo del distrito 22@, al transformar
el tejido obsoleto del Poblenou industrial para instalar en él
industria limpia de alta tecnología, viviendas, comercio y ocio,
todo en uno, es una apuesta por esta "centralidad al lado de casa"
que hace ciudad y, sobre todo, hace ciudad sostenible. La Agenda 21, que
es el compromiso de Barcelona por la sostenibilidad, no tendría
nada que decir de este barrio emergente, dotado además de las más
modernas técnicas de reciclaje y aprovechamiento de las energías
limpias. Lo mismo podemos decir de las obras de urbanización de
lo que será el escenario del Fórum 2004, que quedará
para la ciudad como un área de actividad económica, intelectual
y de ocio.
Política significa pedagogía
En Barcelona hemos trabajado la Agenda 21 de una manera innovadora: con
el compromiso y la participación de entidades, organizaciones y
ciudadanos y ciudadanas, hasta reunir unas 3.500 voces, que hicieron aportaciones,
críticas y sugerencias. Fijar los objetivos que la ciudad quiere
alcanzar en un plazo relativamente largo, hasta el año 2012, fue
un trabajo colectivo. Con el fin de saber a qué distancia estamos
de cada meta, la Agenda 21 dispone de una serie de indicadores que realizan
un diagnóstico bastante preciso. ¡Y hay que ver lo bien parada
que sale Barcelona! Resulta que fallamos más en lo que nos define
como ciudad rica, lo que, si bien se mira, no deja de ser un consuelo.
Fallamos en la producción de residuos. Hoy en día Barcelona
produce 1,35 kg de basuras por día y habitante, lo que significa
que tiramos mucho y que, pese a que cada vez lo hacemos mejor, todavía
reciclamos poco (la recogida selectiva es el 12% de la basura total).
Fallamos también en las emisiones de gases, porque tenemos una
aportación de CO2 a la atmósfera por habitante todavía
demasiado elevada. Y también cojean un poco los índices
de lo que la Agenda 21 define como "cohesión social"
y que se miden en dos parámetros. Uno, el fracaso escolar, que
en Barcelona es relativo pero siempre preocupante, es específico
de sociedades ricas -porque los países pobres están todavía
luchando por la alfabetización. El otro es el precio de la vivienda,
y aquí sí que Barcelona es una ciudad cara, y no hay otra
solución que impulsar decididamente las políticas de rehabilitación
y el mercado de alquiler. Y si hablamos de rehabilitación, hablamos
de revivificar los centros urbanos y de barrio, de aportarles savia nueva
para compensar el envejecimiento y de hacer la ciudad más compacta.
En cuanto al resto, Barcelona sobresale y sobresaldrá más
en el futuro, cuando los compromisos adquiridos tomen cuerpo y se hagan
reales, con resultados tangibles. Ahora bien, la sostenibilidad no es
una política que se pueda hacer desde arriba, sino un paradigma
de conducta que sólo cobra sentido si es asumido individualmente
por cada ciudadano. Y aquí política es pedagogía.
Hemos realizado un esfuerzo enorme en la pedagogía dirigida a los
escolares, pero quizás es el momento de implicar también
a los adultos. Pienso en una difusión específica para las
personas mayores, que a menudo se muestran reticentes a cambiar de hábitos
y a adoptar nuevos criterios, por ejemplo.
No se trata de hacer mejor lo que hoy hacemos mal, sino de hacer cosas
diferentes. De cambiar, sin perder calidad de vida. Debemos tener objetivos
claros -y la Agenda 21 nos los proporciona-; pero, sobre todo, tenemos
que saber explicarlos, tenemos que saber argumentarlos, y tenemos que
saber convencer. Es una cuestión de equilibrio. No únicamente
por nosotros, no por Barcelona, sino por el mundo entero.
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