Según Joan Clos, la inversión en transporte público permite ser moderadamente optimistas respecto al futuro de la movilidad en el área de Barcelona.

 La opinion de Joan Clos
La Agenda 21, una cuestion de equilibrio


La "huella ecológica" es un concepto práctico para calcular el impacto de una agrupación humana sobre el planeta. Determina el espacio extra, fuera de los límites físicos, que el conjunto necesita para funcionar y, a partir de aquí, cuantifica la parte de territorio que le hace falta -que "usa"- a cada persona de este conjunto. En principio, cuanto más rica es la sociedad y cuanto más grande es la agrupación humana, más crece la huella ecológica, que es siempre una impronta negativa sobre el planeta. La ciudad es una de las agrupaciones que ocupan más territorio del que le pertenece, porque compromete físicamente zonas alejadas para mantener su actividad, puesto que de lo contrario la vida urbana sería imposible.

texto, Joan Clos
Alcalde de Barcelona

   volver al sumario / b.mm n. 59 2002
   
    


 
 


La huella ecológica es una medida estadística que no tiene en cuenta la acción individual de depredación, sino el impacto conjunto. La huella ecológica de la ciudad de Barcelona es de 3,26 ha por habitante. Tiene el peor indicador en el consumo de energía, es decir, el trozo de bosque que sería necesario para absorber las emisiones de CO2 que producimos, y que en 1996 se calculaba en 1,02 ha por habitante. Ahora debe de ser más, porque tenemos más coches, aunque la huella barcelonesa tiende a disminuir gracias a las medidas ambientales que ponemos en marcha.
El problema está en el hecho de que la tierra es finita, y si un habitante del Norte desarrollado ocupa más territorio del que le corresponde, es obvio que otro tiene que ocupar menos. Esto significa que nuestro desarrollo se sustenta sobre el subdesarrollo de otras partes del mundo.

Cuando países y ciudades del mundo se reunieron, en las grandes cumbres ambientales propiciadas por la ONU y en otras etapas posteriores, para acordar caminos de futuro que corrigiesen la previsible catástrofe, la sostenibilidad se pensó con generosidad, teniendo en cuenta todos los equilibrios, incluyendo el económico. La Carta de Aalborg, que Barcelona suscribió en 1995, dio a las ciudades un protagonismo decisivo, afirmando que son, por un lado, la mayor entidad causante de impacto ecológico y, por otro, la unidad más pequeña que puede remediarlo. Y que, por tanto, son las candidatas mejor situadas para liderar el proceso hacia la sostenibilidad. Yo añadiría otro factor: las ciudades son la clave de las cuestiones que afectan al siglo XXI, por la proximidad a los problemas y por la capacidad de gestión, que, sin embargo, debería potenciarse. Y porque son las ciudades las que generan estructuras sociales estables, necesarias para cambiar el mundo. Esto no significa que en el campo de la sostenibilidad -ni en ningún otro- las ciudades lo hagan todo bien, pero sí que están en mejor situación para aprender a hacerlo.

 


El modelo Barcelona, una vez más
Barcelona es una ciudad que tiene el modelo adecuado para ser sostenible en el futuro: es una ciudad compacta, densa, con una densidad que ya no es la de los años setenta, una mera aglomeración sin nada más. Ahora jugamos con una densidad inteligente, equipada y planificada: deseada. O sea, que en teoría tenemos una buena estructura en lo referente al mínimo consumo de territorio y a la obligación de desplazamientos, los dos factores que lastran a la ciudad difusa: la vivienda segregada en barrios residenciales de poca densidad y alejados de cualquier centralidad motiva un uso excesivo del vehículo privado. Por el contrario, en Barcelona y en tráficos sólo interiores, resulta que el 56% de los trayectos se realizan a pie. Podría añadirse que este hecho explica el gran esfuerzo que hemos hecho en los últimos años para aumentar el espacio de los peatones, haciéndolo más agradable, seguro y, cuando ha sido posible, alejado de los vehículos de motor.
Pero, como en todos los grandes temas que afectan a Barcelona, la sostenibilidad no es un asunto exclusivamente local, sino también metropolitano. Y en la escala metropolitana los resultados no son tan alentadores, con una parte de culpa compartida por los barceloneses. Siguiendo la tendencia mundial -del mundo desarrollado- a abandonar la ciudad por el modelo de caseta-i-hortet en versión moderna, o posmoderna, muchos ciudadanos cambiaron el piso por la casa adosada, con un consumo de territorio que representa haber doblado en veinticinco años la superficie construida del área metropolitana. Y esta dispersión domiciliaria, huérfana de una política adecuada de infraestructuras de transporte, ha generado un tráfico insostenible en el sentido más estricto de la palabra. Si dentro de Barcelona el vehículo privado ocupa sólo el 26% de los trayectos, en los itinerarios internos-externos (o viceversa) el porcentaje asciende hasta el 65%. Las nuevas inversiones en transporte público paliaran un poco este efecto perverso, de modo que podemos ser moderadamente optimistas.
Podemos serlo por dos razones más: porque la tendencia a irse fuera de la ciudad ha caducado, y ahora toca volver al centro y aspirar a una vida urbana de calidad. Y porque el nuevo crecimiento de Barcelona tiene lugar hacia dentro, reescribiendo el propio territorio -la ciudad no tiene territorio exterior para crecer- y haciéndolo con una buena caligrafía ecológica. El ejemplo del desarrollo del distrito 22@, al transformar el tejido obsoleto del Poblenou industrial para instalar en él industria limpia de alta tecnología, viviendas, comercio y ocio, todo en uno, es una apuesta por esta "centralidad al lado de casa" que hace ciudad y, sobre todo, hace ciudad sostenible. La Agenda 21, que es el compromiso de Barcelona por la sostenibilidad, no tendría nada que decir de este barrio emergente, dotado además de las más modernas técnicas de reciclaje y aprovechamiento de las energías limpias. Lo mismo podemos decir de las obras de urbanización de lo que será el escenario del Fórum 2004, que quedará para la ciudad como un área de actividad económica, intelectual y de ocio.

Política significa pedagogía
En Barcelona hemos trabajado la Agenda 21 de una manera innovadora: con el compromiso y la participación de entidades, organizaciones y ciudadanos y ciudadanas, hasta reunir unas 3.500 voces, que hicieron aportaciones, críticas y sugerencias. Fijar los objetivos que la ciudad quiere alcanzar en un plazo relativamente largo, hasta el año 2012, fue un trabajo colectivo. Con el fin de saber a qué distancia estamos de cada meta, la Agenda 21 dispone de una serie de indicadores que realizan un diagnóstico bastante preciso. ¡Y hay que ver lo bien parada que sale Barcelona! Resulta que fallamos más en lo que nos define como ciudad rica, lo que, si bien se mira, no deja de ser un consuelo.
Fallamos en la producción de residuos. Hoy en día Barcelona produce 1,35 kg de basuras por día y habitante, lo que significa que tiramos mucho y que, pese a que cada vez lo hacemos mejor, todavía reciclamos poco (la recogida selectiva es el 12% de la basura total). Fallamos también en las emisiones de gases, porque tenemos una aportación de CO2 a la atmósfera por habitante todavía demasiado elevada. Y también cojean un poco los índices de lo que la Agenda 21 define como "cohesión social" y que se miden en dos parámetros. Uno, el fracaso escolar, que en Barcelona es relativo pero siempre preocupante, es específico de sociedades ricas -porque los países pobres están todavía luchando por la alfabetización. El otro es el precio de la vivienda, y aquí sí que Barcelona es una ciudad cara, y no hay otra solución que impulsar decididamente las políticas de rehabilitación y el mercado de alquiler. Y si hablamos de rehabilitación, hablamos de revivificar los centros urbanos y de barrio, de aportarles savia nueva para compensar el envejecimiento y de hacer la ciudad más compacta.
En cuanto al resto, Barcelona sobresale y sobresaldrá más en el futuro, cuando los compromisos adquiridos tomen cuerpo y se hagan reales, con resultados tangibles. Ahora bien, la sostenibilidad no es una política que se pueda hacer desde arriba, sino un paradigma de conducta que sólo cobra sentido si es asumido individualmente por cada ciudadano. Y aquí política es pedagogía. Hemos realizado un esfuerzo enorme en la pedagogía dirigida a los escolares, pero quizás es el momento de implicar también a los adultos. Pienso en una difusión específica para las personas mayores, que a menudo se muestran reticentes a cambiar de hábitos y a adoptar nuevos criterios, por ejemplo.
No se trata de hacer mejor lo que hoy hacemos mal, sino de hacer cosas diferentes. De cambiar, sin perder calidad de vida. Debemos tener objetivos claros -y la Agenda 21 nos los proporciona-; pero, sobre todo, tenemos que saber explicarlos, tenemos que saber argumentarlos, y tenemos que saber convencer. Es una cuestión de equilibrio. No únicamente por nosotros, no por Barcelona, sino por el mundo entero.

 
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