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"Se edita demasiado", se suele decir como primer
diagnóstico de una eventual crisis de crecimiento. Una crisis que
provoca que el número de náufragos sea, sin duda, mucho
más elevado que el de supervivientes que navegan a la sombra de
los transatlánticos invencibles. La dinámica y estructura
del sector, pese a aceptar este exceso productivo, no parece que de un
día para otro se vaya a enfrentar a ello para cambiar su signo.
Los avances tecnológicos invitan -u obligan (?)- a acelerar aún
más los ritmos de producción de modo que la industria editorial
se convierte en una serpiente voraz que necesita alimentar sus engranajes
con nuevos títulos, con independencia, a menudo, de la acogida
que éstos puedan tener en el mercado. Los cerca de 70.000 títulos
nuevos impresos en toda España en un año (2001), aunque
el 23,5 % corresponda a reediciones o reimpresiones, es, en opinión
de la mayoría de los analistas, una cifra exagerada teniendo en
cuenta la demanda y los bajos niveles de lectura del país. En este
punto, tanto porcentualmente como en cifras absolutas, hemos llegado a
superar a Francia, donde, huelga decirlo, existe un mercado mucho más
consolidado. La fiebre editora -que probablemente ha tocado techo- hace
que el circuito editor-distribuidor-librero-almacén-fondo editorial
se mueva a gran velocidad y que el temible azote de la "devolución"
actúe, inclemente, con toda su virulencia. Semanas atrás,
saltó a la actualidad el gran desbarajuste distribuidor en el que
confluyen, perfectamente desordenados, el oligopolio y el minifundismo,
una situación que, de acuerdo con la opinión de muchos especialistas,
urge reestructurar con la máxima racionalidad y radicalidad.
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