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Gabriel Pernau
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Joan Guerrero
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Laura Quesada

La revolución de los mayores
Informados, exigentes; hombres y mujeres que llegan a la jubilación después de haber podido desarrollar una trayectoria profesional, gente acostumbrada a manejar información, con buenas aptitudes y con todo el tiempo por explotar. Son muchos, y cada día serán (seremos) más. Actualmente, uno de cada cinco barceloneses tiene más de 65 años. Se anuncian muchos cambios en nuestra sociedad. Algunos están ya en marcha. Barcelona se prepara para la revolución de la gente mayor.

Informe
   volver al sumario / b.mm n.60  invierno 03
   

 

La Organización de las Naciones Unidas calcula que hay 380.000 personas en el mundo que superan los cien años de edad y pronostica que esta cifra se disparará hasta 3,2 millones en 2050. El hecho de que la población centenaria casi se multiplique por diez en menos de medio siglo no es algo casual, sino una consecuencia del progresivo -y acelerado- incremento de la esperanza de vida.

Veamos el caso de Cataluña: en 1998 la esperanza de vida era de 79,3 años, pero actualmente ya debe de ser por lo menos de 80,3, porque, según los cálculos del Instituto Catalán de Estadística, este guarismo avanza tres meses cada año, o, lo que es lo mismo, un año cada cuatro. Por lo tanto, si la progresión actual se mantiene, en el año 2042 habrá más de un millón y medio de personas mayores de 65 años, y la media de esperanza de vida llegará a los noventa años.

En menos de cincuenta años pasaremos de 600 a 2.000 millones de ancianos. Por primera vez en la historia, en todo el mundo habrá más personas mayores de sesenta años que jóvenes menores de quince, un hito que el mundo rico ya alcanzó en 1998.

Todos estos datos y otros muchos emanan de los incontables estudios y proyecciones demográficas con que trabajan instituciones públicas, entidades sin ánimo de lucro, organismos internacionales y un sector privado tan interesado o más que los dos primeros en saber cómo y cuántos seremos en un futuro inmediato. Sin embargo, estas previsiones pueden ser modificadas por fenómenos poco previsibles, como las migraciones: la llegada de hombres y mujeres en edad joven procedentes de otros países puede ser origen de algunas sorpresas y, de hecho, ha empezado a cambiar algunos parámetros. En España, por ejemplo, se ha recuperado últimamente el nivel de fecundidad del año 1995. Pese a este aumento del número de niños debido a la inmigración, la tasa de fertilidad de 1,24 hijos por mujer sigue siendo baja en comparación con la de Europa, cuya media se sitúa en 1,53 hijos.

Como tantas otras ciudades del mundo industrializado, Barcelona intenta adaptarse a esta realidad cambiante, pero con algunas desventajas. Si el conjunto de la población catalana envejece de forma notable, la barcelonesa lo hace a un ritmo superior. Al aumento de la esperanza de vida y los bajos índices de natalidad hay que sumar el hecho de que las parejas jóvenes buscan vivienda en otros municipios, menos densos y, por lo tanto, menos caros. Esta huida tiene un primer efecto beneficioso: la capital catalana pierde densidad. La segunda consecuencia supone que las viviendas vacías son ocupadas por familias con un elevado poder adquisitivo, normalmente de mediana edad, de modo que sólo aquellas parejas jóvenes que ya tienen piso de propiedad pueden seguir viviendo en la capital. El resultado es que hay escasa renovación generacional.

Los datos hablan por sí mismos: en el año 2000, Cataluña superó el millón de personas mayores de 65 años. De este millón, una de cada tres era barcelonés o barcelonesa; es decir, que la proporción de gente mayor en Barcelona es superior al resto de Cataluña (21% contra 17%). Y las cifras no paran de crecer: a finales de 2000, el número de personas mayores alcanzaba la cifra de 331.665, la más elevada de las ciudades españolas.

Se prevé que durante esta primera década del siglo xxi el número absoluto de personas mayores se estanque, pero también que la gente mayor envejezca más. En una fase posterior, se iniciará una nueva etapa de incremento "importante" con la incorporación de los hijos del baby boom de los años cincuenta y sesenta, afirma Pep Gómez, del Observatori de la Gent Gran.
Envejecemos, y como consecuencia de los nuevos hábitos sociales y la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral, a las parejas jóvenes cada vez les resulta más difícil cuidar de sus padres o suegros, aunque lo deseen, por no hablar de llevarlos a vivir a unos pisos cada vez más pequeños. El recurso a los servicios personales suele producirse a partir de los 75-80 años, que es cuando aparecen las enfermedades crónicas y resultan imprescindibles la atención diaria y los cuidados. Por esta razón, el recurso a la teleasistencia -personas conectadas a la atención social primaria con sistemas de telealarma- aumenta un 14% cada año.

 



"Algunos expertos advierten que está amenazado el
equilibrio socioeconómico de las sociedades occidentales. La culpa no es de que cada vez haya más mayores, sino de que haya menos jóvenes".

 

Necesidad de asistencia
Los políticos son cada vez más conscientes de que los problemas asociados a esta nueva realidad se agravarán: seguirá aumentando el número de personas que viven solas y/o sin recursos, que verán aumentado su gasto farmacéutico, que necesitarán que las atiendan directamente en su domicilio, que requerirán atención médica especializada y/o camas en hospitales... En definitiva, será preciso mejorar y ampliar la red de asistencia.

Algunos expertos advierten que, de cara al futuro, el equilibrio socioeconómico de las sociedades occidentales está amenazado. La culpa no es de que cada vez haya más personas mayores, sino de que cada vez haya menos jóvenes. Y este desequilibrio amenaza con incrementarse, básicamente porque se prevé que Europa vaya perdiendo población hasta 2050 (de 370 a 367 millones de habitantes) y que las personas mayores de sesenta años pasen de representar el 19,84% a constituir nada menos que el 33,26% del total.

"Barcelona es una ciudad muy envejecida. El suelo es caro, los jóvenes se marchan, y esto condiciona la vida de la ciudad. Nos vamos dando cuenta de ello muy lentamente y se va creando una oferta específica para este sector: gimnasios, tarjetas rosas, descuentos, centros cívicos, casals... Debemos adaptarnos a esta situación. El cambio más importante ya se ha producido, pero el proceso de envejecimiento no se parará hasta 2025. El número de personas mayores será el mismo, pero serán más viejas. Por lo tanto, se requerirá mucha más asistencia", asegura Jordi Vizcaíno, responsable del programa Gent Gran del Ayuntamiento de Barcelona.

Actualmente, en Barcelona hay 66.170 personas mayores de 65 años que viven solas, cifra que supera en un 38% a la de hace cinco años. Este fenómeno se debe a los nuevos hábitos sociales y a la incorporación progresiva al mercado laboral de la mujer, que era quien tradicionalmente se había encargado de cuidar de los abuelos. Los expertos advierten de que en los próximos quince años esta carencia todavía será más evidente.

De los más de 66.000 barceloneses que viven solos, un 15% necesita atenciones especiales, y un 7% debería ser atendido en su propio domicilio por falta de movilidad. ¿Quién cuidará de estas personas? El caso de las personas que viven solas es sólo un ejemplo. También están las que, aun viviendo acompañadas, necesitan ayuda externa, y que representan una de cada cinco personas de más de setenta años; o aquellas que no pueden vivir de forma autónoma. ¿Cómo se las atiende?

A grandes rasgos, la asistencia a las personas mayores se distribuye, en orden de importancia, entre residencias, centros de día, viviendas tuteladas y servicios a domicilio. Hasta hace poco, las residencias eran un recurso al alcance de familias que no podían hacerse cargo de sus ancianos. Pero se ha producido un rechazo a estos centros, y las familias se muestran reticentes a hablar de ellos y aún más a ingresar a un familiar. Además, la gente mayor que se encuentra bien no quiere ir a estos centros y los que se encuentran mal, por miedo a ser ingresados, fingen encontrarse bien cuando reciben la visita de los asistentes sociales. ¿Qué quiere la gente mayor? Pues quedarse en su casa, como casi todo el mundo.

Otro factor que juega en contra de las residencias es su elevado coste económico. En el caso de las capas sociales con niveles de renta más bajos, es la Administración quien paga. En las capas más altas, el dinero (1.057 euros al mes en habitación compartida y 1.400 en habitación individual) sale de los bolsillos de los particulares.


La franja social más desatendida resulta ser la clase media. "El campo de la atención se ha repartido hasta hoy entre los sectores público y privado -explica Vizcaíno. Pero en el futuro no sé hacia dónde iremos. En España todavía no existe una ley de atención, como en otros países. Tenemos unos servicios porque la Administración cree que tiene que facilitarlos, no porque esté regulado así, de modo que la franja de población intermedia no tiene suficientes recursos para acudir al sector privado, pero tiene demasiados para ser atendida por los servicios asistenciales. La atención a las dependencias debería ser la cuarta "pata" del Estado del bienestar, por detrás de la educación, la sanidad y las pensiones".

Un informe elaborado por 35 expertos en geriatría afirma que el sistema público sólo podrá mantener a los ciudadanos más necesitados y que no podrá hacerse cargo en solitario de los demás. Por ello, cada vez con mayor frecuencia, instituciones públicas como la Conselleria de Bienestar Social recomiendan a las familias que suscriban pólizas de dependencia con una aseguradora privada. No para cubrir las dependencias básicas, que ya están aseguradas, sino las crónicas.
Astrid Lindström, consultora especializada en temas de políticas sociales, asegura que en nuestro país faltan políticas sociales y servicios más adaptados a las necesidades reales. En un artículo publicado en la revista Barcelona Societat, denuncia que hay pocas alternativas a la residencia o a que las personas mayores vivan en casa de sus hijos, como se había hecho tradicionalmente. En concreto, Lindström se refiere a fórmulas cada día más en boga, como los centros de día, los servicios domiciliarios o las viviendas adaptadas.

Actualmente, el tiempo de espera para encontrar plaza en una residencia en Barcelona es de un año, el doble de la media de Cataluña. Se están construyendo diez residencias con una capacidad total de 800 plazas aproximadamente. La primera de estas residencias, situada en el barrio de la Barceloneta, se inauguró a finales de octubre, y las demás lo harán en el año 2003. Con todos estos centros en funcionamiento, aún seguirá habiendo un déficit de 2.626 plazas públicas, según aseguró la responsable municipal de Bienestar Social, Núria Carrera. Por esta razón, el Ayuntamiento ha ofrecido a la Generalitat de Cataluña diez solares más para que construya geriátricos.

¿Hacia qué modelo de asistencia a las personas mayores avanzamos? El modelo tradicional de familia está en crisis. Así lo manifestaba, ya en 1994, más de la mitad de la población catalana en una encuesta. Los profesores de Ciencias Políticas, Ricard Gomà y Joan Subirats, avanzan que, dentro de las políticas sociales, las dirigidas a la tercera edad serán, en los próximos años, unas de las más significativas. Políticas que, según afirman, no "pueden considerar a cada persona mayor como un problema", sino como un miembro de una comunidad.

En la misma línea se manifiesta el sindicato CCOO, que sostiene que el 92% de ancianos que sufren discapacidades físicas o psíquicas son atendidos por sus propias familias y defiende que en los próximos años será necesario construir, en el conjunto de Cataluña, 5.000 plazas en centros de día y 18.000 residenciales para cumplir con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud.

A nuevos problemas, nuevas soluciones. En previsión del incremento de la población mayor de ochenta años, se han emprendido medidas para cubrir las necesidades crecientes que se generarán por ello. La resistencia a las residencias y la voluntad integradora han impulsado el proyecto de crear apartamentos de pequeñas dimensiones en los que los inquilinos vivirán de forma autónoma pero dispondrán de servicios y equipamientos comunes que les harán la vida más fácil. Estos 578 apartamentos que construye el Ayuntamiento de Barcelona se dirigen a personas con rentas bajas o medianas y dispondrán desde lavandería, servicio de limpieza o un portero que velará por el bienestar de todos hasta interfonos o personas que cuidarán de su higiene y alimentación.

También adquieren un gran protagonismo los servicios a domicilio, sobre todo los dirigidos a personas que viven solas. A ellas se dedican los servicios sociales municipales, pero también entidades privadas sin ánimo de lucro. Una de las entidades que desde hace más tiempo se centran en esta labor es Amics de la Gent Gran, que cada día atiende a 300 ancianos enfermos de soledad y de falta de medios. Y todavía se podría asistir a más, porque hay mucha demanda de atención. El problema es que, de forma periódica, la lista de voluntarios es insuficiente para cubrir todas las solicitudes.

En la actualidad, la gran mayoría de personas mayores que sufre deficiencias físicas o psíquicas es atendida por su propia familia. Los abuelos y abuelas que acuden a cuidadores profesionales reciben cada año entre 1.160 y 2.040 horas de asistencia. Allí donde la protección oficial no llega, este servicio suele realizarse en régimen de economía sumergida, habitualmente por mujeres inmigrantes.

Como es habitual en casos parecidos, la obra social de Caixa Catalunya se centra más en la tercera edad que en otros colectivos. Esta entidad ha puesto en marcha el programa intergeneracional Viure i Conviure, que en 2001 contó con unos recursos de 5,29 millones de euros. Fue constituida en el año 2000, y ofrece, por ejemplo, actuaciones asistenciales y benéfico-sociales, y los Casals i Llars de Jubilats Sant Jordi, que cuentan con 72.000 socios y que cada año imparten cursillos para 12.000 personas, y dispone de centros de día para enfermos de Alzheimer y demencia senil.

 

"Dentro de las políticas sociales, las dirigidas a la tercera edad serán unas de las más
Significativas, avanzan ricard gomà y joan subirats. Unas políticas, afirman, que no pueden considerar a cada persona como un
Problema".

 

Vivir con 540 euros al mes
Otro tipo de ayuda que reciben las personas mayores es sólo económica, dado que la mitad de ellos cobra menos de 540 euros al mes (90.000 pesetas), y un tercio de las mujeres no llega a los 360 (60.000 pesetas). Dentro del programa Viure en família, la Generalitat de Cataluña concede una paga de hasta 240 euros mensuales a unas 9.000 familias en toda Cataluña. Esta ayuda financia servicios de asistencia domiciliaria a través de ayuntamientos y consejos comarcales y se ofrece en concepto de complemento económico a familias que acogen a una persona mayor. Hasta el año 2001, sólo podían beneficiarse los hogares con rentas más bajas, pero actualmente no existe ninguna restricción.

Proporcionar ayuda a las familias empieza a ser uno de los campos de batalla de los gobiernos. Con todo, el gasto en asistencia a las personas mayores se encuentra muy por debajo de la media europea. Mientras que en la Unión Europea se destina el 2,2% del PIB, en Cataluña y España esta cifra se queda en el 0,4%. La mayoría de los gobiernos europeos han optado por intentar solucionar los problemas de asistencia a las familias, concepto que en algunos casos se da a conocer con el eufemismo de "solidaridad intergeneracional para mantener la cohesión social".

En esta línea debería incluirse el programa Bon Veïnat, financiado por la Unión Europea, en el que participan las ciudades de Rotterdam, Birmingham, Lyon, Milán y Barcelona. En este plan, los vecinos -jóvenes o mayores- ayudan a otros vecinos que viven solos. La ayuda no consiste sólo en resolver problemas graves; a menudo se trata de resolver pequeños inconvenientes cotidianos como la compra o la limpieza y, de paso, la soledad.

Las necesidades de las personas mayores no siempre son especialmente graves o difíciles de resolver. El Anuario Social de la Caixa de 2001 pone de manifiesto que, pese a tratarse del colectivo más numeroso, no siempre se lo tiene en cuenta en la vida cotidiana. Se trata de detalles que pasan desapercibidos para la mayoría de la población, pero que revisten una importancia capital para personas con alguna de sus capacidades disminuida. Así, por ejemplo, se pone de manifiesto que, en Barcelona, como en la mayoría de grandes ciudades del mundo industrializado, han desaparecido los urinarios públicos; que los semáforos, las aceras o las escaleras se pueden convertir en enemigos irreconciliables; que el transporte público a menudo es inaccesible; que las aglomeraciones causan pánico; que faltan ascensores o que muchos letreros de servicios públicos resultan ilegibles. Un ejemplo de esto lo constituye el metro de la capital catalana: sólo veinte de las noventa estaciones tienen ascensor.

La dificultad de acceso y el miedo son los causantes de realidades tan sorprendentes como poco conocidas, como, por ejemplo, que el principal motivo de las personas mayores para salir de casa es hacer la compra cotidiana o que los jóvenes utilizan mucho más el transporte público que las personas mayores. Si a ello le sumamos la poca predisposición del colectivo -en comparación con los jóvenes- a desplazarse, el resultado es que los ancianos valoran, hasta extremos que resultan difíciles de entender para la población más joven, la proximidad, es decir, a lo que puede hacerse sin necesidad de desplazarse.

Pese a las dificultades a las que se enfrenta una persona cuando aborda el último tercio de su vida, los expertos que trabajan a diario con personas mayores de 65 años señalan que hay que renovar los criterios que se han utilizado hasta ahora para analizar el colectivo. Destacan que hay que prestar atención a lo que sucede en la calle y, por lo tanto, dejar de asociar personas mayores a problemas, básicamente porque el ciudadano de a pie cree que una persona es mayor a partir de los 55 años, pero que no es anciana hasta los setenta, una edad que los expertos elevan hasta los 75 años, momento a partir del cual, según afirman, el individuo presenta la mayor parte de necesidades de asistencia.

Jordi Vizcaíno explica que las actuales condiciones de vida, de salud, económicas y sociales son muy diferentes a las de hace algunos años: "Hoy en día es frecuente que a un prejubilado le queden todavía treinta años de vida por delante y que entre a formar parte de lo que se conoce como tercera edad. Nadie piensa que sean ancianos. La vejez real empieza a los setenta y cinco u ochenta años, y todos estos cambios se manifiestan en la actitud de estas personas. Antes se encontraban en una etapa finalista; ahora empiezan a descubrir facetas positivas de la vida de jubilado."

Echar un vistazo a nuestro entorno es más que revelador: los mayores de 65 años no se consideran viejos, en general. Tal como planteaba el nonagenario periodista Carles Sentís en un artículo en el periódico Avui, "la prolongación de la vida, ¿es un problema?".

Miles de personas demuestran a diario que no tiene por qué serlo. La presencia de personas mayores en cines, bares, restaurantes, teatros, museos o viajes es de lo más habitual. Estas personas han dejado de ser el colectivo pasivo y conservador, con pocos recursos y mentalidad cerrada con el que se asociaba a cualquier persona que hubiera superado la barrera de los sesenta años. Quizás algunos miembros tengan actitudes conservadoras, pero también hay muchos con la mentalidad abierta, con ganas de divertirse y de aprovechar el tiempo para realizar todas aquellas actividades que no habían tenido ocasión de llevar a cabo mientras tenían la obligación de ir a trabajar cada día y de sacar adelante a su familia.

"Hemos pasado de un colectivo tratado de forma homogénea, de boina y bastón, bastante inculto y que solía pasar el tiempo sentado en un banco del parque a un colectivo incluso más heterogéneo que el de los adultos", asegura Vizcaíno. "Es cierto que hay gente que tiene problemas de salud, pero hay muchos -y cada vez más- que se conservan bien. Los que tienen más achaques son los de noventa años, como es natural. Pero, junto a ellos, están los de sesenta años, que no tienen este tipo de problemas."

Y son personas que quieren seguir participando en la sociedad. Algunos datos: Firagran, un certamen ferial que se celebra en el Port Vell, ha duplicado en cuatro años el número de visitas y de expositores; de las once asociaciones dedicadas a las personas mayores que había en 1975 en Cataluña se ha pasado a 1.100; 500.000 catalanes mayores de 65 años disponen del carnet de usuario de la red de casals; 25.000 personas participan en cursos de nuevas tecnologías; más de 60.000 participan en actividades culturales y sociales de casals d'avis del Ayuntamiento de Barcelona; una sesión informativa sobre el Fórum 2004 logró llenar las 600 plazas del auditorio en el que se celebraba; una quinta parte de los voluntarios catalanes tiene más de 65 años...

El mercado y las elecciones
La participación se canaliza a través de organismos como el Consejo Asesor de las Personas Mayores de Barcelona, que se creó en 1991 con el propósito de favorecer la integración de la tercera edad y es el principal interlocutor del colectivo con el Ayuntamiento. Hoy en día está integrado por 200 entidades y por un grupo de expertos y representantes del municipio. A principios del año 2003, se constituirá el Senado de las Personas Mayores de Barcelona, que reunirá a entidades y ciudadanos con ganas de colaborar en la mejora de las condiciones de la gente de su edad, pero también de la sociedad en general.
"Son personas que se fijan mucho en la calidad de la ciudad y que ejercen mucha presión -revela un portavoz municipal. Se quejan cuando los semáforos no funcionan o cuando una obra no se termina a tiempo, avisan cuando hay un andamio que molesta... Son beligerantes, y eso no sucedía hace quince años. No se quejan de forma resignada, sino que exigen soluciones. Las personas mayores de hoy en día no son como la generación anterior, que pasó una guerra. Las de hoy en día protagonizaron el cambio en los años sesenta y setenta, y no se conforman. No hay más que ver cómo son los encuentros con ellos, como, por ejemplo, el Congreso de las Personas Mayores: participativos y ricos".




Las nuevas generaciones de abuelos y abuelas no quieren quedarse atrás en la carrera del conocimiento, lo que explica el éxito abrumador de los cursos de informática e Internet que organizan instituciones y entidades privadas. Conseguir una plaza en uno de estos cursos se ha convertido, para muchos interesados, en una quimera.

"No admitimos que la jubilación sea un punto y aparte o una ruptura, sino una fase de la vida tan enriquecedora como las anteriores", reivindica Pere Meseguer, antiguo directivo de banca y actual vicepresidente de Conex. "No podemos negar que, para mucha gente, jubilarse es una frustración. La persona vive rodeada de inputs profesionales, y cuando deja de trabajar se produce una ruptura brutal y repentina que muchos no saben asimilar. La sociedad no nos prepara para ello. Las empresas consiguen que cada trabajador piense que es imprescindible, y te dedicas a tu quehacer en cuerpo y alma. De repente, te jubilan. Nosotros enseñamos a esta gente que hay muchas más cosas que el trabajo, que quedarse parado no significa quedarse quieto, que es nefasto. Tenemos que utilizar nuestra energía para realizar nuestra aportación a la sociedad, que es lo que nos satisface."

Conex es una de las numerosas entidades privadas relacionadas con la tercera edad. Se fundó en 1964 con un objetivo bien simple: "quien tiene, da, y quien necesita, recibe". Detrás de este eslogan hay una asociación que ofrece unas clases muy particulares: los profesores no cobran, los alumnos no pagan y los papeles de profesor y alumno son intercambiables. Cualquier miembro de Conex puede ser alumno de unas materias y profesor de otras.

"La gente que viene aquí no espera nada a cambio, pero descubre que le aporta mucho. Yo me divierto más ahora que cuando trabajaba en el BBV", revela Meseguer. Y algo parecido deben de pensar los 1.800 socios de la entidad. Sus numerosas actividades, entre las que se cuentan taichi, macramé, idiomas o acuarela, son impartidas por 470 enseñantes y cuentan cada semana con 2.600 asistentes.

Los cursos que algunos veteranos ofrecen a jóvenes que quieren montar una empresa constituyen un capítulo aparte, al igual que un proyecto europeo para ayudar a jóvenes en paro mediante cursos de ecojardinería, de iniciación al vídeo o de técnicas de venta. Conex trabaja con sus propios criterios. La dirección se ha negado a integrarse en un proyecto del Inem o a competir con la Generalitat de Cataluña realizando un proyecto que ellos habían iniciado antes. Lo único que persiguen, según Meseguer, es evolucionar de acuerdo con las necesidades de las personas, buscar soluciones a las nuevas necesidades.

Con una experiencia de más de veinte años trabajando con y para las personas mayores, Jordi Vizcaíno rompe con algunos estereotipos sobre costumbres de vida o niveles de ingresos. Afirma que las nuevas generaciones de jubilados cobran "pensiones fuertes, comparativamente más que los jóvenes. La media se sitúa bastante por encima de los 600 euros. Si tenemos en cuenta que son muchos los que cobran 300, quiere decir que bastantes están muy por encima de la media".

Así pues, representan un mercado atractivo para las empresas. "Las multinacionales los ven como un mercado suculento para venderles productos. Y las personas mayores no sólo viajan, que es el tópico: también cuidan su salud y son consumidores de productos tradicionales como la ropa o los electrodomésticos y, además, el mercado de la atención crece, como las residencias de calidad, aquellas que cobran 1.800 euros al mes, la atención domiciliaria o las telealarmas", explica este responsable municipal.
"Este cambio también se nota en la publicidad -continúa. No se da una imagen compasiva dirigida al pobre anciano, sino que se lo trata como a un ciudadano más, activo, con todos sus derechos y también con todo su tiempo libre para aprovechar. Tienen un considerable poder adquisitivo, pueden viajar en temporada baja y, lo que no es menos importante, son muchos, muchos ciudadanos y, por lo tanto, muchos votos, que cuentan y que quieren ser tenidos en consideración."

Es destacable el cuidado con que las instituciones públicas tratan al colectivo. En una campaña municipal reciente, los anuncios no asociaban la tercera edad a limitación de movimientos, dependencias o falta de movilidad, sino a la posibilidad de llenar su tiempo con más de 800 actividades.

El tiempo. Esa es la clave. Las personas mayores son privilegiadas en uno de los bienes más escasos de la competitiva sociedad actual.
El responsable del programa Gent Gran del Ayuntamiento asegura que vivimos un "boom de la gente mayor" y que pronto viviremos una auténtica revolución: "El fenómeno de la exclusión va a menos, o eso se anuncia como tendencia de futuro. De momento, sólo una minoría informada es consciente de las posibilidades que se les abrirán cuando se jubilen. El salto definitivo será cuando estos hombres y mujeres sean conscientes de que, de forma colectiva, pueden ser un grupo de presión, como los 'panteras grises' en Estados Unidos, que se dieron cuenta de que presionando podían conseguir cosas. Aquí también tendremos un lobby importante; en un plazo de ocho o diez años, cuando sean conscientes del peso tan importante que poseen como colectivo y cuando descubran las posibilidades que el asociacionismo les ofrece, se producirá una auténtica explosión".

Vizcaíno afirma que "en la actualidad, los gobernantes ya mandan para una franja de la población", y que los partidos políticos intentarán controlar estas nuevas entidades. La fuerza de las personas mayores en las elecciones ha pasado a ser determinante. Para 2020, se espera que los votantes de más de cincuenta años representen la mitad del censo en la práctica totalidad de países de la Unión Europea. ¿Es posible que ésta sea la razón por la que, desde hace unos años, en la mayoría de países occidentales se siga manteniendo el importe de las pensiones, con escasas variaciones, a pesar de que los expertos suelen recomendar lo contrario?
Quienes hacen estas recomendaciones calculan el dinero que cuesta un sector de la población que ha dejado de ser "rentable" desde una óptica exclusivamente económica. Así, nos informan de que el 60% del gasto económico que realizamos durante toda nuestra vida se concentra en el año previo a nuestro fallecimiento o que el 40% del gasto farmacéutico de la Seguridad Social se destina a la tercera edad.

Respecto al futuro, los economistas se plantean muchas preguntas: "hablan del coste de dependencia y se preguntan cómo se financiará la asistencia; hablan del mercado que supone tantas personas mayores; de la necesidad de replantear la viabilidad del sistema de pensiones; de asegurar que el sistema sanitario se haga cargo de las cronicidades y la atención a las dependencias...". Vizcaíno deja la frase en puntos suspensivos. Todavía quedan muchas incógnitas por aclarar.

En lo que todos los expertos coinciden es en que el envejecimiento de la población supondrá -si no lo está suponiendo ya- cambios en los sistemas nacionales de salud, los planes de pensiones, los tiempos de trabajo, la educación y la edad de jubilación, para así poder afrontar las políticas demográficas y de inmigración.

El pasado mes de abril se celebró en Madrid la segunda Asamblea Mundial del Envejecimiento. El encuentro internacional, auspiciado por Naciones Unidas, tenía como lema Una sociedad para todas las edades. Durante unos días, 3.500 expertos intercambiaron puntos de vista y concluyeron que era preciso aprovechar el potencial humano, la sabiduría y la experiencia que las personas mayores pueden aportar.
Ya lo dijo el secretario general de la ONU, Kofi Annan, en dicha asamblea: "En África se dice que cuando muere un anciano desaparece una biblioteca".

 
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