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Es importante que la ambición cultural se vincule al salto cualitativo
que da la ciudad a raíz de la Exposición de 1888, porque
de algún modo la cultura queda vinculada a la identidad de Barcelona.
Barcelona no se entiende sin ejercer este papel de cuna, de lugar en el
que se cuece cultura, y, a la vez, de caja de resonancia interior y exterior
que se encuentra en la base de su identidad moderna. Tanto es así
que cuando la potencia ha declinado, también la ciudad se ha calmado,
y la recuperación moral y cívica corre paralela a la recuperación
cultural. Pues bien, la anécdota histórica se justifica
porque una parte vertebral de esta identidad cultural es la edición,
entendida no sólo como potentísima industria -que también-,
sino como un conjunto de operaciones y de pulsiones que giran alrededor
del libro como objeto de cultura. Es decir, Barcelona es un centro receptor
y emisor de cultura literaria a través de sus protagonistas e instrumentos.
Si miramos el proceso que culmina (y al mismo tiempo empieza) con el libro,
veremos que Barcelona cubre con excelencia todos sus pasos. Se da una
creación, vivísima, en ambas lenguas. Los autores cuentan
con agentes que les facilitan el acceso a la edición, que propagan
su obra aquí y allá, que de vuelta nos traen a autores de
todo el mundo, que encuentran entre nosotros notables traductores. En
medio está el editor como creador de una línea editorial,
como selector de piezas, y también el editor como gerente de una
industria con un volumen importante y que se establece y crece. Una vez
terminado el libro, existe toda una red que asegura su venta -distribución,
promoción y librería. Librerías que, después
de una crisis más temida que real, vuelven a consolidarse con un
servicio más moderno, más amplio, más generoso. Y,
por último, tenemos a los lectores, en cantidades que nunca son
lo bastante satisfactorias, pero que son suficientes -y que se multiplican
si tenemos en cuenta un fenómeno reciente, el regreso a las bibliotecas,
que actualmente reciben miles de usuarios al año.
La industria editorial catalana y barcelonesa es un fenómeno completo
y exhaustivo, que abarca todo tipo de productos, de la enciclopedia al
libro ilustrado, del libro infantil al manual, de la literatura a la traducción,
sin olvidar los dos extremos de la cadena, la sofisticada bibliofilia
y los más populares cómics. Y quisiera destacar el libro
de texto, dirigido a todos los niveles de la educación y formación,
desde el primer curso de primaria hasta el último de la universidad,
con un peso que se acerca al 40% de la producción editorial. La
buena factura del libro de texto es importante porque nos hallamos en
la sociedad del conocimiento. La habilidad de procesar información,
de construir un vehículo apto para el pensamiento, la ciencia,
la técnica y la cultura, es una de las herramientas básicas
para movernos como colectivo en un mundo en el que las ideas tienen más
peso que la fuerza o la potencia: un mundo, en definitiva, donde es esencial
ser emisor y no sólo receptor. Añado un dato: el 34% de
las editoriales trabajan en soportes multimedia, porcentaje que asciende
hasta el 86% si contamos sólo los grandes grupos editoriales, más
aptos para la diversificación de soportes. Las nuevas tecnologías
no nos resultan ajenas; tampoco los procesos de concentración y
el salto multinacional de nuestras firmas editoras.
Dos factores más, básicos, vinculados a esta industria.
Uno es obvio: somos la capital de la cultura catalana y específicamente
de la cultura en lengua catalana. Una cultura que no habría podido
crecer, potenciarse y dialogar con otras culturas de no haber tenido,
históricamente y hoy mismo, el escenario de una gran capital. En
el caso concreto de la literatura, sin menospreciar iniciativas editoriales
en otros países de lengua catalana o en otras ciudades de Cataluña,
no hay duda de que la industria editorial radicada en Barcelona ha constituido
un potentísimo altavoz y, en consecuencia, un estímulo para
la creación: la oportunidad de editar y eventualmente de ser traducido
a otras lenguas no sólo es indispensable, sino que se convierte
en un estímulo para la práctica literaria. No obstante,
no es ninguna banalidad tener una identidad asentada en medio de la vorágine
del mundo global. La cultura, y mucho mejor si es una cultura vinculada
a una industria, constituye un buen pararrayos, que nos mantiene unidos
al suelo y que nos proporciona un sentido de diversidad, un aliciente
de análisis crítico ante los mensajes omnipresentes.
Ahora bien, esta potencia industrial y cultural barcelonesa no se traduce
en una imagen lo suficientemente poderosa como capital editorial. Tenemos
una imagen de excelencia en lo que al producto libro se refiere, pero
no podemos competir con la proyección mundial de Frankfurt o incluso
de Milán. Barcelona ha sido la plataforma europea de gran parte
de la literatura latinoamericana; ha sido la puerta de entrada en la Península
de autores internacionales: es, como hemos dicho, un centro de creación
y una ciudad con un grueso cultural considerable. Estos factores deberían
conjugarse para construir internacionalmente la imagen de Barcelona como
capital del libro. Me consta que los sectores implicados, todos los componentes
de esta industria, piensan en ello. Se han presentado propuestas, se ha
hablado de un gran Salón del Libro, se han planteado iniciativas.
Corresponde al Ayuntamiento estar atento y ofrecer toda la colaboración
que pueda ser necesaria. Barcelona tiene suficientes méritos como
para alcanzar esta proyección, para participar en igualdad de condiciones
en el diálogo con los grandes nombres de la edición internacional.
Es importante para consolidar la industria y para estimular la cultura.
Mientras este proceso se desarrolla, el Ayuntamiento hace lo que tiene
que hacer: potenciar el lector de base -no hay escritor que antes no haya
sido lector- a partir de la red pública de bibliotecas, a partir
de múltiples iniciativas dirigidas al público escolar, con
campañas de difusión, con actividades culturales. Creamos
lectores y facilitamos el acceso a los libros de los lectores ya veteranos,
para que el ciclo pueda seguir adelante, siempre renovando, siempre apasionando.
  De
izquierda a derecha, ilustración del "Llibre de les Dones"
(1495), de Francesc Eiximenis, y libros de las editoriales Sopena y Montaner
i Simon, y catálogo de la editorial Gustavo Gili del año
1928.
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