"Hem intentat vincular la marxa del projecte a aquelles associacions que comparteixen els nostres objectius perquè hi aportin la seva experiència i els seus punts de vista".texto
Joan Clos
Alcalde de barcelona

El mundo del libro, una seña de identidad de Barcelona

"La industria editorial
radicada en Barcelona ha constituido un potentísimo altavoz y, en consecuencia, un estímulo para la creación,
porque da la oportunidad de editar y de ser traducido a otras lenguas"

La opinión de Joan Clos
   volver al sumario / bmm n.60   invierno 03
   

 

l.lustració del "Llibre de les Dones" (1495), de Francesc EiximenisEn el siglo XIX, un impresor de Barcelona tuvo la idea de crear una colección de libros, a la que llamó Biblioteca de Literatura, y así rompió con la vieja costumbre de publicar los títulos de uno en uno. Manuel Rivadeneyra dio el salto desde el artesanado de las cajas de tipógrafo hacia la figura del editor moderno, pero no estoy seguro de poder atribuir el mérito a la ciudad de Barcelona, a su ambiente, porque de hecho la colección vio la luz en Madrid. Eso sí, dirigida por Carles Aribau, que vivía en esta ciudad. Rivadeneyra, que ha pasado a la historia como editor del periódico El Vapor, portavoz de nuevas ideas, y como editor de un famoso Quijote, fue un hombre inquieto, viajero, y eso sí me gusta atribuirlo al clima intelectual de la Barcelona que se debatía entre la renaixença y la industrialización, entre la incipiente cultura científica y técnica del XIX y la secular cultura literaria que entonces se recuperaba.

Sea como fuere, Rivadeneyra pone en marcha su Biblioteca de Literatura en 1846. No muchos años después, en Barcelona, un hombre procedente de comarcas, que trabaja como peón en el derribo de las murallas, funda en 1860 la editorial que lleva su nombre, Espasa. De los sillares a la linotipia: he aquí el impulso de la ciudad. Y ya en 1905 empieza a editar la celebérrima Enciclopedia Universal Ilustrada, que continúan sus hijos, herederos de la firma editorial, ya sólida y prestigiosa. Los hermanos Espasa se asociaron con un trabajador de la casa que era su cuñado. Este hombre, apellidado Salvat, pronto dejó la compañía para fundar la suya propia; en 1923, dirigida ya por sus hijos, se convirtió en Salvat Editores, que años después establecería filiales en América. No me parece banal recordar este proceso que tiene mucho de simbólico y que denota una gran ambición cultural propia de una ciudad que acababa de tomar conciencia de sí misma.

 

 

Es importante que la ambición cultural se vincule al salto cualitativo que da la ciudad a raíz de la Exposición de 1888, porque de algún modo la cultura queda vinculada a la identidad de Barcelona. Barcelona no se entiende sin ejercer este papel de cuna, de lugar en el que se cuece cultura, y, a la vez, de caja de resonancia interior y exterior que se encuentra en la base de su identidad moderna. Tanto es así que cuando la potencia ha declinado, también la ciudad se ha calmado, y la recuperación moral y cívica corre paralela a la recuperación cultural. Pues bien, la anécdota histórica se justifica porque una parte vertebral de esta identidad cultural es la edición, entendida no sólo como potentísima industria -que también-, sino como un conjunto de operaciones y de pulsiones que giran alrededor del libro como objeto de cultura. Es decir, Barcelona es un centro receptor y emisor de cultura literaria a través de sus protagonistas e instrumentos.

Si miramos el proceso que culmina (y al mismo tiempo empieza) con el libro, veremos que Barcelona cubre con excelencia todos sus pasos. Se da una creación, vivísima, en ambas lenguas. Los autores cuentan con agentes que les facilitan el acceso a la edición, que propagan su obra aquí y allá, que de vuelta nos traen a autores de todo el mundo, que encuentran entre nosotros notables traductores. En medio está el editor como creador de una línea editorial, como selector de piezas, y también el editor como gerente de una industria con un volumen importante y que se establece y crece. Una vez terminado el libro, existe toda una red que asegura su venta -distribución, promoción y librería. Librerías que, después de una crisis más temida que real, vuelven a consolidarse con un servicio más moderno, más amplio, más generoso. Y, por último, tenemos a los lectores, en cantidades que nunca son lo bastante satisfactorias, pero que son suficientes -y que se multiplican si tenemos en cuenta un fenómeno reciente, el regreso a las bibliotecas, que actualmente reciben miles de usuarios al año.

La industria editorial catalana y barcelonesa es un fenómeno completo y exhaustivo, que abarca todo tipo de productos, de la enciclopedia al libro ilustrado, del libro infantil al manual, de la literatura a la traducción, sin olvidar los dos extremos de la cadena, la sofisticada bibliofilia y los más populares cómics. Y quisiera destacar el libro de texto, dirigido a todos los niveles de la educación y formación, desde el primer curso de primaria hasta el último de la universidad, con un peso que se acerca al 40% de la producción editorial. La buena factura del libro de texto es importante porque nos hallamos en la sociedad del conocimiento. La habilidad de procesar información, de construir un vehículo apto para el pensamiento, la ciencia, la técnica y la cultura, es una de las herramientas básicas para movernos como colectivo en un mundo en el que las ideas tienen más peso que la fuerza o la potencia: un mundo, en definitiva, donde es esencial ser emisor y no sólo receptor. Añado un dato: el 34% de las editoriales trabajan en soportes multimedia, porcentaje que asciende hasta el 86% si contamos sólo los grandes grupos editoriales, más aptos para la diversificación de soportes. Las nuevas tecnologías no nos resultan ajenas; tampoco los procesos de concentración y el salto multinacional de nuestras firmas editoras.

Dos factores más, básicos, vinculados a esta industria. Uno es obvio: somos la capital de la cultura catalana y específicamente de la cultura en lengua catalana. Una cultura que no habría podido crecer, potenciarse y dialogar con otras culturas de no haber tenido, históricamente y hoy mismo, el escenario de una gran capital. En el caso concreto de la literatura, sin menospreciar iniciativas editoriales en otros países de lengua catalana o en otras ciudades de Cataluña, no hay duda de que la industria editorial radicada en Barcelona ha constituido un potentísimo altavoz y, en consecuencia, un estímulo para la creación: la oportunidad de editar y eventualmente de ser traducido a otras lenguas no sólo es indispensable, sino que se convierte en un estímulo para la práctica literaria. No obstante, no es ninguna banalidad tener una identidad asentada en medio de la vorágine del mundo global. La cultura, y mucho mejor si es una cultura vinculada a una industria, constituye un buen pararrayos, que nos mantiene unidos al suelo y que nos proporciona un sentido de diversidad, un aliciente de análisis crítico ante los mensajes omnipresentes.

Ahora bien, esta potencia industrial y cultural barcelonesa no se traduce en una imagen lo suficientemente poderosa como capital editorial. Tenemos una imagen de excelencia en lo que al producto libro se refiere, pero no podemos competir con la proyección mundial de Frankfurt o incluso de Milán. Barcelona ha sido la plataforma europea de gran parte de la literatura latinoamericana; ha sido la puerta de entrada en la Península de autores internacionales: es, como hemos dicho, un centro de creación y una ciudad con un grueso cultural considerable. Estos factores deberían conjugarse para construir internacionalmente la imagen de Barcelona como capital del libro. Me consta que los sectores implicados, todos los componentes de esta industria, piensan en ello. Se han presentado propuestas, se ha hablado de un gran Salón del Libro, se han planteado iniciativas.

Corresponde al Ayuntamiento estar atento y ofrecer toda la colaboración que pueda ser necesaria. Barcelona tiene suficientes méritos como para alcanzar esta proyección, para participar en igualdad de condiciones en el diálogo con los grandes nombres de la edición internacional. Es importante para consolidar la industria y para estimular la cultura. Mientras este proceso se desarrolla, el Ayuntamiento hace lo que tiene que hacer: potenciar el lector de base -no hay escritor que antes no haya sido lector- a partir de la red pública de bibliotecas, a partir de múltiples iniciativas dirigidas al público escolar, con campañas de difusión, con actividades culturales. Creamos lectores y facilitamos el acceso a los libros de los lectores ya veteranos, para que el ciclo pueda seguir adelante, siempre renovando, siempre apasionando.

De izquierda a derecha, ilustración del "Llibre de les Dones" (1495), de Francesc Eiximenis, y libros de las editoriales Sopena y Montaner i Simon, y catálogo de la editorial Gustavo Gili del año 1928.

 

 
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