|
La imprenta barcelonesa del Quijote
Estamos en el capítulo LXII de la segunda parte de la novela. El
protagonista, tras su llegada a Barcelona, en donde lo hospeda Antonio
Moreno, acaba de presenciar el fantástico episodio de la cabeza
parlante. En un momento determinado, a Don Quijote le apetece pasear a
pie por la calle, sin prisas y, a ser posible, pasando desapercibido:
"Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie,
temiendo que si iba a caballo le habían de perseguir los mochachos,
y, así, él y Sancho, con otros dos criados que don Antonio
le dio, salieron a pasearse.
"Sucedió, pues, que yendo por una calle alzó los ojos
don Quijote y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: "Aquí
se imprimen libros", de lo que se contentó mucho, porque hasta
entonces no había visto emprenta alguna y deseaba saber cómo
fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar
en una parte, corregir en otra, componer en esta, enmendar en aquella,
y, finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes
se muestra. Llegábase don Quijote a un cajón [cada una de
las secciones de la imprenta, centrada alrededor de una caja tipográfica]
y preguntaba qué era aquello que allí se hacía; dábanle
cuenta los oficiales; admirábase y pasaba adelante."
La crítica ha mantenido y mantiene que la descripción que
aparece transcrita corresponde al obrador tipográfico de Sebastià
Cormellas padre, natural de Alcalá de Henares, como Cervantes,
y probablemente conocido por éste. El obrador, situado en el número
14 de la calle del Call, lo recuerda aún hoy en la fachada del
edificio, con una leyenda explicativa y unos esgrafiados relativos a las
artes del libro. Probablemente, el escritor frecuentó aquella imprenta
durante su única estancia segura en Barcelona, en el verano de
1610.
La edición neoclásica e ilustrada
El panorama de la edición en el siglo XVIII se abría con
la derrota catalana en la guerra de Sucesión, que, entre otras
consecuencias, supuso la implantación de la legislación
castellana sobre el libro, de carácter muy restrictivo, y la concesión
a la Universidad de Cervera (creada en 1717) del privilegio de imprimir
los libros destinados a la enseñanza. Un episodio de la actividad
del librero, editor e impresor barcelonés, Carles Gibert, ilustra
nítidamente las trabas legales que recaían sobre el mundo
de la edición. En efecto, en 1788 Gibert, un profesional de acreditada
trayectoria, solicitó al Consejo de Castilla el permiso para reimprimir
obras agotadas de gran demanda que, si se traían de Madrid, se
encarecían sensiblemente y que, por otra parte, podían venderse
en América a precios muy competitivos. No sirvió de nada:
el Consejo le denegó la solicitud ese mismo año.
Sin embargo, la única casa impresora y editora a gran escala activa
en la Barcelona del siglo XVIII es la de los Piferrer, instalada en la
Plaça de l'Àngel de 1702 a 1868, año en que cerró
definitivamente sus puertas. La empresa comenzó con un negocio
de librería, aunque enseguida se embarcó en la impresión
(a partir de 1715, el día siguiente a la derrota). La prosperidad
de la casa no se puede separar de los vínculos que mantuvo con
el poder. Uno de los miembros de la familia, Tomàs Piferrer, por
ejemplo, ostentó los títulos de impresor real y de impresor
del Santo Oficio. La política editorial iba dirigida a cinco tipos
de clientela: las instituciones políticas y administrativas, los
organismos religiosos y educativos, los profesionales libres (sobre todo
juristas), el lector de literatura de consumo (aleluyas, romances y gozos)
y el profesional del libro (distribución y comercialización
de libros destinados a otras librerías). La gran magnitud de la
empresa de los Piferrer, relacionada comercialmente sobre todo con España,
se hace evidente por las cifras de los volúmenes que tenía
almacenados en 1794: 250.000 ejemplares, correspondientes a más
de mil títulos.
Del examen de esta enorme masa de letra impresa se desprenden algunas
informaciones, como, por ejemplo, que temáticamente los libros
más abundantes son los religiosos y los de enseñanza, seguidos
de los de divulgación médica, de los utilitarios y de los
de literatura española; o que el catalán tiene una escasa
presencia en el mundo de la edición culta (según cálculos
disponibles, en torno al 5% en la primera mitad de siglo).
El siglo XIX: románticos industriales
Si tratamos el mundo del libro en el siglo XIX con un deseo de síntesis,
podemos desglosarlo en dos grandes bloques: la edición romántica
y la industrial. En la primera, figura una serie de nombres que, hasta
1850 aproximadamente, vivieron la transición del Antiguo al Nuevo
Régimen. Se trata de editores que conocían algunas de las
grandes novedades técnicas que aportó la revolución
industrial al mundo del libro, aunque, bien por falta de recursos económicos,
de valor o de espíritu de iniciativa, las aplicaron tímidamente.
ste es el caso de Joaquim Verdaguer, quien en 1828 fundó en Barcelona
la imprenta y editorial que llevaba el nombre familiar, en donde utilizó,
por primera vez en España, una prensa de hierro Stanhope y abrió
en la Rambla del Mig la librería Verdaguer, la primera que contó
con un fondo de obras en francés. Joaquim Verdaguer, que había
aprendido el oficio de cajista en la casa Didot de París, publicó
muchas de las primeras obras de la renaixença y Recuerdos y bellezas
de España (1839-1865), una de las obras más prestigiosas
de la edición romántica hispánica. La razón
social A. Bergnes y Cía., mantuvo su actividad entre 1830 y 1843,
gracias al impulso y apoyo de Antoni Bergnes de las Casas. Se trata de
una librería, imprenta y editorial muy importante para la difusión
de la literatura romántica y de una gran actividad. Puso en circulación
una serie de colecciones en formato pequeño, destinada a difundir
obras literarias, científicas y de divulgación, que el propio
Bergnes a menudo traducía y revisaba. También impulsó
dos revistas: El Vapor, uno de los títulos emblemáticos
de nuestras letras, que acabó siendo diario, y El Museo de Familias,
con casi tres mil suscriptores. La trayectoria editora de la dinastía
de los Brusi, de mucho renombre gracias al Diario de Barcelona, hace las
veces de bisagra entre los dos tipos de edición. La familia entró
en el siglo XIX de la mano de Antoni Brusi i Mirabent, que a menudo se
ocupaba de la imprenta, instalada en la calle de la Llibreteria, cumpliendo
con encargos de la Junta de Comercio, y que en 1820 introdujo la litografía
en España. Bajo la dirección de su sucesor, Josep Antoni
Brusi i Ferrer, la empresa alcanzó sus máximas cotas: multiplicó
la tirada del diario, que, bajo la dirección de Joan Mañé
i Flaquer, vivió su época dorada, y editó obras de
renombre (como las de Jaume Balmes) y revistas ilustradas (como El Álbum
de las Familias).
Gracias a las grandes transformaciones que la revolución industrial
produjo en el mundo de las artes gráficas, un grupo de empresarios
concibió la edición como una industria más. Para
ello necesitaban, por una parte, una fuerte capitalización inicial
y, por otra, un vasto mercado consumidor que les permitiera rentabilizar
las inversiones realizadas. Ésta es la razón, en general,
por la que la industria catalana del libro a gran escala empezó
a trabajar sobre todo para el público de habla hispana, tanto español
como americano. Aquél fue el momento (último tercio del
siglo XIX) en que Barcelona se situó a la cabeza de la edición
en español, posición privilegiada que aún sigue ocupando.
De las figuras que lo hicieron posible, destacaremos cuatro.
Hacia
1846 inició su actividad la imprenta barcelonesa del menorquín
Narcís Ramírez i Rialp, que se convirtió en uno de
los empresarios de artes gráficas más importantes del siglo,
proveedor de una amplia gama de productos que iban desde los libros de
contabilidad hasta las acciones de las sociedades anónimas mercantiles,
pasando por el billetaje de las compañías ferroviarias.
En 1880, la empresa de Ramírez contaba con cerca de quinientos
empleados. A su muerte, aquel mismo año, se hizo cargo de la empresa
un socio, Manuel Henrich, que continuó el negocio y lo amplió
por la rama editorial. Así pues, trasladó buena parte de
los talleres y despachos de la calle Escudellers a la antigua villa de
Gràcia (Còrsega/Diagonal), participó de forma brillante
en la Exposición Universal de 1888 y nombró a Josep Yxart
director literario de la sección editora.
En segundo lugar, el fundador de la casa Espasa, Josep Espasa i Anguera,
emigró a Barcelona, procedente de la comarca de Les Garrigues y
en 1860 abrió una editorial que, con denominaciones diversas, alternaba
las novelas por entregas con las publicaciones periódicas, las
ediciones monumentales y las obras médicas. En 1911 tres de sus
hijos se hicieron cargo de la empresa; por aquel entonces ya se había
iniciado la publicación (1908) de la celebérrima enciclopedia
Espasa.
En tercer lugar, nos referiremos a Montaner y Simón, la editorial
más importante del Estado español entre finales del siglo
XIX y principios del XX. Fue fundada en 1868 por Ramon de Montaner i Vila
y Francesc Simon i Font, y enseguida se empezaron a publicar revistas
y obras de gran formato, a menudo de lujo, muy ilustradas (por medio de
la nueva técnica de la cromolitografía) y en diversos volúmenes,
como, por ejemplo, enciclopedias, historias de España y universales,
historias del arte o historias naturales. En conjunto, la editorial consiguió
alcanzar una convivencia feliz entre las innovaciones técnicas
de la edición industrial y la preservación del libro como
objeto artístico. En 1879 se trasladó a la calle Aragó,
a un edificio creado por el arquitecto Lluís Doménech i
Montaner (pariente del primer propietario fundador), que en la actualidad
es la sede de la Fundació Antoni Tàpies. En cuarto y último
lugar, Manuel Salvat i Xivixell, cuñado de Josep Espasa i Anguera,
con quien se asoció, fundó en 1898 la casa editora Salvat
e Hijo, que dirigió hasta su muerte y de la que se hicieron cargo,
con gran éxito, dos de sus hijos.
El siglo XX: un panorama rico y multiforme
A pesar de las dos dictaduras (la franquista, larguísima y especialmente
devastadora), la actividad editorial barcelonesa del siglo XX presenta
numerosos aspectos positivos destacables. Por ejemplo, la permanencia
de una serie de nombres, empezando por algunos de los que proceden del
siglo anterior (Espasa, Salvat, Montaner y Simón o los López,
de la Librería Española) y continuando por los que se consolidan
a partir de 1900 (los Sopena, los Millà de la calle Sant Pau o
los Gili, cuya rama con más continuidad, la de la editorial Gustavo
Gili, conmemora este año precisamente su primer centenario). También
son dignos de destacar los acusados contrastes entre la edición
de consumo más arquetípica (la Maucci, a principios de siglo,
o la Salvat, hacia 1970) y la de bibliófilo más refinada
(que, con nombres como el de Eudald Canivell o Ramon Miquel i Planas,
consiguió éxitos memorables durante el modernismo).
La primera multinacional
Resulta inexcusable mencionar el hecho de que, por primera vez en la historia,
una editorial catalana, la barcelonesa editorial Planeta, se ha convertido
en una multinacional; una multinacional que, además, es, en la
actualidad, la primera potencia editora en español. Es un motivo
de orgullo no muy conocido ni divulgado que en la actualidad un catalán
de Barcelona, Pere Vicens, de la editorial Vicens-Vives, presida la Unión
Internacional de Editores. Siguiendo la tendencia de las economías
capitalistas mundiales, el mundo del libro entre nosotros ha sufrido y
sufre un proceso, quizás irreversible, de concentraciones empresariales
de grupos multimedia, en el que los editores independientes intentan abrirse
paso exhibiendo una personalidad propia que les permita ganar parcelas
de un mercado cada vez más competitivo.
Asimismo, no hay que olvidar las diferentes iniciativas encaminadas a
difundir el libro y los hábitos de lectura, entre los que destaca
el Día del Libro, una propuesta exitosa de un escritor y editor
valenciano, Vicent Clavel, que regentaba la editorial Cervantes en Barcelona.
Desde 1926, el Día del Libro se ha seguido celebrando con poquísimas
interrupciones y, en 1995, la Unesco, presidida entonces por Federico
Mayor Zaragoza, declaró el 23 de abril de cada año día
mundial del libro. En este siglo también hemos asistido a la consolidación
de la edición en catalán, a pesar de las persecuciones y
prohibiciones de las que ha sido objeto, que, en la actualidad, constituye
cerca del 12% del total editado anualmente en el estado español
(muy lejos aún, sin embargo, del 20% conseguido durante la Segunda
República). Dos pinceladas más nos ayudarán a completar
este esquemático panorama.
La primera hace referencia al mercado americano de habla hispana que la
edición barcelonesa ha ido ganando a base de muchos esfuerzos y
de superar barreras y crisis. En el siglo XX, las editoriales con más
presencia en América han sido, principalmente, Maucci, Gustavo
Gili, Seix Barral, Labor, Salvat, Sopena, Bruguera, Planeta, Marcombo
y Océano. En sus inicios han tenido que vencer la competencia que,
en español, les hacían sus colegas de Estados Unidos, Francia,
Alemania, Inglaterra e Italia. De hecho, en 1927 la mayoría de
los libros de texto consumidos por la América de habla hispana
aún procedían de Francia. A pesar de todo, según
Gustau Gili i Roig, entre 1920 y 1930, la exportación al Nuevo
Continente representaba el 39% de los libros vendidos anualmente en España.
Y, en ese mismo periodo, según la misma fuente, el 70% de los libros
exportados de España a América procedía del área
barcelonesa. Si se analiza desde una perspectiva actual, se trata de una
expansión que combina la distribución y la producción
y que tiene lugar sobre todo a partir de 1970. En 1982, sufre una fuerte
sacudida provocada por la coincidencia de una serie de factores, encabezados
por el hundimiento simultáneo de la mayoría de las economías
latinoamericanas, que repercute muy negativamente en las editoriales con
intereses en América, hasta el punto de precipitar el cierre de
editoriales tan fuertes como Bruguera.
 La
segunda y última observación se centra en el libro infantil
y juvenil, ámbitos en que la edición catalana cuenta con
una larga tradición. Hasta mediados de siglo, este mercado, en
catalán y castellano, estuvo en manos de una serie de editoriales
que se dedicaban a él de forma complementaria (Araluce, Sopena
o Seix Barral) o de forma preferente (Baguñà, Molino o Juventud).
A partir de 1950, la editorial Bruguera irrumpió con mucha fuerza
en este sector, con publicaciones que, en su mayoría, eran distribuidas
en los quioscos. Durante los años dorados, se alcanzaron tiradas
de tres millones y medio de ejemplares mensuales de cómics. En
la actualidad, el Consell Català del Llibre per a Infants, fundado
en 1982 y reconocido internacionalmente, participa cada año en
la feria de Bolonia. Se trata de una prueba más de este protagonismo
editor.
|
|