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En 1980 se publicó Els orangutans en la colección Nova
Terra. Se trataba de una segunda edición, ya que la primera había
aparecido en 1967, y desde ese año hasta 1980 habían pasado
muchas, ¡muchísimas cosas! Una de esas cosas, que seguramente
no tiene ninguna importancia para nadie, pero que sí la tiene para
mí, es que había conocido a Joaquim Carbó y nos habíamos
hecho buenos amigos.
En aquella segunda edición de Els orangutans, Jaume Fuster se encargó
de redactar el prólogo en el que, a pesar de tratarse de un prólogo
de amigo, decía algunas verdades incuestionables: que la obra era
una aventura joyciana de un chulo de barrio que sólo pensaba en
pasarse por la piedra a todas las mujeres que se ponían a tiro
y que, con este lenguaje, explica el viaje a Ítaca de un personaje
fruto de una educación, de una guerra, de una dictadura fascista
y de los inicios de una sociedad de consumo. También decía
que Quim escribía porque quería escribir, porque lo necesitaba,
porque le gustaba.
Mi generación no mató a los abuelos -Calders, Rodoreda,
Pedrolo, Perucho, Capmany, Bartra, Llompart, Estellés, y tantos
otros-, porque ya bastante le costó recuperarlos, pero sí
que se olvidó de los padres y de algún tío, aunque
ahora las generaciones posteriores nos consideren a todos de la misma
quinta, poco más o menos. Y que conste que he utilizado la palabra
generación sin entrar en detalles, sólo para entendernos.
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