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Necrópolis judía
La montaña se utilizó como necrópolis judía;
de ahí una de las teorías más convincentes acerca
del origen del nombre de Montjuïc: "Monte de los Judíos,
Monte Judaico o Monte Judío". También se tiene constancia
del aprovechamiento agrícola de la montaña: en el Liber
Antiquitatum Sedis Barchinone se menciona la existencia de viñas,
olivos, higueras, huertos y bosques. Además, la devoción
popular originó la construcción de capillas y ermitas para
el culto cristiano, que se instalaron en torno a la cornisa situada frente
a Barcelona. Sant Bertran, Sant Fruitós, Sant Julià, Sant
Ferriol y Santa Madrona se encontraban a una cómoda distancia de
los portales de la ciudad amurallada.
Los primeros grabados de Barcelona fueron dibujados desde esta estratégica
posición, en el centro de la ladera de la montaña, en donde
se abrían las mejores perspectivas de la ciudad. Por otra parte,
en los grabados de Barcelona realizados desde la llanura, con frecuencia
se representaba Montjuïc en una proporción exagerada, supuestamente
porque su presencia resultaba un elemento imprescindible y contundente
para la identificación de la ciudad.
En la relación entre la ciudad y la montaña se produjo un
punto de inflexión a partir de mediados del siglo XVII, coincidiendo
con la presencia del poder de Madrid en el castillo, que se tradujo en
un desprecio y/o desafío de la ciudad con respecto de la montaña
que duraría siglos.
Tiene una especial significación la cita que encontramos en el
libro Memorias políticas y de guerra, de Manuel de Azaña,
cuando comenta, entre las escasas referencias anteriores que le llegan
de Montjuïc y Barcelona: "La torpeza del artículo me
pone de mal humor. Estas gentes son de las que no sabían adoptar
en las cuestiones de Cataluña otra receta que la de aquel bruto:
¡Que escupa Montjuïc! Con tamaña falta de talento y
de sensibilidad solían acometerse en España los asuntos
más delicados y complejos. Y ahora, en vez de ayudar, cocean."
La ciudad respondió de forma negativa a la montaña maldita,
la utilizó como vertedero, rellenando con basuras los agujeros
de las canteras. Un gran asentamiento de barracas, cobijo de inmigrantes,
el gran cementerio que mira al sur y algunos equipamientos desperdigados
son otros de los testimonios de esta actitud de rechazo.
Se trata del Montjuïc del desorden, que coincide con las etapas oscuras
de nuestra desgraciada historia política y la pérdida de
nuestras libertades.
No
resulta extraño, por lo tanto, que las revistas republicanas hicieran
alusión constantemente a la tensión provocada por el castillo
desde donde Espartero, Rodil y Prim bombardearon la ciudad a diestro y
siniestro. Un castillo que vio cómo las fuerzas de la reacción
fusilaron, el 13 de octubre de 1909, al padre de la Escuela Moderna, Francesc
Ferrer i Guàrdia, y a nuestro presidente Lluís Companys
i Jover, el 15 de octubre de 1940.
Recuerdo una ilustración de la revista L'Esquella de la Torratxa
que resulta muy representativa y en la que se puede ver a un hombre mirando
a la montaña desde la ciudad, amenazando al castillo con el puño.
Durante el largo periodo de ocupación militar, y aprovechando las
épocas de una paz relativa, las masas populares se fueron acercando
a la montaña. La actividad agrícola de los huertos de Sant
Bertran se extendió hacia las cuestas de Montjuïc y la gente
aprovechaba los días de fiesta para reunirse en torno a las principales
fuentes: la Font del Geperut, la Font de Tres Pins, la Font d'en Pessetes,
la Font del Gat y la Font Trobada, donde a menudo se podían ver
los típicos merenderos y pistas de baile.
La exposición de 1929
Sin embargo, el acercamiento urbanístico de Barcelona y Montjuïc
no comenzó hasta principios del siglo XX con el impulso cosmopolita
que imprimió Francesc Cambó, coincidiendo con el proyecto
de la exposiciones de las Industrias Eléctricas (2), que, finalmente,
concluyó con la magna obra de la Exposición Internacional
de 1929. Los arquitectos Josep Puig i Cadafalch en la ordenación,
Josep Amargós en la gestión y Jean-Claude Nicolas Forestier
en los jardines serán las claves de la que podríamos denominar
la primera reconquista de Montjuïc, cuya consecuencia fue la clarificación
del principal acceso por el portal de la plaza Espanya, a través
del eje monumental de la avenida Maria Cristina. El paseo "K"
(avenidas del Marquès de Comillas, del Estadi y de Miramar), proyectado
por Amargós, permitió conectar la Sección Española,
situada en la parte baja, la Sección de las Industrias Eléctricas,
situada en la gran explanada que hoy ocupa el Anillo Olímpico,
y la Sección Marítima de Miramar.
Los jardines de Forestier representaron un cambio significativo en la
concepción de Montjuïc y rompieron con el ideario de la jardinería
catalana.
Tras la exposición de 1929, la apuesta por la conjunción
urbanística de Barcelona y su montaña se detuvo de golpe.
Desde la posguerra hasta la llegada de la democracia sólo se construyeron
tres jardines, los de los tres poetas: Jacint Verdaguer, Costa i Llobera
y Joan Maragall, así como el Mirador de l'Alcalde.
Los jardines, el parque de atracciones, el Poble Espanyol, las 24 horas,
las pruebas automobilísticas de la Penya Rhin, después la
Fórmula 1, algunos museos y la reutilización de viejos pabellones
junto con otros de nueva construcción para albergar a los certámenes
de la Fira de Barcelona y poco más son los contados recursos que
tenía la montaña para atraer a los ciudadanos en esta etapa
gris de la que sólo destacaría la construcción de
la paradigmática Fundació Miró o Centre d'Estudis
d'Art Contemporani, tal y como la quería llamar Joan Miró,
huyendo del tópico y críptico nombre de museo. Miró,
con quien tuve el placer de conversar en varias ocasiones, me contaba
que lo que se tenía que hacer era un espacio vivo que dinamizara
la promoción del arte contemporáneo. La Fundació
Miró, sin duda, ha impreso un importante vínculo cultural
con la ciudad y un fuerte magnetismo a la montaña.
A partir del primer ayuntamiento democrático se fue forjando la
segunda reconquista, que se materializó gracias a la nominación
de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992, cuyo fruto
es la transformación urbanística de Montjuïc con un
planteamiento global. Se reforman las conexiones viarias y se facilita
la subida al Anillo Olímpico a través de una serie de escaleras
mecánicas integradas en el parque. Se inicia la urbanización
del desconocido lado sur, antes ocupado por las basuras y las barracas.
Barcelona consigue apropiarse más de la montaña y Montjuïc
está cada vez más cerca de la ciudad.
Actualmente, el Ayuntamiento ha puesto en marcha, a través del
Centro Gestor, el proyecto de convertir Montjuïc en un parque central
equipado de Barcelona, mejorando los accesos, potenciando el transporte
público y limitando el tráfico rodado. Se está planteando
ordenar el paisaje y las conexiones con los barrios de la ciudad situados
a ambos lados de la montaña y definirla en tres estratos, ordenados
desde abajo hasta arriba, el parque de la cultura, del deporte y de la
naturaleza, con actuaciones en curso y otras programadas con una modélica
visión medioambiental y de sostenibilidad.
En estos días de conmoción mundial debido a los efectos
de la guerra, me gustaría acabar este escrito con la primera parte
del himno que Josep M. de Sagarra compuso en 1936 para la Olimpiada Popular
del Estadi de Montjuïc, que fue el contrapunto a los Juegos Olímpicos
celebrados en Berlín, con su dictador, y para los que Barcelona
también había presentado su candidatura:
"No
és per odi, no és per guerra
que venim a lluitar per cada terra.
Sota el cel blau
l'únic mot que ens escau
és un crit d'alegria i de pau."(3)
El lado sur de Montjuïc (en la imagen, en los años 60) era
desconocido para la mayoría de los ciudadanos. Durante mucho tiempo
se caracterizó por la presencia de vertederos en las antiguas canteras
y por el asentamiento de una gran ciudad de barracas
1 ["Y al ver que sacas siempre roqueda de sus entrañas /
Para tus casonas, que crecen como árboles con sazón, / Parece
que diga a la ola y al cielo y a las montañas: / ¡Miradla,
hueso de mis huesos, ha crecido como yo!"]
2 La presencia militar en la cumbre fue como una espada de Damocles para
la ciudad, que se sentía vigilada desde el castillo de Montjuïc.
Pero tenemos que reconocer también que el control de los militares
impidió que se urbanizase y edificase la montaña, frenando,
de este modo, las presiones especulativas de los propietarios del suelo,
hasta que, el 16 de julio de 1914, se aprobó la ley que la declaró
de utilidad pública y permitió al ayuntamiento acelerar
la adquisición de los terrenos a bajo precio.
3 ["No es por odio, no es por guerra / por lo que venimos a luchar
por cada tierra. / Bajo el cielo azul / la única palabra que nos
conviene / es un grito de alegría y de paz."]
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