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Gabriel Pernau

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Txema Salvans
El ocio de los barceloneses
El ocio es uno de los hábitos que caracterizan a los individuos de las sociedades contemporáneas. Pero, en realidad, ¿qué es el ocio? Y aún más: ¿vivimos en una sociedad del ocio? ¿De cuánto tiempo libre disponen los barceloneses una vez finalizan sus obligaciones cotidianas? ¿Y qué hacen cuando están ociosos? Los sociólogos tienen algunas respuestas, pero coinciden en señalar que, pese a la importancia que se da a este fenómeno en el mundo actual, el campo del ocio está todavía poco trabajado.

Informe
   volver al sumario / b.mm 62 | otoño 03
   

 

Las generaciones nacidas en los años sesenta y setenta fueron educadas con la promesa de que, cuando fueran mayores, vivirían en una especie de sociedad idílica en la que se trabajaría poco porque las máquinas liberarían al hombre de las tareas más pesadas y de muchas obligaciones cotidianas. Los ciudadanos del futuro dispondrían de mucho tiempo libre, se prometía. Sería posible disfrutar de una fórmula mágica según la cual las 24 horas del día se repartirían con precisión milimétrica: ocho horas para descansar, ocho horas más de trabajo y ocho horas dedicadas al ocio.

Pero el futuro ya está aquí. Han transcurrido más de cuarenta años desde que Dumazedier escribió el libro Vers une civilisation du loisir, que hizo soñar a miles de ciudadanos del primer mundo con una vida más ociosa, y la llamada sociedad del ocio continúa siendo una quimera tan deseada como cada vez más alejada de la realidad.
¿Qué ha sucedido para que se fueran al traste las profecías que tanto predicamento tuvieron en Europa a principios de los sesenta? De entrada, la maquinización ha producido paradojas como que el tiempo que ganamos con las máquinas lo acabamos destinando a realizar otros trabajos y, pese a la rapidez de los medios de comunicación actuales, cada vez invertimos más tiempo para desplazarnos. Por no citar el hecho de que aquellas personas que disponen de más recursos -económicos y socioculturales- acostumbran a ser también los que menos tiempo tienen para disfrutar de su ocio.

"La promesa de la sociedad del ocio ha sido la gran zanahoria que ha hecho correr al mundo en el transcurso de todo el final del siglo XX -asegura el sociólogo Salvador Cardús-. Nos hizo creer que el futuro sería mejor, que tendríamos cuatro o cinco horas de trabajo y muchas horas libres, que había que empezar a educar a los jóvenes, y ahora nos encontramos con que la gente ha aprendido macramé en los centros cívicos, pero que lo último que hacen en su tiempo libre es macramé".
Existen diversos factores para explicar que estamos lejos de la sociedad del ocio o que sólo el 40% de los barceloneses realizan dos actividades de ocio a la semana, muy por debajo de la media europea. Los ciudadanos no disponen de ocio si no tienen tiempo libre, y sólo tenemos tiempo libre cuando estamos liberados de las cargas laborales y de las obligaciones diarias. La socióloga Marta Masats, del Institut de Estadística de Catalunya, indica, a modo de hipótesis, que la desregularización del mercado de trabajo, a partir de la década de los ochenta, comportó un aumento del trabajo en precario y ritmos y horarios más intensos que en los años sesenta y setenta, "sobre todo en nuestro país". Si esta hipótesis fuese cierta, se podría concluir que en la medida en que han aumentado las obligaciones, ha disminuido el espacio que antes teníamos para distraernos.

Pero no todos los expertos están de acuerdo con la afirmación de que hoy se dispone de menos tiempo. El también sociólogo Salvador Giner cree que esta sentencia es una "gran mentira. ¡Ahora hay más tiempo! -asevera dando un puñetazo en la mesa-. ¡Un pueblo que pasa tres horas cada día de media ante el televisor tiene tiempo! Los estadios de fútbol se llenan, los fines de semana en las carreteras se forman colas interminables y los días laborables la gente pierde una media de veinte minutos en llegar al trabajo... Eso sí, cuando preguntas, todo el mundo dice que no tiene tiempo. ¿Por qué? Porque la gente se apunta a todo lo que puede. Lo importante es acumular cosas que hacer en la agenda, que esté llena. ¿No puedes ir a ver a tu tía, pero cada fin de semana te vas a la playa o a esquiar?".

Giner sostiene la teoría de que la variable a considerar cuando se habla de ocio no es el tiempo, sino la prioridad que damos a cada una de las actividades que queremos o podemos hacer. "El tiempo no existe; es un invento del hombre. Hay personas que en una hora hacen cincuenta cosas y otras que con eso no tienen ni para empezar. Las hay que un domingo no tienen nada que hacer y se aburren, y, sinceramente, yo que me considero una persona progre, que quisiera que la gente tuviera un ocio más activo y creativo, no lo entiendo. A estas personas les diría que cojan unos poemas de Ausiàs March, que lean a Sartre o que abran aquel espléndido libro de arte que les regalaron y que seguramente todavía no han abierto".

 

"Sabemos muy poco del ocio de los barceloneses", reconoce Masats, que constata que la extinguida URSS fue la única sociedad que ha planificado el ocio de sus ciudadanos".

"Los jóvenes son los que escuchan más música, los que asisten a más actividades culturales, los principales usuarios de ordenadores y de Internet y los que salen más con los amigos".

 



¿Existe el tiempo libre?
El antropólogo Manuel Delgado reconoce que ignora por completo cuál es el ocio de los barceloneses, cuestiona que la gente cada día disponga de más tiempo libre y lamenta la ausencia de especialistas de su campo que hayan escrito sobre el tema.

Salvador Cardús va más allá. Señala que "el tiempo libre no es una voluntad, sino una imposición. Todos intentamos tener menos, por más que afirmemos lo contrario. Las personas mayores se desesperan cuando las jubilan, y los hay que alargan la jornada laboral para huir de un tiempo libre que no les resulta suficientemente satisfactorio. Todos nos aburrimos mucho, y hacemos cosas muy extrañas para disimular este aburrimiento, como conectar el televisor y ver la porquería de programas que nos ofrecen, que nos fastidiarían si nos los hicieran ver a la fuerza.

Pero, ¿qué alternativa nos queda? ¿Ponernos a hablar y acabar discutiendo? ¿Abrir un libro cuando no nos gusta leer? Ver la televisión es un refugio, no una actividad deseada".


Marta Masats revela que tanto en Cataluña como en España hay un déficit enorme tanto de especialistas en el tema del ocio como de estudios específicos para saber cómo ocupan los ciudadanos su tiempo. El tema se ha tratado casi siempre de forma transversal, considerando tan sólo sectores de población como los jóvenes, las personas mayores, las mujeres o los disminuidos, o bien centrándose en campos temáticos como la cultura o el deporte. Uno de los pocos trabajos globales existentes es la Encuesta Metropolitana, dirigida por Giner y de cuyo capítulo sobre el ocio se ha encargado ella. Para ella, esta carencia de especialistas es sorprendente. Sorprendente porque el ocio da vida a un sector económico de primera magnitud, pero también porque ocupa una parte muy importante de la vida de las personas, precisamente aquella en la que el individuo se expresa más libremente.
"Sabemos muy poco del ocio de los barceloneses", reconoce Masats, que constata que la extinguida Unión Soviética fue la única sociedad que, en el transcurso de la historia, planificó el ocio de sus ciudadanos. La socióloga confía en que muchas de las lagunas que ahora hay sobre la materia se puedan llenar en un futuro inmediato gracias a una encuesta, actualmente en preparación, que permitirá conocer detalladamente en qué se emplea el tiempo.

Pero, realmente, ¿el ocio es tan poco importante como señalan algunos de estos expertos? Un vistazo a cualquier quiosco revela la existencia de infinidad de aficiones que hace dos décadas eran o minoritarias o inexistentes. Se venden revistas de temas tan específicos como la náutica, el campismo, las autocaravanas, la fotografía, la fotografía digital, el vídeo, la cinematografía, las armas de fuego, la caza, la pesca, la decoración, el bricolaje, la aeronáutica, el aeromodelismo, los cómics, la informática, la gastronomía, la jardinería, las mascotas, los viajes, el humor...
Hay algunos trabajos que permiten acercarse a la realidad del ocio y su evolución reciente. En nuestra ciudad, esta actividad se ha modificado de forma notoria durante los últimos quince años, aunque quizá sí que menos de lo que puede parecer a primera vista. Antes, por ejemplo, había muy poca oferta para niños, y se consideraban nuevos proyectos de ocio recintos como museos, salas de conciertos, rocódromos, bares, discotecas, zoológicos o parques de atracciones; unos espacios que, por cierto, han caído en desuso o se están reconsiderando.


En la actualidad, el concepto de espacios de ocio es mucho más amplio. Una sala de ordenadores puede ser, al mismo tiempo, un lugar de trabajo o de estudio y un lugar de entretenimiento; un bar que a mediodía sirve menús, de madrugada se puede convertir en una sala de baile. Y, al mismo tiempo, un aparato como el teléfono móvil, originariamente concebido sólo para hablar, acaba sirviendo para jugar, para escuchar música o para hacer gestiones.
La encuesta realizada en 1988 por Iniciatives SA por encargo del Ayuntamiento de Barcelona a 1.500 personas del área de Barcelona permite ver cómo han evolucionado las costumbres de los barceloneses y su forma de vivir. Hace quince años, Internet no existía, el deporte era una práctica bastante menos habitual que ahora e ir de compras aún no se consideraba una actividad de ocio.


 

 

 


Paseos, libros y televisión
En 1988, la actividad de ocio más habitual era salir a comer o a cenar (52%), seguida de ir al cine (47%). Salir de copas figuraba en tercer lugar, y asistir a espectáculos deportivos (26%), en cuarto. Detrás venían ir al teatro, a bailar y a locales de juego.
Ahora, estas ocupaciones figuran en puestos algo más atrasados. La única ocupación que pese a los quince años transcurridos conserva más o menos la misma posición es el cine, la quinta respuesta más citada por los barceloneses respecto a cómo emplean su tiempo de ocio entre semana, y la cuarta en días festivos.
Más recientemente, la Encuesta de Calidad de la Ciudad, realizada en otoño de 2002 mediante 2.000 entrevistas domiciliarias, revela que las tres cosas que más hacen los barceloneses y barcelonesas son, en este orden, ir a pasear, leer y ver la televisión.

O eso dicen, porque lo que se dice a menudo no coincide exactamente con la realidad. ¿Es creíble que cuando se pregunta "durante el tiempo libre que tiene en los días laborables, ¿cuál es la actividad que realiza más habitualmente?", el 40,9% de los ciudadanos respondan que ir a pasear? ¿Es creíble que la segunda actividad más frecuente sea leer, ligeramente por delante de ver la televisión? ¿Es creíble que ir de compras figure tan atrás y ocupe el puesto 14, por detrás del deporte, de escuchar música, de ir al cine, de las actividades culturales, de las tareas de la casa, de salir con los amigos, de los juegos, de escuchar la radio, de conectarse a Internet o de estar con la familia?


Más que la fiabilidad de la encuesta, el resultado de este trabajo pone de manifiesto la confusión que existe en torno al concepto del ocio y la propia distorsión que cada ciudadano tiene de las actividades que realiza. Así, cuando leemos que el 40,9% de las personas se dedica a pasear y que solo un 2% va de compras, posiblemente deberíamos entender que un elevado porcentaje de los teóricos paseantes lo que en realidad hacen es ir de tiendas. El éxito de los heroncitymaremagnumikeas así lo hace pensar. Seguramente, cuando decimos que vamos de paseo, muy a menudo y en menor o mayor medida, también incluimos la acción de ir a comprar. Por más que nos cueste reconocerlo.
Y algo similar debe de pasar cuando la gente se refiere a leer y mirar la televisión. Un 33% de los encuestados dice que leer es la actividad que realiza más habitualmente entre semana, y un 32,3% que se dedica a ver la televisión. Los encuestados no revelan -si es que lo saben- cuánto tiempo pasan delante de un libro, un periódico o una revista y cuánto delante de la pantalla.

La encuesta señala tendencias de ocio que coinciden con los clichés más convencionales. Así, los hombres hacen más deporte y van más al cine que las mujeres, mientras que éstas se dedican más a las tareas del hogar, escuchan más la radio y les resulta más fácil reconocer que les gusta ir de compras.
Más sustanciales son las diferencias cuando se analiza la población por grupos de edad. El deporte se convierte en la dedicación preferida tanto entre los que tienen de 18 a 24 años como los que tienen de 25 a 34. Los más jóvenes son también los que escuchan más música, los que asisten a más actividades culturales o artísticas y, con diferencia, los principales usuarios de ordenadores y de Internet y los que salen más con los amigos. A partir de los 35 años, los barceloneses tienden a reducir la práctica del deporte en beneficio de actividades más tranquilas como los paseos. Es significativo que el colectivo que dice que pasa más tiempo con la familia sea aquel que tiene entre 35 y 44 años, se supone que a causa del hecho de tener hijos más jóvenes. En lo que se refiere a las personas más mayores, a parte de pasear, ver la televisión y leer, sus ocupaciones ociosas más habituales son las tareas del hogar, las actividades culturales y artísticas -que se recuperan una vez cesada la actividad laboral- y estar con la familia.


 

Para Salvador Giner, es una "gran mentira" que no
tengamos tiempo libre: "Los estadios se llenan, en las carreteras se forman colas interminables, pero todo el mundo dice que no tiene tiempo. La gente se apunta a todo lo que puede. Lo importante es tener la agenda llena".



"Hay gente que se desespera cuando la jubilan. Otros alargan la jornada laboral para huir de un tiempo libre que no les resulta bastante safisfactorio", afirma Salvador Cardús.


Arriba, instalaciones del Club Natació Barcelona. Pasear, leer y ver la televisión son los pasatiempos preferidos de la gente. El deporte y la cultura figuran en posiciones algo más retrasadas en la lista
de prioridades de los ciudadanos.

 


El ajetreo cotidiano
La visión de cómo pasan su tiempo de ocio los barceloneses varía si la pregunta que se hace es cuál es la actividad más habitual. En este caso, las mujeres afirman que las tareas del hogar, ir al teatro, salir a comer o a cenar, escuchar la radio, leer, las actividades culturales, ver la televisión, pasear e ir al cine. Los hombres, por su parte, citan los espectáculos deportivos, los ordenadores e Internet, ir a la montaña, el deporte y la música, ir de copas, salir con los amigos y los juegos.
Durante los fines de semana, los barceloneses y barcelonesas sienten predilección por ir a pasear, salir de compras o asistir a representaciones teatrales. En cambio, limitan de forma notable el tiempo que dedican a actividades habituales de lunes a viernes, o bien dejan de hacerlas. Así, los sábados y domingos pierden peso actividades que se pueden realizar en cualquier momento y, en general, sin salir de casa, como leer, ver la televisión, hacer deporte, escuchar música, las tareas del hogar, las actividades culturales, el estudio, los juegos, escuchar la radio, Internet, el voluntariado o el asociacionismo. Ganan protagonismo, en cambio, aquellas cosas, pequeñas y grandes, que el ajetreo cotidiano del día a día nos obliga a aplazar. Las respuestas están en la mente de todos: ir al cine, salir con los amigos, ir de copas, ir a comer o a cenar, ir de excursión a la montaña o a la playa, asistir a espectáculos deportivos o a oficios religiosos, ir de visita, viajar, estar con la familia, bailar, visitar la ciudad, salir de Barcelona y tantas otras.

La Encuesta de Calidad de la Ciudad realizada por el Ayuntamiento contiene otros datos reveladores. Son especialmente interesantes las respuestas que da la gente cuando se le pregunta si los fines de semana se queda en Barcelona o si se va fuera. La respuesta más repetida es "todos los fines de semana, o prácticamente todos, los paso en Barcelona". Los que más se quedan en la ciudad son el diverso segmento de población incluido dentro del epígrafe personas mayores, que también son los que dicen que salen todos o casi todos los fines de semana. Los ciudadanos de edades intermedias, en cambio, están más repartidos entre aquellos que se encuentran a caballo de los dos extremos.
De las encuestas sobre el tiempo de ocio se desprenden otras conclusiones, como que los hombres cuentan con mucho más tiempo libre que las mujeres, el enorme peso que tienen los medios de comunicación audiovisuales, que trabajar predispone a la lectura, que las personas mayores son bastante impermeables a las innovaciones o que en la supuesta sociedad del ocio la gente dice a menudo que no tiene suficiente tiempo.


¿Qué conclusiones se desprenden de estos datos? Marta Masats, autora de un trabajo sobre el ocio de los barceloneses y de otro sobre los catalanes, muestra su sorpresa por la existencia de dos grandes grupos de población con hábitos muy diferenciados. En uno se encuentran personas mayores con un bajo nivel de formación y unos recursos escasos que, pese a disponer de mucho tiempo libre, practican un ocio pasivo, en el que el protagonista estelar es la televisión e ir de paseo.
En el otro extremo de la balanza se sitúan unas clases de edades intermedias que, al contrario que las personas mayores, tienen dinero pero muy poco tiempo. Por paradójico que pueda parecer, son extremadamente participativos y realizan numerosas actividades cada semana. Es el pequeño segmento de población que Salvador Giner bautiza como el grupo Ernest Lluch, "unas pocas personas que acumulan todo el ocio activo de la población: esquían, van en kayak, van al Auditori, están abonados al Liceu, son clientes asiduos de los cines Verdi, están sensibilizados en política o religión, leen diarios, sus hijas hacen ballet y aún les queda tiempo para hablar del Barça".

Comparando la encuesta metropolitana del año 2000 con la de 1995, Masats asegura que las dos grandes novedades de los últimos años son "la irrupción con fuerza del consumismo como forma de ocio" y la mercantilización del tiempo de ocio. Es decir, cada vez más la gente deja de organizarse a su manera el tiempo de que dispone. Prefiere comprar un bien o un servicio, perfectamente organizado, que el mercado le ofrece. "El ocio se ha dejado en manos del mercado. El problema es que al mercado no le interesan sectores de población con pocos medios, y como la Administración no ha intervenido en estas nuevas formas de ocio, las personas mayores se quedan al margen", lamenta.

Ocio o negocio
Cardús cree que "la sociedad del ocio enmascara la realidad que vivimos, que es la sociedad del consumo. Originalmente, el ocio era la negación del negocio, pero ya no. Actualmente, ocio es negocio. Y el tiempo libre es un tiempo de coacción, muy bien organizada, pero coacción al fin y al cabo, que enfrenta al individuo con el tema de la libertad. Y te das cuenta de que no nos gusta vivir en libertad. En el tiempo libre es cuando actuamos de forma más gregaria. Todos vamos a los mismos sitios. Como no sabemos qué hacer, los fines de semana, en lugar de tomar una decisión, miramos qué hacen los demás y nos apuntamos, corremos hacia los centros comerciales o hacia las ferias de pueblo, pese a que ya sabemos que nos darán empujones, que comeremos mal y que nos cobrarán de más. Muy poca gente dispone de su tiempo libre al margen de las pautas que le proponen, que suelen ser pautas de consumo, incluso cuando se habla de fiestas mayores, que en el fondo hoy son simulacros de fiesta organizados por los ayuntamientos con la intención de fomentar el consumo".

Salvador Giner destaca que, en términos generales, la diversidad de las actividades que se llevan a cabo es "extraordinariamente pobre, mucho más de lo que la gente cree", y que esta realidad desmonta el mito de que en Cataluña se realizan muchas actividades, cuando menos en relación con otros países europeos. "La gente dice que las tareas del hogar son ocio, y los hombres consideran ocio lavar el coche en la gasolinera -se sorprende el prestigioso sociólogo-. Hombre, sí: supone un relax en contraste con ir al trabajo entre semana, pero considerar eso ocio...".
Es difícil delimitar dónde se encuentra la frontera entre lo que es ocio y lo que es obligación, acepta Giner. Dice que la realidad que se puede encontrar dentro de la ciudad de Barcelona es bastante diferente de la que aparece en la primera corona metropolitana, y que, en cualquier caso, se tienen unos hábitos muy tradicionales.


¿Qué pasará en el futuro? ¿La mecanización nos permitirá ganar definitivamente más tiempo para nosotros? ¿Se impondrá, en Europa, la jornada laboral de cinco horas o quizás se alargará la edad de jubilación, como empieza a pasar en algunos países, a fin de garantizar nuestras pensiones? Los expertos no tienen respuestas. Cardús está convencido de que "el siglo XXI ha empezado con un desorden y un malestar extraordinarios. El trabajo no tiene límite desde el momento en que queremos que las tiendas estén abiertas 24 horas al día. Todo se junta para complicarnos la vida. Se organiza un encuentro en tu pueblo y te preguntan: ¿Fuiste? Y como te quedaste en casa, te miran con extrañeza, te dicen que no sabes lo que te perdiste y tú te sientes imbécil. ¡No dejan que me quede en casa echando la siesta! Estamos rodeados por una compulsión comercial que lo invade todo. El intercambio personal, doméstico, los amigos, la familia quedan relegados al mínimo, y eso genera un gran malestar, sobre todo en una sociedad como la nuestra. Estamos llegando al límite de la resistencia, y hay gente que ya empieza a explotar. Pero es muy difícil escapar de este autoritarismo. Hay poco margen para la diversidad. El tiempo libre no existe".

Tampoco Giner se aventura a predecir el futuro. Como mucho se atreve a decir que, dentro de quince años, el ocio de los barceloneses será muy diferente al de ahora, más diverso, más participativo, más enriquecedor y no necesariamente más individual.
Corren tiempos de incertidumbres. Tendremos que esperar para ver dónde nos conduce lo que un día se calificó de sociedad del bienestar.




Las encuestas revelan una paradoja:
que cuanto más tiempo libre dispone el individuo,
más pasivas son las actividades de ocio que realiza.

 
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