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La torre de las Glòries es un edificio peculiarísimo, que
basa su singularidad en que utiliza la luz como material de construcción.
La piel posee en ella una cualidad tan específica que a los barceloneses
les espera un nuevo descubrimiento, después de la fascinación
que han producido su forma, su altura y el espléndido juego de
aberturas de la fachada circular. Es un edificio capaz de protagonizar
todas las perspectivas, como de hecho sucede: preside con maestría
los ejes visuales de aquella zona de la ciudad.
Naturalmente, la torre de Jean Nouvel, tan notoria, puso en primer plano
el debate sobre la bondad de los rascacielos en una trama urbana como
la de Barcelona, que no está nada acostumbrada a ellos. Bueno,
rascacielos es un decir, porque en Barcelona más bien tendríamos
que hablar, como máximo, de edificios altos. Yo apuesto claramente
por algunos edificios altos, como singularidad del paisaje. No se trata,
pues, de acumularlos, sino de acentuar determinados espacios, que los
piden a gritos. Hoy caminamos en la dirección de la ciudad compacta,
conectada, sostenible, pero también simbólica, mucho más
simbólica que la ciudad del XIX, porque en tiempos de una globalización
tan acelerada corremos el riesgo de perder los referentes, de flotar en
el vacío. O en la repetición hasta la extenuación
de la arquitectura tecnológica.
En tiempos de Cerdà, era la burguesía industrial la que
competía fachada a fachada, construyendo las magníficas
casas particulares que nacieron de la exuberancia modernista, una vez
aceptada la norma urbanística del Plan del Eixample. La obra pública,
el encargo institucional, en el Eixample histórico quedaba muy
en segundo plano, porque hace un siglo la experimentación no estaba
tanto en la belleza exterior como en la funcionalidad moderna de equipamientos
como la cárcel Model o el Hospital Clínic. En cierto modo,
es Domènech i Montaner quien vincula una sorprendente modernidad
funcional -¡el uso novedoso del subsuelo!- con el modernismo en
el Hospital de Sant Pau, pero es una excepción.
Hoy son las administraciones, y también el hospital y las universidades,
y el sector privado -sedes, hoteles, oficinas- los motores de una revolución
arquitectónica: la ciudad económica, pues, pero también
la ciudad civil: no en vano algunos de los grandes dos de pecho de esta
nueva oleada arquitectónica barcelonesa se sitúan en torno
al Fórum del año 2004, empezando por el contundente edificio
Fórum, de Herzog & de Meuron.
En estas páginas damos un buen paseo por esta nueva arquitectura
que está sacudiendo, en sentido positivo, el tejido y las percepciones
de Barcelona. Diría que, desde los años ochenta, no había
habido tanto debate en torno a la calidad arquitectónica (para
volver al principio: la mayoría de los finalistas del premio Mies
van der Rohe están trabajando ahora mismo en Barcelona). Un debate
siempre en tensión entre la idea del creador y la demanda del cliente,
que, cuando es el propio Ayuntamiento, representa a todos los ciudadanos;
la tensión entre el deseo implícito en el proyecto y las
restricciones del presupuesto; entre el sueño de la forma y la
posibilidad técnica de construir aquello. Entre la pretensión
del autor y la necesidad de los usuarios (que, en según qué
proyectos, se convierten en pacientes). Todo esto da un escenario de tensiones
que acaba configurando la construcción de la ciudad. Es un proceso
sin duda apasionante.
En esta nueva oleada, hay algunos hechos particularmente destacables:
que se ha producido un salto generacional en los arquitectos que la protagonizan
y que junto a los ya históricamente consagrados aparecen nombres
de "joven madurez"; que la arquitectura se ha internacionalizado,
como todo, y hoy los estudios prestigiosos no conocen fronteras (eso incluye
también a los creadores catalanes), y, por último, que este
proceso arquitectónico hoy es metropolitano. Las del área
metropolitana somos ciudades en pleno proceso de crecimiento y transformación,
y es en el momento de mudanza cuando mejor podemos soñar.
La arquitectura es, en el fondo, un sueño: el de casar un oficio
milenario con el arte contemporáneo, el de unir la función
y la forma, el de crear una obra perdurable que no envejece, el de hacer,
en definitiva, ciudad. Por eso la buena arquitectura es siempre una obra
única con una dimensión colectiva, y es en esta simbiosis
entre público y privado, entre individual y colectivo, donde se
expresa la medida del reto. Barcelona no podía ser ajena a este
nuevo ciclo de la arquitectura mundial. Estamos poniendo las primeras
piedras de la ciudad del siglo XXI y son primeras piedras de extraordinaria
calidad, cuya eclosión veremos en los próximos meses. No
me extraña que Barcelona, que es una ciudad apasionada por la arquitectura
-y apasionada por el debate-, viva hoy con entusiasmo este proceso, que
no es más que un nuevo eslabón en la lenta, inacabable,
vida de la ciudad milenaria.

Barcelona está poniendo las primeras piedras de la ciudad del siglo
XXI, afirma Joan Clos, unas piedras "de extraordinaria calidad, cuya
eclosión veremos en los próximos meses".”.
"Yo apuesto claramente por algunos edificios altos, como
singularidad del paisaje. No se trata de acumularlos, sino de acentuar
determinados espacios, que los piden a gritos".
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