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Joan Clos
Alcalde de barcelona

Un nuevo ciclo arquitectónico para la Barcelona del siglo XXI

En el acto de entrega del premio internacional Mies van der Rohe, bajo un sol sofocante, escuchaba a la ganadora, Zaha Hadid, explicar con excesiva modestia su sistema de trabajo -"trabajo y más trabajo"- y pensaba que es una suerte que una mujer tan capaz de insertar poesía en las obras más simples ya esté planeando el proyecto de un espacio singular para Barcelona.

La opinión de Joan Clos
   volver al sumario / b.mm 62 | otoño 03
   

 

Hadid ganó el premio por un trabajo en apariencia sencillo, pero resuelto con maestría: un vasto aparcamiento al aire libre, junto a una estación, a priori un clarísimo no-lugar. Uno de estos agujeros en la trama urbana que acaban "desapareciendo" de lo anodinos que son, y que en cambio Zaha Hadid potencia con unos cuantos retoques y pequeños detalles, es decir, poniéndole ese plus que no le era requerido y que va más allá de la mera funcionalidad. Mientras la escuchaba, quería imaginarme ese plus de talento en la futura Plaça de les Arts de Barcelona, para la que Zaha Hadid ya ha perfilado algunas líneas, y sentía sobre todo la satisfacción de saber que grandes creadores, la novísima primera fila de la arquitectura, están trabajando entre nosotros.


La Plaça de les Arts se encuentra en un entorno muy difícil como es el de Glòries. Es curioso que este lugar haya estado perpetuamente a medio hacer, medio dentro y medio fuera de la ciudad. Ahora hace un siglo los urbanistas supusieron que podía ser el ombligo de Barcelona, porque es el punto en el que se cruzan las tres grandes avenidas de la ciudad; un fruto más de la necesidad lógica del dibujo que de otra cosa. Hoy el problema de la Plaça de les Glòries es precisamente que allí se cruzan las tres avenidas... ¡con todas las líneas de ferrocarril por debajo! Y nadie quiere aludes circulatorios a pie de calle. Es por eso, por estos nudos "pendientes" -que literalmente significa que penden-, por lo que me gusta la mirada de la arquitectura. Arquitectos catalanes o extranjeros, pero gente capaz de imaginar las cosas, de reinterpretarlas, de ir más allá. Y es en la Plaça de les Glòries donde crece la potentísima Torre Agbar, de Jean Nouvel, que es el edificio que ha despertado en la ciudad una nueva oleada de pasión arquitectónica.

 

La torre de las Glòries es un edificio peculiarísimo, que basa su singularidad en que utiliza la luz como material de construcción. La piel posee en ella una cualidad tan específica que a los barceloneses les espera un nuevo descubrimiento, después de la fascinación que han producido su forma, su altura y el espléndido juego de aberturas de la fachada circular. Es un edificio capaz de protagonizar todas las perspectivas, como de hecho sucede: preside con maestría los ejes visuales de aquella zona de la ciudad.
Naturalmente, la torre de Jean Nouvel, tan notoria, puso en primer plano el debate sobre la bondad de los rascacielos en una trama urbana como la de Barcelona, que no está nada acostumbrada a ellos. Bueno, rascacielos es un decir, porque en Barcelona más bien tendríamos que hablar, como máximo, de edificios altos. Yo apuesto claramente por algunos edificios altos, como singularidad del paisaje. No se trata, pues, de acumularlos, sino de acentuar determinados espacios, que los piden a gritos. Hoy caminamos en la dirección de la ciudad compacta, conectada, sostenible, pero también simbólica, mucho más simbólica que la ciudad del XIX, porque en tiempos de una globalización tan acelerada corremos el riesgo de perder los referentes, de flotar en el vacío. O en la repetición hasta la extenuación de la arquitectura tecnológica.


En tiempos de Cerdà, era la burguesía industrial la que competía fachada a fachada, construyendo las magníficas casas particulares que nacieron de la exuberancia modernista, una vez aceptada la norma urbanística del Plan del Eixample. La obra pública, el encargo institucional, en el Eixample histórico quedaba muy en segundo plano, porque hace un siglo la experimentación no estaba tanto en la belleza exterior como en la funcionalidad moderna de equipamientos como la cárcel Model o el Hospital Clínic. En cierto modo, es Domènech i Montaner quien vincula una sorprendente modernidad funcional -¡el uso novedoso del subsuelo!- con el modernismo en el Hospital de Sant Pau, pero es una excepción.
Hoy son las administraciones, y también el hospital y las universidades, y el sector privado -sedes, hoteles, oficinas- los motores de una revolución arquitectónica: la ciudad económica, pues, pero también la ciudad civil: no en vano algunos de los grandes dos de pecho de esta nueva oleada arquitectónica barcelonesa se sitúan en torno al Fórum del año 2004, empezando por el contundente edificio Fórum, de Herzog & de Meuron.

En estas páginas damos un buen paseo por esta nueva arquitectura que está sacudiendo, en sentido positivo, el tejido y las percepciones de Barcelona. Diría que, desde los años ochenta, no había habido tanto debate en torno a la calidad arquitectónica (para volver al principio: la mayoría de los finalistas del premio Mies van der Rohe están trabajando ahora mismo en Barcelona). Un debate siempre en tensión entre la idea del creador y la demanda del cliente, que, cuando es el propio Ayuntamiento, representa a todos los ciudadanos; la tensión entre el deseo implícito en el proyecto y las restricciones del presupuesto; entre el sueño de la forma y la posibilidad técnica de construir aquello. Entre la pretensión del autor y la necesidad de los usuarios (que, en según qué proyectos, se convierten en pacientes). Todo esto da un escenario de tensiones que acaba configurando la construcción de la ciudad. Es un proceso sin duda apasionante.

En esta nueva oleada, hay algunos hechos particularmente destacables: que se ha producido un salto generacional en los arquitectos que la protagonizan y que junto a los ya históricamente consagrados aparecen nombres de "joven madurez"; que la arquitectura se ha internacionalizado, como todo, y hoy los estudios prestigiosos no conocen fronteras (eso incluye también a los creadores catalanes), y, por último, que este proceso arquitectónico hoy es metropolitano. Las del área metropolitana somos ciudades en pleno proceso de crecimiento y transformación, y es en el momento de mudanza cuando mejor podemos soñar.


La arquitectura es, en el fondo, un sueño: el de casar un oficio milenario con el arte contemporáneo, el de unir la función y la forma, el de crear una obra perdurable que no envejece, el de hacer, en definitiva, ciudad. Por eso la buena arquitectura es siempre una obra única con una dimensión colectiva, y es en esta simbiosis entre público y privado, entre individual y colectivo, donde se expresa la medida del reto. Barcelona no podía ser ajena a este nuevo ciclo de la arquitectura mundial. Estamos poniendo las primeras piedras de la ciudad del siglo XXI y son primeras piedras de extraordinaria calidad, cuya eclosión veremos en los próximos meses. No me extraña que Barcelona, que es una ciudad apasionada por la arquitectura -y apasionada por el debate-, viva hoy con entusiasmo este proceso, que no es más que un nuevo eslabón en la lenta, inacabable, vida de la ciudad milenaria.


Barcelona está poniendo las primeras piedras de la ciudad del siglo XXI, afirma Joan Clos, unas piedras "de extraordinaria calidad, cuya eclosión veremos en los próximos meses".”.

"Yo apuesto claramente por algunos edificios altos, como singularidad del paisaje. No se trata de acumularlos, sino de acentuar determinados espacios, que los piden a gritos".


 
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