texto: Jordi Casanovas

Joan Matabosch El discreto incendiario

Joan Matabosch ha sido uno de los principales responsables de la renovación del Gran Teatre del Liceu en la vertiente artística, de la consiguiente apertura de la centenaria institución hacia sectores diversos de público y, en definitiva, de la radical transformación de su función social. El Liceu postincendio ya no volverá a ser nunca lo que había sido antes de 1994, aunque se calcasen los dorados y las molduras.

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   volver al sumario / b.mm 62 | otoño 03
   

 

Recordémoslo, los planes para poner al día el teatro empezaron a dibujarse en los años ochenta, a raíz de que las instituciones públicas se comprometiesen interviniendo en su funcionamiento ante la incapacidad de los antiguos propietarios de gestionarlo en solitario. La ópera requiere una movilización grandiosa de energías creativas y de medios. Y sus destinatarios, por lo tanto, ya no pueden ser exclusivamente unas elites sociales o artísticas.
En esta idea del "Liceu de todos", según rezaba un eslógan, se había trabajado antes del incendio con graves dificultades en todos los frentes: el jurídico, el técnico-arquitectónico y el artístico. Tantos eran los obstáculos que sólo se había logrado aprobar un plan de reforma de mínimos cuando, mira por donde, saltó una chispa. Nunca ha sido tan oportuno el siniestro de un teatro.
En la vertiente artística, el reformismo que se aplicaba -y que pretendía abrir el Liceu a las nuevas corrientes creativas, a géneros diversos y a públicos diferentes, en la línea ya anticipada por otros teatros y festivales llevaba la firma de Albin Hänseroth. Todo lo que se hace ahora en el teatro, "escándalos" incluidos -con toda clase de comillas, por favor- ya lo había intentado el alemán. También los magníficos programas de mano -más bien de mochila-, que se convirtieron en un complemento indispensable de las representaciones.

 

De aquel momento, y por la discreta vía de la coordinación de estos programas, data la vinculación de Matabosch con el Liceu. Era entonces un joven periodista en situación laboral precaria, que sin duda sabía la tira de ópera para hacer las críticas que hacía y para soltar aquellos comentarios cáusticos que de cuando en cuando se le escapaban, pero del que no se sabía mucho más; no lo suficiente, como mínimo, para poder prever que algún día llegara a oficiar en el altar mayor del templo de la Rambla.
La primera sorpresa fue que Hänseroth lo incorporase como adjunto de dirección. Cuando en 1998 le pusieron al frente del proyecto artístico del nuevo Liceu, el sentimiento ya fue de incredulidad. No por él ni tampoco por la gerencia que le había propuesto -Josep Caminal podía ser un pozo de sorpresas-, sino, sobre todo, por las instituciones que habían confiado en él…, porque ya sabemos cómo funcionan, ¡ay!, las instituciones públicas.
La evolución del Liceu ha confirmado el acierto de la decisión. La reconstrucción del teatro se ha puesto al servicio de un proyecto artístico coherente y de gran consistencia ideológica, que ha interesado cada vez a un mayor número de personas: de 7.000 abonados se ha pasado a más de 20.000; los Wagner se representan por docenas… El secreto del éxito es lo que tantas veces se ha dicho de la combinación de "tradición y modernidad": saber avanzar hacia nuevos territorios sin perder las raíces. Y también el don de la oportunidad: la propuesta ha sabido responder a una demanda social que el antiguo Liceu, lleno de rémoras elitistas, no podía satisfacer.
Hay otra combinación de gran solera y que nos encanta que podría completar la caracterización del fenómeno, la de seny i rauxa -juicio e impetuosidad-. Prender fuego a ritos sociales convertidos en rictus y a una concepción del espectáculo como un simple reencontrar las mismas verdades apolilladas, pero hacerlo como quien no quiere la cosa, negociando con los viejos poderes y proponiéndoles, también a ellos, nuevas vías para el disfrute artístico. Que a veces algún carcamal grite "Matabosch al paredón" no significa nada, sólo que aún quedan carcamales con buena voz.

 
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