INFORME |
Fotos: María Birulés |
Y esta exigencia se traduce en la necesidad de alcanzar y desarrollar una fuerte capacidad de proyecto, de innovación, de proponer nuevos modelos que respondan a la creciente autonomía y atomización de los consumidores. Por lo tanto, esta nueva realidad nos muestra la necesidad de formar diferentes perfiles profesionales orientados a investigar, gestionar, desarrollar y promover la complejidad que ha alcanzado el proyecto de un producto: desarrollo de su vertiente técnica, valoración de las implicaciones económicas, conocimiento de la aportación estratégica, control del impacto ambiental, planificación de la gestión y el desarrollo, construcción y búsqueda de escenarios de futuro, explicación del uso, simplificación de la información e interacción con el usuario. Una serie de cambios y mutaciones que obliga a todas las escuelas de diseño a reconsiderar la formación de los futuros profesionales. Todo este conjunto de aspectos, entre otros muchos, nos indica y a la vez explicita la necesidad de promover la disciplina hacia nuevos campos de conocimiento, a menudo vinculados con auténticas disciplinas del saber científico tradicional. Por esta razón, las escuelas deben ser capaces de descubrir las conexiones y los posibles desarrollos y de crear un cuerpo teórico y metodológico que sirva de apoyo a la praxis proyectual y que la canalice; en definitiva, de pasar de un concepto estático del diseño a uno mucho más interactivo y dinámico. La realidad que envuelve a un producto es cada vez más compleja, porque ha pasado a constituir lo que podría llamarse sistema-producto, un concepto que comporta el hecho de entender el producto como un sistema integrado complejo, que implica la necesaria creación de una sinergia proyectual transdisciplinar. Esto presupone una importante transformación en la formación del diseñador, porque las diferentes intervenciones disciplinarias específicas que tienen lugar en la creación y producción de un producto no pueden ser pensadas como contribuciones autónomas y autosuficientes que son encajadas de forma sucesiva. La lógica del sistema-producto significa negar que el producto sea el resultado de fases sucesivas; su realidad está configurada por un conjunto de atributos (técnicos, funcionales, formales, culturales, comunicativos, espaciales, de prestaciones y de servicio) a través de los cuales la oferta del producto y de la propia empresa adquiere una identidad y un sentido preciso en relación con el consumidor. Con todo lo expuesto, y en la medida en que el producto es un fenómeno multidimensional, parece evidente poder concluir señalando el hecho de que la formación de los diseñadores obliga a las escuelas a atender unas nuevas exigencias. En este sentido, precisamente, no puede seguir hablándose de la existencia de un determinado diseño, sino de la coexistencia de diferentes diseños. Así pues, y sin ningún tipo de duda, creo que este es el terreno en el que se legitima y cobra sentido la existencia de varias escuelas en una misma ciudad.
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También es verdad que, con el cambio de siglo, una nueva sensibilidad, debida al protagonismo de la burguesía (con su fuerza basada en el comercio y en su natural desarrollo, la revolución industrial) así como un mayor protagonismo o consciencia del cuerpo social en su conjunto nos condujeron a una redefinición o bifurcación del papel del arte y de la artesanía. El arte se redefine, siguiendo los modelos del romanticismo, como (simplificando en exceso) la primacía del individuo creador; los oficios artísticos empiezan a perder parte de su función, que pasa a ser asumida por la fabricación industrial, y la edificación se replantea radicalmente sus métodos y objetivos con la confrontación y el diálogo que supone la aparición de los ingenieros y su arquitectura. Precisamente estos (los ingenieros y los nuevos arquitectos) son los que introducen la noción de la separación entre el proceso de diseñar y el de fabricar (como señalaba Isabel Campi en su Història del Disseny Industrial), convirtiéndose de este modo en los padres de la metodología del proyecto. El historial de nuestra decana la Escola Gratuïta de Disseny (popularmente conocida como la Llotja) es un paradigma de estos cambios. En 1775, esta escuela pasa a llamarse Escola de Belles Arts de Barcelona y una de sus secciones se independiza en 1817, convirtiéndose en el origen de la actual Escola Superior dArquitectura. Más tarde, en 1901, pasa a denominarse Escola Superior dArts, Indústries i Belles Arts, para dividirse finalmente (en 1940) entre la Escola de Belles Arts Sant Jordi (actual facultad desde 1977) y la Escola dArts i Oficis Artístics la Llotja (actualmente Escola dArt i Disseny). Podemos decir que, en el ámbito de la pedagogía del diseño, existe un grupo de escuelas (surgidas mayoritariamente a partir de los años sesenta) que partieron de la concepción del diseño como una actividad radicalmente nueva, y con la necesidad de concretarse metodológicamente basándose en nuevas disciplinas vinculadas al panorama del capitalismo tardío: de la teoría de la comunicación y la semiótica al marketing, de las nuevas tecnologías y los nuevos materiales a las ingenierías teleinformáticas y al diseño integral. En estas parece encajar mejor la etimología de la palabra diseño procedente del mundo anglosajón: design del latín designare, dar nombre, señalar. Otro grupo de escuelas arrastra una pesada y evolutiva tradición, como hemos explicado más arriba: claramente vinculadas con la tradición italiana (diseño, dibujo), mantienen una cultura del material y del dibujo como herramienta conceptual y formalizadora. Evidentemente, estas dos tendencias están presentadas de manera esquemática y no solo responden a modelos escolares, sino que aparecen entremezcladas dentro de las diferentes instituciones y presentan diferente beligerancia siguiendo procesos temporales: ahora está de moda el marketing y la high tech, ahora la neoartesanía y la poética de los materiales teñida de ecologismo. Lo que es esencial, desde el punto de vista de la pedagogía, es hacer referencia al perfil que presenta el alumnado que, a finales de los años noventa, asiste a nuestras escuelas. Con respecto a él, nos hemos planteado dos cuestiones: ¿qué perfil de profesional se necesita para un futuro próximo? y ¿qué tipo de preparación puede llegar a ser asumida por los estudiantes actuales? En relación con la segunda pregunta, hay que señalar que se ha convertido en un tópico considerar que la capacidad de trabajo (ni mucha ni poca, sólo diferente), la irregular preparación previa de carácter académico, la dificultad de poner en marcha procesos lentos de trabajo, la muy desarrollada inteligencia visual, la peculiar capacidad crítica y discursiva y la moral antiesfuerzo son aspectos que no pueden ser ignorados en el momento de plantearse la tarea docente. Y resulta obvio (al menos para los profesores de una generación determinada) que esta constatación, lejos de servir de trinchera generacional ("nosotros sí que éramos buenos"), provoca debate y plantea nuevas estrategias educativas.En el ámbito de la educación superior de arte y diseño, es evidente que tenemos que conseguir despertar la capacidad creativa haciéndoles descubrir sus personales maneras de proyectar. Y es a partir de que se descubren a sí mismos cuando los aspectos más académicos o incluso los procesos lentos de manipulación se vuelven interesantes e imprescindibles. Al plantearnos la primera cuestión es cuando nos vemos obligados a comprometernos con respecto a nuestra idea (o voluntad) de futuro: la realidad es tan cambiante que la prospectiva se convierte en una actividad subjetiva. ¿Es posible que el profesional del futuro (el diseñador) tenga que resolver los problemas basándose en una tecnología sofisticada, siempre en función de los dictados del mercado? ¿El exceso de virtualidad no provocará una demanda creciente de productos en los que la materialidad y la manufactura sean valores ineludibles? ¿Formará parte de la responsabilidad del diseñador el crecimiento insostenible o será el optimismo tecnológico basado en la creatividad el que, en el último minuto, siempre encontrará la solución del no retorno? En mi opinión, este es el núcleo de la actividad de nuestras escuelas de arte y diseño: el alumno y el futuro. O el futuro del alumno. Hemos de plantearnos, desde la profesión del arte y del diseño y desde su pedagogía, un debate frontal para que las decisiones de futuro sobre estas enseñanzas no se tomen siguiendo demasiados criterios coyunturales o de demanda; la obsesión no siempre saludable de confundir la oferta pedagógica con un seguidismo (necesariamente coyuntural) ante el mundo laboral y ante el mercado. Concretando: la pedagogía trabaja para formar personas creativas que puedan dotarnos, en un futuro, de un mundo mejor y que sean felices llevando a cabo esta tarea. Eso no significa dejar a un lado el marketing o las demandas laborales, sino que significa dar prioridad al debate sobre los conceptos de materialidad frente a virtualidad, de función frente a moda, de competencia frente a competitividad, de sostenibilidad frente a despilfarro, del creador generoso frente al artista-portada de revista. Desgraciadamente, y debido a la falta de confianza de la administración educativa en los profesionales del arte y el diseño (gremialismo, una endémica mala imagen de los profesores), así como a la escasa conciencia social del potencial de este sector ("el arte es vocacional y se tiene o no se tiene, el diseño de producción no el de los diseñadores estrella no es una prioridad para nuestros industriales"), nos encontramos con una situación poco estimulante, con unos estudios que se regularizan sin entusiasmo, con poca voluntad de éxito y con negligencias manifiestas ("¿usted desea conseguir unos estudios de diseño con los que se otorgue la misma titulación que con los de enfermería o magisterio? Pues no, todavía no queremos legislar al respecto, no tenemos prisa"). En esta situación, el necesario y fructífero debate sobre los temas anteriormente citados se pospone o se supone, perfectamente entretenidos por la aparente normalidad de las exposiciones, de las primaveras y de los actos oficiales, donde nadie dejará de apuntarse al reconocimiento público de su sensibilidad por el arte y el diseño (a pesar de que algunos también utilicen la palabra diseño para descalificar a los rivales políticos, a los llamados candidatos de diseño). Difícil tarea la de intentar trabajar por el futuro del alumno sin disponer de un consenso real tanto en los aspectos pedagógicos como en los aspectos profesionales y, en cambio, estar convencidos de que un país que olvida la formación de sus creadores plásticos se está negando su propia imagen en la historia. Porque entre la nave y el hueso, en realidad, (como parece indicar Stanley Kubrick) existe muy poca distancia: la historia de una especie que aprendió a utilizar los objetos como herramientas, pero que no sabe entenderse a sí misma y, así, el futuro siempre se convierte en una huida hacia adelante. |
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