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Las
acciones y los planes urbanísticos para Ciutat Vella desplegados en los últimos quince
años significan un paso de gigante para la consolidación de su futuro a medio plazo.
Tenemos aún en la memoria las difíciles condiciones de estos sectores centrales que
provocaron el fracaso de toda una serie de estrategias que buscaban su reforma según los
patrones de la cultura urbanística del siglo XIX.
Se diría que dentro de la gran transformación urbanística de Barcelona, el reciente
proceso de Ciutat Vella tiene una magnitud parecida a la recuperación del frente de mar
de la ciudad. Son procesos diferentes tanto en los instrumentos empleados como en los
mecanismos de gestión, incluso en la imagen pública: el frente de mar ha representado la
nueva imagen de la Barcelona futura definida como una metrópoli europea con servicios y
ocio como elementos centrales, con una playas abiertas que el lema olímpico ha sancionado
con glamour. Ciutat Vella, en cambio, expresa quizás una transformación más
profunda que no tiene una lectura directa, pero que a medio plazo puede llegar a tener una
repercusión todavía más ambiciosa. No es el momento de comparar ambos procesos, pero
nos atreveríamos a pensar en el fuerte protagonismo de la iniciativa local, la gran
inversión pública, las dificultades iniciales del sector privado... Con todo, hay que
decir que eran asignaturas pendientes de la Barcelona metropolitana que con tanta fuerza
se ha consolidado en este siglo.
Porque si, por ejemplo, entendemos la fuerza seminal que tuvo del Plan Cerdà para
Barcelona, tenemos que reconocer que ambos temas tuvieron para el plan y la generación
emprendedora que derribó murallas y construyó la nueva ciudad abierta e
industrial una lectura muy diferente. El Plan Cerdà no tuvo como prioritario el
frente de mar, en el que el ferrocarril hacia Mataró y las industrias pesadas se habían
implantado. El mar todavía era un lugar problemático, era un territorio vacío,
un gran espacio para los medios de comunicación a larga distancia (1).
En cambio, la ciudad amurallada era ya un objeto prioritario, sin cuyo estudio crítico no
podemos entender la grandeza del proyecto Cerdà para Barcelona.
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En la calle
Argenteria, a la izquierda, se combina el edificio de nueva planta con la construcción
antigua.
©Enrique Marco
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El nacimiento de la idea de reforma a gran
escala
Como sabemos, Cerdà dedica un gran
esfuerzo al estudio de las condiciones de vida de la clase obrera que residía en la ciudad
vieja (2). Y son precisamente las conclusiones tan elocuentes (3) a las que llega las
que explican la contundencia de su proyecto para el plan de Barcelona, en el que intentó
afrontar la solución a los problemas de gran densidad y malas condiciones higiénicas de
la vivienda en Ciutat Vella en 1856. Pero, sobre todo, hay que recordar que es el gran
proyecto urbanístico para la Barcelona moderna, que tiene la ambición de unir el
Eixample con la reforma de la ciudad (4). Aquí empezará la línea de los planes de
urbanismo que establecen la reforma de Ciutat Vella como mecanismo para corregir los
problemas de insalubridad y desorden edificado dentro del espacio de la muralla. Para
lograrlo, Cerdà propuso que tres vías cortasen el tejido histórico y a partir de ellas
se emprendiera el saneamiento de la ciudad densificada: dos vías verticales como
continuación de Pau Claris y Muntaner, y una paralela a la costa a la altura de Pallars.
Vías de 20 metros con una clara continuidad con las del Eixample.
Lo que quizás olvidamos es que en la gestión de su plan propuso que los grandes costes
de la reforma de Ciutat Vella se pagaran con parte de las plusvalías generadas en
la edificación del Eixample. Esta dimensión re-distribuidora de su proyecto se
perdió dentro de las peripecias de la aprobación política del plan y sólo quedó la
herencia de los grandes vaciados, cuya presencia ha perdurado más de cien años y
se han identificado a menudo como el único instrumento posible para la reforma.
Se formalizó así una manera de actuar en Ciutat Vella que tiene dos dimensiones a
destacar. La primera, por un lado, es la idea del plan global: lo nuevo y lo viejo tienen
que pensarse conjuntamente y la ciudad histórica es una parte más del conjunto. Y la
segunda, por otro, es que la herramienta de la transformación es el nuevo acceso y este
debe producirse en la dimensión que la nueva movilidad reclama.
Otras ciudades llevaban a cabo la reforma a partir de las grandes aberturas viarias
como París, que lo hacía a medida que el intendente Haussmann lo iba
decidiendo(5), pero aquí la fuerza y el éxito de la expansión hacia el Eixample
niega hasta cierto punto la reforma. Y aquella idea de reinversión de las
plusvalías en la ciudad histórica se volverá en su contra cuando la imagen edificadora
del Eixample y su continua densificación se van traduciendo directamente en Ciutat Vella
dejando que las edificaciones puedan crecer en altura, lo que añade una última fase de
densificación interna de dramáticos resultados(6).
En cualquier caso, entender Ciutat Vella como una parte del conjunto es algo que será
aceptado por la práctica urbanística en Barcelona, y esto hará cambiar el enfoque de
las actuaciones que habían guiado las transformaciones en su anterior historia urbana.
Recordemos que la ciudad se transformaba a base de medidas parciales como respuesta a
situaciones puntuales; ya fuera por orden del gobernador militar, mediante la supresión
de los cementerios parroquiales con lo que se ganaban plazas junto a las
iglesias, la abertura de calles rectas para introducir nuevas formas de acceso y de
edificación como Ferran, Princesa, Jaume I, Unió, entre otras, o bien las
desamortizaciones en el siglo XIX.
Ante esta forma de acción puntual, el Plan Cerdà instaurará una reflexión más
amplia que desgraciadamente quedará a medio camino y aquellas ambiciones aberturas se
quedarán en unas sombras que difícilmente introducirán una dinámica positiva en
este proceso. Estas sombras se desvanecen y reaparecen con diferentes nombres: Àngel
Baixeres 1880, hasta su aprobación en 1889; después, Plan Darder 1916; Vilaseca 1941;
Plan Comarcal 1953; García Morato 1959, acompañando a la vía con edificaciones
organizadas en bloques abiertos, no cerrados como en el Eixample. Incluso el Plan de
Gestión Metropolitano (PGM) de 1976 tiene que aceptar el peso de algunas de estas sombras
ya muy diluidas.
Como es sabido, sólo la gran vía de la reforma llamada Via Laietana se ejecutó a
principios de siglo, y se comprobó que llegó tarde y mal. Las dificultades de su
realización y la densidad de los edificios no son una buena referencia.
La ejecución de los PERI y del ARI desde 1983
Seguramente la parte más interesante de las últimas operaciones de
mejora de Ciutat Vella haya sido el hecho de moverse y trabajar en varias escalas. Por un
lado, se ha dado una reflexión general estratégica del proyecto dentro de la escala
metropolitana y, por otro, se han atendido las capacidades y posibilidades de los
diferentes sectores de Ciutat Vella a partir de los minuciosos estudios de los PERI (Plan
Especial de Reforma Interior)(7).
Se diría que quizás este enfoque metodológico ha permitido resolver el conflicto entre
el deseo de preservar y la necesidad de cambio que genera bastantes tensiones políticas.
En cualquier caso, la ya citada crítica situación del casco ha reclamado una decidida
intervención del sector público con la iniciativa municipal como condición sine qua
non para la estrategia global. Aquí hay que mencionar los especiales mecanismos de
gestión: el ARI (área de rehabilitación integrada), sobre todo, como instancia de
colaboración interinstitucional; PROCIVESA, como agente específico, y los departamentos
municipales distrito, áreas centrales, que han tejido un sistema de respuesta
a la situación previa bastante efectivo.
Hay que hablar de un plan de choque que ha actuado como revulsivo en un cuerpo
urbanístico y social muy depauperado. Hacer de él una evaluación precisa escapa al
alcance de este artículo, pero sí quisiera destacar algunos saltos del umbral respecto a
la situación previa que pueden ayudarnos a entender el estado de la cuestión.
Puede decirse que el plan de choque se ha desarrollado dentro del marco de una nueva
cultura de la rehabilitación de los grandes centros europeos(8), que sin ser un marco
rígido procura superar el concepto de monumento aislado y busca establecer referencias
activas en la recuperación de la ciudad histórica. No olvidemos que la relación del
hombre con el pasado ha evolucionado de manera sustancial. Así, a principios del siglo
XIX la ruina era considerada como una de las bellas artes, un acto de fatalidad y una rica
fuente de inspiración romántica. A partir mediados del siglo XIX, la ruina fue vista
como un signo de fracaso y este se combatió con grandes esfuerzos de restauraciones
sistemáticas y ambiciosas (9). A principios de nuestro siglo, la revisión de la ruina
bien conservada como un estado que da testimonio del pasado inaugura un mayor protagonismo
de la arqueología de los espacios históricos (10). Por último, en las últimas décadas
vuelven a prodigarse de nuevo las restauraciones y restauraciones como una voluntad de
recuperación activa de la ciudad histórica (11).
Volviendo a Ciutat Vella, se puede creer que la reforma formulada desde el siglo XIX ha
sido finalmente bien encaminada con una estrategia contemporánea y que el proceso de
rehabilitación está en buena marcha. Sin embargo, en estos procesos de actuación largos
es necesario reflexionar a medio camino para continuar con los objetivos generales.
Hay que entender que se han logrado importantes progresos en múltiples aspectos:
a) La inserción urbanística de Ciutat Vella con el resto de la ciudad
ha mejorado a partir de una clarificación de algunos elementos de la estructura urbana
perimetral. Acciones como la del Moll de la Fusta han superado el cinturón vial que
ahogaba la ciudad con el contacto con el mar. La continuidad de La Rambla con la Rambla de
Catalunya con su paso por la Plaça de Catalunya organiza mejor los flujos de peatones y
revaloriza ambos tejidos urbanos. El uso de las calles y los aparcamientos compartidos han
abierto nuevos equilibrios en el acceso general a Ciutat Vella, aunque hay que avanzar
todavía para que la residencia y las actividades más débiles se beneficien de ello.
b) La recuperación del espacio público con multitud de proyectos de escala y programas
muy diferenciados ha sido un elemento primordial. Plazas, jardines y calles han encontrado
fórmulas contemporáneas para hacer realidad el saneamiento de la ciudad y demostrar sus
valores monumentales. Es un frente en el que hay que continuar trabajando, porque es a
partir de estas acciones como se establece el mejor uso para cada espacio público. Esta
idea de despejar selectivamente había sido apuntada en el Plan Macià del GATCPAC en los
años treinta: sólo así la residencia actual puede desarrollarse en estos espacios
centrales.
c) Así pues, la estrategia de mantenimiento residencial que como programa de buenas
intenciones establecían los PERI ha encontrado un buen despliegue en proyectos muy
desiguales pero que han hecho real la imagen de que el centro puede ser un lugar
residencial. Y sus residentes han podido creer en un proceso real de mejora. El tema no
está cerrado y la combinación con la siempre difícil rehabilitación debe tomarse
todavía como referente ineludible.
d) Incorporación de nuevos usos dinamizadores en Ciutat Vella. Si el mantenimiento de las
instituciones ha sido muy positivo, el hecho de añadir un alto número de actividades
direccionales o cuaternarias ha reforzado su centralidad histórica tradicional: la
implantación de nuevos departamentos universitarios, museos, el mantenimiento del Liceu,
etc. son elementos clave por su sinergia mutua y por su capacidad revalorizadora. A la
vez, han introducido programas bastante compatibles con muchos contenedores vacíos
que así han encontrado medios de restauración patrimonial. También las funciones
económicas privadas están encontrando cierto desarrollo, aunque parece muy desigual
entre sectores.
Son aspectos que dentro de la estrategia global reclaman todavía una
continuidad. Pero quizás podemos decir que se ha encontrado una buena reforma sin tener
que sufrir los modelos de reforma del siglo XIX. Estas nuevas actuaciones han demostrado
cómo una actitud de modernización y uso activo de la ciudad histórica puede ser
compatible con las morfologías urbanas precedentes.
Quizás a partir de ahora el movimiento de recuperación y rehabilitación puede ser mucho
más compartido y los operadores privados pueden incorporarse a él más fácilmente. Hay
que entender aquí que las mayores dificultades de actuación en Ciutat Vella son
compensadas por el valor añadido de orden múltiple que encuentran en estos
espacios patrimoniales. Pero también hay que entender que la actuación privada y/o
pública hará de los instrumentos urbanísticos algo más complejo. Afortunadamente,
Barcelona ya dispone de cierta experiencia.
Por otro lado, la revitalización de Ciutat Vella alcanzada al menos en algún
sector permite pensar en recuperar unidades morfológicas más expresivas de la
historia de los diferentes barrios, de sus especificidades y encantos. Para llegar a esto,
había que encontrar esta reanimación en el cuerpo morfológico y en el cuerpo social que
se ha producido. Ahora Ciutat Vella quizás puede volver a expresar aquellos valores
patrimoniales que la densificación especulativa había echado a perder o anulado.
Así, Ciutat Vella puede alcanzar a medio plazo un nuevo rol como referente simbólico y
funcional dentro de nuestro sistema metropolitano. Y esto se producirá dentro de las
nuevas perspectivas cuando las ciudades parecen orientarse hacia sistemas de relaciones
más abiertas con el territorio, que no se basan necesariamente en la contigüidad
espacial, como lo hacía el modelo urbanístico tradicional, pero que permiten entender
nuevas formas de apreciación y de disfrute de la ciudad histórica(12). En esta
situación, los sistemas de planteamiento y de proyección del patrimonio pueden
establecerse dentro de bases de coherencia comunes.
En cualquier caso, se puede considerar que desde la experiencia de los últimos quince
años Ciutat Vella podrá convertirse en un centro vivo, punto de referencia de la
metrópoli catalana con un patrimonio reactivado, que en conjunto habrá progresado
sensiblemente respecto a su propia historia.
1) Véase A. Corbin. Le territorie du
vide: lOccident et le Désir du rivage: 1750-1840. París, 1988.
(2) Recordemos que la publicación del trabajo analítico de
Cerdà se debe al esfuerzo del profesor Fabià Estapé que consideró su reedición en
1968. Teoría General de la Urbanización. 3 volúmenes. Instituto de Estudios
Fiscales. Madrid. Después, otras publicaciones han ido ampliando la importancia
disciplinar de estos trabajos realizados para Barcelona en el marco de la urbanística
europea. Véase el trabajo Cerdà i el seu Eixample a Barcelona. LUB. Barcelona,
1991.
(3) En las conclusiones del tomo II de Teoría General de la
Urbanización (páginas 673 y 674) se lee: "El resultado económico que arroja el
anterior balance (...) es en verdad poco satisfactorio y nada tiene que extrañar que los
publicistas (...) hayan tratado de buscar una solución a esa cuestión
trascendental."
(4) Recordemos que Cerdà tituló su proyecto en el concurso Plan
de Reforma y Ensanche de Barcelona, mientras que el proyecto en principio
ganador de Roma i Trias estaba dedicado al Ensanche, entendiendo que Ciutat Vella
contaría con otros mecanismos para afrontar su mejora.
(5) Véase J. Cars y P. Pinon. Le Paris dHaussmann.
Picard. París, 1991.
(6) Pensemos en la brutal densificación de la Barceloneta fruto
de la asimilación de alturas del Eixample cuando ni las calles ni el parcelario tienen
capacidad urbanística para conseguir un buen barrio con aquellas alturas.
(7) El primer Cuaderno Central de la revista Barcelona.
Metròpolis Mediterrània (octubre 1985, dossier nº 0) quizás explica el alto
compromiso municipal en este proyecto urbanístico. Se recoge un total de once artículos
que detallan las intenciones y elementos clave de este proyecto.
(8) Jane Fawcett en The Future of the Past (Londres, 1976)
recoge la evolución de las actitudes en relación con el patrimonio que encontró
culminó en 1975 en el Año del Patrimonio Arquitectónico Europeo, en el que arrancó
esta nueva actitud.
(9) Las teorías de John Ruskin y William Morris se prodigan por
todas partes con los principios de "tratad el edificio tal como os ha llegado".
(10) Un ejemplo de esta actitud se señala en las teorías de
Georg Dehio y Aloïs Riegl, que establecen una ruptura con las prácticas de la
reconstrucción radical del siglo XIX y proponen "conservar y no restaurar" los
monumentos, según el principio de que "es mejor dejarlo morir en su belleza".
Esta posición radical quedará superada al tener que afrontar la reconstrucción de la
posguerra en la mayoría de las ciudades europeas.
(11) Véase V.V.A.A. Faut-il restaurer les ruines? París,
1991.
(12) John Delafons. Politics and Preservation. Oxford, 1997.
P.J.Larkham. Conservation and the City. Nueva York, 1996.
P.Morachiello. Salvaguarda senza feticismi, fondatezza del
conservare. Milán, 1996.
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