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El fracaso político de la
Reforma de la Barcelona antigua (1859-1979)
Barcelona se convirtió en Ciutat Vella en
1859, en la virtualidad del plano de ensanche de Ildefons Cerdà. En aquel plano,
sancionado por las leyes, lo que hasta entonces había llegado a ser la ciudad durante los
más de dos mil años de historia quedó convertido automáticamente en la ciudad antigua,
pese a que la futura nueva ciudad sólo existía en la virtualidad del propio plano. Así,
podemos considerar la fecha de aprobación del proyecto de reforma y ensanche de Cerdà,
el 7 de junio de 1859, como la fecha inicial del nacimiento de la Barcelona vieja y de su
fallida Reforma como casco antiguo de la ciudad.
Cerdà proyectó la Reforma de la ciudad antigua haciendo penetrar en el tejido antiguo
una serie de grandes viales que no eran sino la continuación de otras de la ciudad nueva.
Pese a que nunca se empezaron a ejecutar, las vías dibujadas por Cerdà han condicionado,
desde entonces, todos los proyectos de reforma de Ciutat Vella presentados a lo largo de
los ciento cuarenta años siguientes. Desde aquel momento, Barcelona invirtió todos sus
recursos y energías en la construcción de la nueva ciudad a costa del abandono en la
degradación de la ciudad vieja.
Pese a los planes presentados a lo largo de los años, la Reforma no se llegó a llevar a
cabo porque el municipio de Barcelona no disfrutó nunca durante la segunda mitad del
siglo XIX de la potencia política para recuperar la ciudad antigua como centro histórico
y representativo de la ciudad. La imposibilidad para hacer realidad la Reforma remite
directamente a la generalizada debilidad política de Barcelona durante el siglo pasado y
gran parte del nuestro.
Solo durante la coyuntura política y económica de principios de siglo, que hizo
coincidir la repatriación de las capitales de ultramar (mediante el Banco Hispano
Colonial) y la victoria electoral del catalanismo político y del republicanismo a partir
de las elecciones de 1901, facilitó el inicio de la Reforma proyectada hacía más de
cuarenta años.
A partir de ese momento, la Reforma de la ciudad vieja adquiere otra naturaleza. La ciudad
necesitaba dignificar el espacio público como espacio de representación, como ya había
hecho durante los periodos de fervor municipalista de la revolución liberal. Así, la
ciudad vieja consolida definitivamente su carácter de centro histórico de Barcelona y
pocos años después, a medida que la reforma urbanística avanza decididamente en los
espacios centrales del centro, se empieza a idear lo que posteriormente se denominará
Barri Gòtic.
Un testimonio de esta fuerza política que Barcelona no había experimentado durante las
décadas anteriores y que ahora reencontraba con la victoria de los partidos
anticaciquistas es el discurso de inauguración oficial de las obras de apertura de la Via
Laietana en marzo de 1908. El alcalde Albert Bastardas i Sampere hablaba de la Reforma
como una obra estrictamente municipal, al margen de los intereses del Gobierno y del
Estado; como una obra de saneamiento urbano, de reconstrucción de las zonas más
lóbregas, de lucha física contra las insanas condiciones que favorecían las
enfermedades endémicas. Una obra, en definitiva, de compromiso entre el Ayuntamiento y
los ciudadanos de Barcelona.
Cuando el Banco Hispano Colonial y el Ayuntamiento firman el contrato por el que el Banco
es el que se encarga operativamente de la expropiación de las obras, se utiliza como
proyecto urbanístico el plan de Baixeres, que es el que formalmente está aprobado. Pero
cuando se dispone de la gran mayoría de solares vacíos, a partir de 1913, tiene lugar
una importante reconsideración del trazado de la nueva vía. Es ahora cuando se encarga
el estudio del impacto de las obras sobre sus entornos a los arquitectos Lluís Domènech
i Montaner (entre la plaza Antonio López y la plaza del Àngel), Josep Puig i Cadafalch
(entre la plaza del Àngel y la calle Sant Pere Més Baix) y Ferran Romeu (entre la calle
Sant Pere Més Baix y la plaza Urquinaona).
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Entrada al
antiguo convento de Sant Agustí Vell, hoy reconvertido en Centro Cívico.
©Enrique Marco
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Destaca por su plasticidad, sin duda,
la operación de la plaza de Ramon Berenguer el Gran, con el descubrimiento de parte de la
muralla romana y la capilla de Santa Àgueda, que aprovechaba sus cimientos, así como el
resto de elementos del antiguo Palau Reial Major. Y probablemente tampoco es casualidad
que los dos correligionarios catalanistas de Puig i Cadafalch más dinámicos del momento,
Cambó y Verdaguer i Callís, se establecieran en la nueva vía, justo delante de la
plaza, en dos edificios gemelos, uno junto al otro, construidos por Adolf Florensa.
La imagen es lo suficientemente clara para ver lo que se proponían las fuerzas vivas
locales en el momento de poner en marcha con fuerza la Reforma de la ciudad vieja y su
monumentalización. Poco a poco el barrio de la Catedral empezó a idearse, ya a partir de
1911, en lo que después se convertirá en el Barri Gòtic: una recuperación de los
espacios simbólicos más nobles del antiguo cap i casal catalán, a costa, claro
está, de la marginación de otros no menos emblemáticos, como la calle Mercaders, que la
propia construcción de los líderes de la Lliga arrinconó de forma irreparable hasta hoy
en día.
De este modo, Barcelona inició selectivamente la recuperación de algunas partes de sus
barrios antiguos como espacios renovados de representación social y política de la
ciudad y, por extensión, de toda Cataluña. En contadas ocasiones la ciudad había tenido
la posibilidad de dotarse a sí misma de espacios de representación urbana. En el siglo
XVIII, con la acción de Capitals Generals, y entrado el XIX, durante la efervescencia
municipalista ligada a la revolución liberal a partir de 1820, que impulsó, entre otros,
el derribo de las murallas, el ensanche de la ciudad, la desamortización de los bienes
eclesiásticos y la apertura de nuevas calles, como el eje formado por Ferran, Jaume I y
Princesa, así como la renovación de otros espacios significativos como la plaza Sant
Jaume, con la nueva fachada de la Casa Consistorial encarada a la de la antigua
Generalitat.
Con la constitución del régimen conservador en España, a partir de 1844, Barcelona
pasará un largo periodo de debilidad política (excepto los fugaces periodos
revolucionarios decimonónicos, la efímera Solidaritat Municipal a principios de siglo y
la malograda Segunda República). Paralelamente a la debilidad política de Barcelona, su
centro antiguo sufrió un proceso de pérdida de centralidad y suburbialización que
condujo a que, en 1955, albergase a más de un cuarto de millón de personas, el mayor
número de habitantes que nunca había acogido en toda su milenaria historia. Un número,
huelga decirlo, muy superior del que el distrito podía permitir: un síntoma de una
crisis mucho más amplia (política, cultural y social), de la incapacidad de la ciudad y
de sus dirigentes de afrontar la problemática de la inmigración de hornadas de nuevos
trabajadores que se encontraban sin la posibilidad de acceder a viviendas dignas.
La dicotomía ciudad vieja/ciudad nueva: la insuficiencia del concepto de reforma
La idea de reformar la ciudad vieja como sustitución de morfologías urbanas que eran
consideradas obsoletas por nuevas vías que hacían penetrar en ella la ciudad nueva,
planeada racionalmente por ingenieros y urbanistas, es un objetivo que, desde
Cerdà, ha estado presente en el debate sobre la Reforma hasta principios de los años
ochenta, con la única excepción de las propuestas del GATCPAC a mediados de los años
treinta.
La ciudad vieja, o ciudad heredada, se contraponía a la ciudad nueva, o cuidad diseñada,
porque oponía valores radicalmente diferentes en el marco de la sociedad industrial y que
justificaban el tipo de intervención radical que contienen los proyectos de reforma. Los
urbanistas del siglo pasado, y de buena parte del nuestro, veían claro que los métodos
del urbanismo racionalista tenían que corregir las insuficiencias de la ciudad vieja,
resultado de una historia milenaria de intervenciones.
En esta comparación, la ciudad nueva era considerada racional y jerarquizada, funcional y
especializada, fluida y accesible. Es decir, contenía todas las características que la
sociedad reclamaba en aquel momento: la ciudad proyectada era el resultado de la acción
deliberada del hombre, no del tiempo. El diseño de la ciudad nueva permitía, en
definitiva, controlar el espacio al que aspiraban las grandes intervenciones de la cultura
industrialista y del pensamiento racionalista del siglo pasado.
Como contraposición lógica, la ciudad vieja era, en cambio, anárquica y caótica,
confusa, tortuosa e insana. A diferencia de la ciudad nueva, en la ciudad vieja el tiempo
dominaba el espacio. En un momento del desarrollo de nuestra sociedad en el que los cascos
antiguos de las grandes ciudades no eran considerados como centros históricos, sino como
barrios viejos que reunían todos los inconvenientes porque sus morfologías no permitían
adaptar rápidamente las aspiraciones industrialistas de la sociedad contemporánea, la
Barcelona vieja y su reforma (la adaptación a los valores de la ciudad nueva) pasó a ser
uno de los asuntos pendientes de la Barcelona industrial.
Para la sociedad industrial, tan preocupada por el control del entorno, la ciudad antigua
era, por tanto, un lastre heredado que había que corregir. Por regla general, todos los
proyectos de reforma urbanística presentados a partir de la aprobación del Plan Cerdà
comparten esta preocupación. Uno de los que tradicionalmente ha sido más desconocido es
el plan de alineaciones y mejoras del casco antiguo, del arquitecto municipal Miguel
Garriga i Roca, que contiene algunos elementos que hoy en día, retrospectivamente, se han
revalorizado mucho por el tipo de intervenciones propuestas.
A diferencia de los rasgos característicos del Plan Cerdà, de los proyectos presentados
al concurso de ensanche y por último del Plan Baixeres, Garriga i Roca diseñó la mejora
del casco viejo de la ciudad a través de intervenciones selectivas en el tejido de la
Barcelona antigua, sobre todo mediante un plan general de alineaciones que históricamente
habían sido una de las actuaciones que más buenos resultados habían dado en la
reordenación del espacio público barcelonés desde el siglo XVIII.
Garriga i Roca propuso la realineación sistemática de calles y plazas, la creación de
un gran bulevar alrededor de la ciudad vieja y la apertura de una serie de viales
interiores que vinculaban algunos de sus centros neurálgicos, como la Rambla con el paseo
de la Esplanada o el Pla de Palau con el Eixample pasando por delante de Santa Maria del
Mar y del antiguo convento de Jonqueres. El proyecto de Garriga es significativo porque,
al margen del espíritu de otras intervenciones de la época, contenía un reconocimiento
implícito de los valores de la ciudad antigua.
En cualquier caso, aún no se habían dado firmemente los pasos hacia la asunción del
carácter monumental del centro antiguo de la ciudad. Solo en un momento determinado, en
plena revolución liberal en los años treinta, el movimiento romántico, en su búsqueda
de verdades espirituales en el pasado de los pueblos y la exaltación de la unicidad, de
la superioridad del espíritu sobre la razón, introdujo la idea de monumento como
testimonio de una historia que había que conservar vivamente. Pero una idea de monumento
que, en cualquier caso, era considerada como la excepción. No ha sido hasta el primer
tercio de nuestro siglo que la idea de monumento ha adquirido, además, el carácter de
vestigio simbólico destinado a servir de altar laico a los nacionalismos modernos, modelo
al que se adapta claramente el caso barcelonés a partir de 1907.
La regeneración de Ciutat Vella como
superación de la Reforma
El Plan General Metropolitano de 1976 todavía preveía para el centro
histórico de Barcelona la tradicional apertura de los grandes viales, pese a que con
variaciones de detalle. La sombra de Cerdà y Baixeres continuaba estando muy presente, a
pesar de que los parámetros culturales de nuestra sociedad han cambiado radicalmente en
nuestros tiempos, y especialmente desde hace unos treinta de años.
Los Planes Especiales de Reforma Interior (PERI) de principios de los años ochenta,
nacidos ideológicamente de la resistencia de la población residente a la expulsión de
sus barrios, provocaron que se abandonase definitivamente esa idea de reforma del casco
antiguo de la ciudad mediante la penetración de los valores de la ciudad nueva en el
tejido de la ciudad vieja. Porque ahora ya sabemos que la dicotomía ciudad vieja/ciudad
nueva como contraposición entre los valores positivos (para la sociedad industrial) y los
valores negativos que contenía la ciudad heredada dentro de ésta ya no son válidos para
nuestra cultura.
Hace unos quince años se consiguió abandonar unas propuestas antiquísimas que alteraban
radicalmente el carácter, la vida cotidiana, la composición social y, especialmente, los
valores intrínsecos al centro histórico que antes habían sido sistemáticamente
ignorados en la mayoría de proyectos de la reforma interior de Barcelona.
Los PERI son operaciones que, comparativamente, son más deudoras de las propuestas
regeneradoras del GATCPAC que de los proyectos de la reforma tradicional. Como en el
espíritu de las propuestas de los años treinta, se trataba de actuar decididamente en el
interior de las zonas más oprimidas con el convencimiento de que había que recuperarlas
para la ciudad, para salvarlas de la suburbialización. Con los PERI, la intervención
regeneradora, o sea, las actuaciones potentes en los espacios más necesitados, pero
con respeto por los valores propios del centro histórico, se impone por encima de la
reforma entendida como penetración a través de los grandes viales rectilíneos de los
valores de la ciudad nueva en la ciudad vieja.
Barcelona fue consciente del valor estratégico de la recuperación de su centro
histórico, no solo como testimonio del pasado, sino también como pieza clave para la
recuperación urbana de toda la ciudad. Otros ejemplos de centros históricos en declive
nos hablan del valor estratégico de su recuperación. La pérdida de potencia urbana de
Marsella, paralela a la degradación de su casco antiguo, es un buen ejemplo de ello.
Naturalmente, la regeneración urbana de Ciutat Vella no se ha abordado solo en el ámbito
urbanístico, que por sí solo hubiera sido insuficiente. Las macrocifras de las
actuaciones llevadas a cabo desde 1988, momento en que se da el impulso definitivo al
proceso de regeneración integral, son un indicador muy ilustrativo de esta voluntad. En
total, la inversión pública directa en el distrito ha sido de 118.648 millones de
pesetas, de los cuales un 11% corresponde a inversiones en infraestructuras (12.709 M), un
3% a aparcamientos (3.775 M), un 23% a renovación del espacio público (27.196,5 M), un
19% a vivienda pública (22.681 M), un 11% a equipamientos de barrio (13.088 M), un 22% a
equipamientos de ciudad (25.962,5 M) y un 11% a universidades (13.236 M).
Destaca el papel de las inversiones en equipamientos de ámbito central, que da cuerpo a
la voluntad de conseguir que Ciutat Vella gane centralidad en el amplio marco del área
metropolitana barcelonesa, lo que se ha asegurado mediante una fuerte inyección de
actividad pública en su interior.
No menos importante ha sido la inversión en equipamientos de barrio (hoy cada barrio
histórico de Ciutat Vella ya dispone de centro cívico propio y de importantes
instalaciones deportivas, como los centros cívicos de Drassanes, Pati Llimona, Convent de
Sant Agustí y Barceloneta, y el polideportivo del Raval, el Frontó Colom, la pista
deportiva de la Circumval.lació, los Banys de Sant Sebastià y el parque de fútbol de la
Barceloneta) o la inversión en nueva vivienda pública (2.600 viviendas previstas al
final del proceso) para el realojamiento de los afectados por las actuaciones
urbanísticas. Porque la regeneración de Ciutat Vella se ha llevado a cabo y continúa
llevándose a cabo con la convicción de que su recuperación urbana no sería posible sin
el mantenimiento de la residencia.
Al mismo tiempo, se ha abordado el problema de la obsolescencia de buena parte de las
viviendas del distrito mediante un programa específico de ayudas a los particulares.
Cerca de 15.000 viviendas de un parque de 45.000 se han beneficiado de subvenciones
públicas concedidas a través de la Oficina de Rehabilitación de Ciutat Vella. En total,
más de 3.330 millones de pesetas de ayudas a la rehabilitación privada, que se suman a
los más de 14.000 millones de la inversión privada restante.
Los indicadores de recuperación y promoción económica del distrito son bastante claros
sobre el punto de no retorno de la revitalización de Ciutat Vella durante los últimos
años: por cada peseta pública invertida por las administraciones, hoy en día el sector
privado invierte una media de 1,6 pesetas.
Además, no hay que perder de vista las estrategias de actuación en otros ámbitos
igualmente estratégicos socialmente, relativos a salud pública, lucha contra la
drogodependencia, programas de asistencia social y de prevención y seguridad ciudadana,
que han permitido que a lo largo de estos años los indicadores sociales de Ciutat Vella
se hayan equiparado sustancialmente con los de la media del resto de la ciudad, pese a que
todavía muchos de ellos son desfavorables para el distrito.
Es necesario seguir trabajando en la misma línea. No olvidemos que estos procesos no son
inmediatos y sus resultados se producen, como mínimo, a medio plazo. La comparación de
los indicadores de hace veinte años con los de hace diez y con los actuales es, sin duda,
un buen ejemplo de ello.
Todo esto nos permite afirmar que la situación actual del distrito responde al
mantenimiento de una inversión pública constante a lo largo de estos últimos diez años
que ha garantizado que, con el tiempo, se implicaran otras entidades y administraciones
públicas, como la Unión Europea. A pesar de que de los 118.648 millones de pesetas, la
Administración local ha sido la que ha aportado más de la mitad, un 52% (61.204
millones, de los que 3.229 provienen de los programas europeos), ante los 33.240 aportados
por la Generalitat de Cataluña (28% del total) y los 24.204 del Gobierno central (20% del
total).
De la ciudad industrial a la ciudad del cambio: los valores de Ciutat
Vella
Hay que insistir en que la idea histórica de reforma del casco antiguo
de Barcelona respondía a unas necesidades particulares del tipo de sociedad industrial de
producción de bienes, en la que el control del entorno se ponía al servicio de la
optimización racional del crecimiento y en la que la palabra orden era la ordenación del
territorio.
Nuestra sociedad, la sociedad postindustrial, en cambio, ya no tiene como principal objetivo
la ordenación del entorno, sino su conservación al servicio del sostenimiento
racional del crecimiento. La palabra de orden de la sociedad actual ya no es la
ordenación, sino la sostenibilidad.
Es más, si la sociedad industrial necesitaba controlar el entorno para garantizar un
crecimiento óptimo, era porque estaba preocupada sobre todo por el espacio. La lectura de
la ciudad era fundamentalmente una lectura espacial.
El cambio más significativo de la sociedad postindustrial o de la información es la
aceleración del tiempo, la sociedad de la información global a tiempo real. El mundo se
ha acelerado de tal modo que la adaptación al cambio es lo que se ha convertido en el
centro de nuestra cultura y, por lo tanto, ya no lo es la adaptación al control del
espacio, como era característico de la sociedad industrial, sino al control del tiempo.
Paradójicamente, los cambios se producen tan rápidamente que el dilema viejo/nuevo se ha
superado. Y en consecuencia también el dilema innovación/tradición.
En este nuevo contexto de nuestra civilización, el casco antiguo de la ciudad ha pasado
por un proceso de reconsideración que supera cualquier tipo de aproximación que se haya
podido hacer desde los parámetros culturales de la sociedad industrial. Ahora ya podemos
asumir que la principal característica de la ciudad antigua es su densidad histórica: la
acumulación, el testimonio material de la experiencia milenaria de la ciudad, el vestigio
material de la experiencia de la ciudad a lo largo de los siglos, de las pruebas
acierto/error con las que ha hecho posible el desarrollo urbano.
Pero la ciudad antigua no es sólo un testigo mudo de la historia, sino que es un espacio
de conocimiento sobre el que hay que seguir aprendiendo continuamente.
Sin embargo, si el cambio y la sostenibilidad son las características de la ciudad del
futuro, podemos afirmar que los valores de la ciudad histórica son valores de futuro a
conservar y revalorar. Valores reencontrados para el conjunto de la ciudad en la ciudad
vieja son, por ejemplo, los de la proximidad de la comunidad política, el ahorro
energético que supone la inexistencia de distancias largas a realizar para poder
satisfacer las necesidades propias, la eliminación del transporte privado para los
desplazamientos urbanos, las facilidades para el uso de la bicicleta o el paseo a pie, la
riqueza que comporta la complejidad social e histórica y la complejidad de usos. Y todo
esto sin olvidar los elementos que el centro histórico facilita para la conformación de
una identidad local fuerte.
El proceso de regeneración-rehabilitación no ha acabado ni podrá acabar, ya que este es
un proceso podríamos decir casi interminable, puesto que esta es la naturaleza de la
ciudad viva. Ciudad viva que encuentra sus fuerzas en su densidad histórica y en las
oportunidades que le ofrece.
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