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Ciutat
Vella. ¿Problema o solución?
El bienestar y la calidad de vida cada vez están más conectados a la
vida cotidiana, ya que no sólo requieren protección social en abstracto. La calidad
deriva del hecho de que estas prestaciones se den en un entramado cercano y sentido como
propio de relaciones sociales. Ciertos barrios de grandes ciudades han conservado el calor
suficiente como para equilibrar las ventajas e inconvenientes que tiene la vida en las
ciudades. Los barrios de este tipo son receptáculos privilegiados de estructuras o redes
comunitarias que les dan singularidad y generan formas peculiares de resolver la vida en
común. Barcelona cuenta con la ventaja de haber sabido transformarse de una manera
extraordinaria en los últimos años sin perder del todo esta especificidad de sus
barrios.
Ciutat Vella es un modo de denominar al conjunto de barrios y comunidades vecinales que
conviven en el núcleo histórico de la ciudad y que han ido manteniendo, a pesar de los
cambios urbanísticos y demográficos de los últimos años, una forma característica de
hacer y convivir. Podríamos decir que existe un entorno sociocultural característico de
Ciutat Vella que convierte sus barrios en lugares espacialmente diferenciados. Lugares en
los que la gente se presta cosas, se visita o se encuentra con regularidad. Lugares en los
que se discuten los problemas del barrio y se ayudan unos a los otros con pequeños
favores. Lugares en los que trabajar y socializarse, y también en los que se va al oficio
religioso, se compra o se lleva a los hijos al colegio. En el distrito encontramos la
mayor diversidad étnica de la ciudad así como la mayor densidad de edificios
institucionales públicos y culturales, las calles más estrechas y la red de
comunicaciones más completa de la ciudad. Un espacio lleno de comunidades específicas:
vecinales, comerciales, religiosas, étnicas, educativas, de edad, musicales o
artísticas.
Este conjunto de características diferenciales, aquí muy parcial y simplemente
resumidas, hace de estos barrios una realidad diferente de la del resto de la ciudad.
Muchas veces se alude a Ciutat Vella como uno de los problemas de la ciudad, haciendo
referencia a su heterogeneidad y compleja composición. Más bien tendríamos que ver este
conjunto de barrios y comunidades de todo tipo como una preconfiguración de la ciudad que
puede ir afortunadamente conformándose si no triunfan las tesis de quienes sueñan en
realidades mucho más homogéneas y bunkerizadas. El problema de Barcelona es, de hecho,
su solución si Ciutat Vella es capaz de mantener y reforzar los vínculos internos que la
hacen habitable y solidaria, y si las instituciones representativas insisten en la tarea
de facilitar la generación y consolidación de puentes, nexos y relaciones entre estas
diferentes comunidades evitando que se cierren o que sean manipuladas.
Para plantear este tema de manera más articulada, propongo adentrarnos ahora en un
conjunto de conceptos que pueden dar a entender mejor nuestra peculiar mirada sobre la
realidad de Ciutat Vella.
Identidades
Uno de los principios inspiradores del impulso revolucionario de la
Ilustración postulaba la desaparición de todo tipo de cuerpos o entes intermedios entre
los poderes públicos, representantes de los intereses generales, y los ciudadanos o la
sociedad, entendida como agregación libre de individuos. Las estructuras corporativas o
gremiales, así como las vinculadas a las condiciones de nacimiento u origen, se
entendían como distorsionadoras de la relación entre ciudadanos y Estado, basada en un
mecanismo de representación directa y de defensa-salvaguarda de los derechos
individuales. Este ciudadano anónimo, viviera en la ciudad o viviera en el campo, hubiera
nacido rico o pobre, creyente, ateo o agnóstico, se sabía protegido por los derechos y
libertades que el contrato social le otorgaba, siempre que respetara las leyes entendidas
como la expresión de la voluntad general. Hasta entonces los individuos aislados no eran
anda. Existían en la medida en que formaban parte de una corporación, de un linaje, de
una comunidad. A partir de ese momento la sociedad de ciudadanos libres unificaba,
indiferenciaba y garantizaba respecto a la individualidad.
Este indudable progreso en las condiciones de vida y de dignidad de las personas ha
constituido una de las bases esenciales de la modernidad y de las sociedades liberales y
democráticas contemporáneas y ha significado la base para poder hablar del hombre, de
una persona, en sentido universal, al margen de razas, creencias, ideologías o recursos
económicos. Por otro lado, la propia consolidación de la economía de mercado ha venido
también muy determinada por la identificación individualizada del consumidor. El
progreso tecnológico, la globalización económica e informativa producida en los
últimos años, acentúa esta diferenciación individualizada en la oferta de todo tipo
disponible, hace más anónimas las relaciones al poder prescindir de pautas y de
intermediarios sociales considerados antes imprescindibles (los pequeños comercios; los
porteros, vigilantes o serenos; la compra diaria; los ámbitos pautados de acceso a
información...) y permite llegar a construir un ámbito estrictamente individual, pero al
mismo tiempo global, en el que no se precisa de nadie, pero donde todo está plenamente
disponible.
Sin embargo, es justamente en este momento de potencial realización del individuo
universal que al margen de orígenes, situaciones personales y tradiciones
culturales lo tiene todo al alcance y no tiene ningún límite (no asumido por él como
parte de colectividad) en sus derechos cuando más oímos hablar de identidades, de
choques de cultura o civilización, o cuando más se valoran los vínculos comunitarios o
locales.
En un muy difuso trabajo de Samuel P. Huntington de hace unos años (1), se afirma que la
fuente fundamental de conflictos en el nuevo mundo abierto por la superación de la
escisión Este-Oeste no será esencialmente ideológica o económica, sino cultural. La
política mundial, afirma, vendrá determinada por el choque entre civilizaciones. Según
este autor, la historia presenta cuatro grandes fases de conflictos globales: una primera
determinada por el conflicto entre príncipes y dinastías; una segunda, que empieza con
la revolución francesa en 1789, de conflicto entre pueblos; una tercera, abierta por la
revolución rusa de 1917, caracterizada por los conflictos ideológicos y que se extiende
a lo largo del siglo XX; y finalmente una cuarta, emergente, de conflicto entre
civilizaciones. Las tres primeras fases se desarrollaron básicamente dentro de los
parámetros de la cultura occidental, mientras que esta última podría enfrentar
Occidente con el resto.
Al margen de que el trabajo de Huntington presente claras connotaciones conservadoras en
otros aspectos de su análisis, lo cierto es que nos indica un cambio muy significativo en
la forma en que tradicionalmente se ha considerado la divisoria de civilizaciones y
culturas, muy centrada en claras distinciones territoriales. Hoy no parece tener sentido
(pese a que el conflicto de los Balcanes pueda expresar lo contrario) estatalizar o
territorializar las culturas. La globalización de las sociedades modernas está
transformando las fronteras culturales de externas a internas (2). Mientras las fronteras
históricas aún no se han cerrado del todo, se multiplican las microfronteras cotidianas
en un proceso de dimensiones y características poco semejantes a las de los precedentes
conocidos. No encontramos procesos de absorción o asimilación a gran escala, sino que se
forman espacios sociales multiculturales en los que conviven diferentes expresiones y
prácticas culturales, de forma más o menos aislada, que se acercan más a imágenes de salad
bowl que de melting pot (3).
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A
pesar de los cambios urbanísticos y demográficos de los últimos años, Ciutat Vella ha
mantenido una forma característica de hacer y convivir. En esta página, salida de una
guardería en la calle Sant Pere més Baix, y la calle Riera Baixa.
©Albert Fortuny
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En este contexto podríamos defender
una idea de sociedad que tienda a apaciguar las comunidades identitarias, que
busque en las raíces ilustradas los ideales universalistas que difuminen los conflictos
potenciales entre mayorías y minorías, entre pautas culturales dominantes y pautas
sometidas a la intimidad residual. Hombres y mujeres iguales, relacionados y gobernados
por leyes iguales para todos. Pero, como siempre, este hombre idéntico a los demás es
una simple abstracción. Lo cierto es que el refuerzo-redescubrimiento de las identidades
no es sólo reducible a minorías-culturales-presentes-en-sociedades-altamente-uniformizadas,
sino que se producen manifestaciones de identidad, de fuerza y relevancia muy desigual, en
ámbitos que podríamos considerar culturalmente homogéneos y que sólo pueden entenderse
desde perspectivas clave más locales o de afirmación de elementos de diferenciación muy
específicos.
Todo proceso de identidad parte de definir con mayor o menor precisión quiénes somos nosotros
y quiénes son ellos, Y lo cierto es que acostumbramos a tener muchos nosotros
y los ellos son cada vez son más. Este sentido de pertenencia tan básico como
natural, que hace que nos reconozcamos miembros de un grupo o una colectividad y que tiene
siempre como complemento a otros individuos que no forman parte de esta identidad asumida,
es hoy muy complejo como para ser ejercido sin contradicciones, sin la existencia de
espacios transfronterizos. Mis nosotros no acaban en una pertenencia única.
Excepto en situaciones dramáticas, todos nos encontramos inmersos en una encrucijada de
pertenencias múltiples. El ganador de los cien metros libres en los últimos Juegos
Olímpicos se paseaba con una bandera canadiense, mientras repetía que era jamaicano. En
los campeonatos de fútbol de 1998, la plural selección francesa triunfaba, y poco
después la gente en las calles celebraba la victoria de Francia, pero también la de
Argelia, Marruecos, Armenia u otros lugares de origen de jugadores y seguidores de la
selección. Aquí somos catalanes, pero no por eso queremos renunciar a sentirnos a veces
españoles, europeos, mediterráneos, del norte del sur pero también del sur del norte.
Y, además, este conjunto de pertenencias, de identidades, varía de intensidad y de
relieve con el tiempo, como las coyunturas y como las vicisitudes personales o colectivas.
Se ha acusado a los nacionalismos de todo tipo de perversiones y degeneraciones. Y no les
falta razón a los que así piensan. Pero también se han producido todo tipo de
exageraciones y deformaciones desde lógicas universalistas e indiferenciadoras. Algunas
naciones-Estado europeas jugaron a igualar territorio, etnia y Estado en el conflicto de
los Balcanes.
En cambio, los libaneses intentan mantener a toda costa una comunidad que se basa en la
yuxtaposición de muchas identidades (lingüísticas, religiosas, de origen) diferentes.
Todos caminamos hacia un futuro en el que o bien somos capaces de aceptar la diferencia y
este cruce de identidades y de multipertenencias o no habrá quien resista.
A todos, probablemente, nos gustaría defender nuestras anomalías (lo que nos
separa del ideal de persona universal) con la suficiente solidez y flexibilidad para no
tener que renunciar a ello en nombre de indiferenciaciones universalistas o
descalificaciones de irracionalismo. Uno puede sentirse catalán sin sentirse español y
no por eso afirmar que lo que se quiere es un Estado y una pertenencia únicamente
catalana. La identidad como ciudadano español no tendría que anular nuestro sentido de
pertenencia prioritario. Entre la posibilidad de reivindicar una ciudadanía con derecho a
mantener una multiplicidad de identidades individuales y las múltiples variantes del
principio goebbelsiano de "tú no eres nadie, tu pueblo lo es todo" no puede
haber dudas.
Por un lado, mis identidades dependen en gran parte de mis vivencias. Y ellas dependen no
sólo de mi memoria, sino de la memoria colectiva, de este conjunto de elementos que han
sido transmitidos por la familia, por la escuela, por los medios de comunicación... y que
por lo tanto dependen de un conjunto de hechos que han sido seleccionados (deformados) por
los formadores, por los transmisores. Un joven de veinte años en Cataluña no ha vivido
(afortunadamente) la situación que con tantas dificultades acostumbra a explicar Pujol
cuando viaja al extranjero. Al contrario, sólo ha vivido en una Cataluña autónoma
gobernada por alguien que afirma que su único norte ha sido y es Cataluña. No podemos,
ni con museos ad hoc, ni con campañas de renacionalización, pretender recrear
artificialmente vivencias y situaciones que hemos dejado atrás, aunque tengamos derecho a
recordar y también los demás tengan derecho a hacerlo. Como alguien dijo, puedo rechazar
Auschwitz sin tener que identificarme al cien por cien con la política del Estado de
Israel.
Todo esto hace pensar que estamos en tiempos difíciles para identidades simples. Debemos
ser capaces de trabajar sobre nuestras identidades básicas sin perder ni un gramo de
exigencia en la aceptación de las identidades de los demás. Y eso exige respeto. Respeto
sobre todo a las identidades de los más débiles, y en este paquete podemos identificar a
mucha gente y muchas situaciones, diferenciando posiciones relativas y momentos
coyunturales diversos. Y por eso tenemos que ser capaces de trabajar, de participar en la
reconstrucción de estas pertenencias, en un contexto de intersección. Como dice Rubert
de Ventós (4), las características de los catalanes como pueblo pueden ayudarnos:
respeto y admiración por la complejidad de lo que nos rodea; lealtad a todo lo que tiene
de circunstancial, de híbrido; y conciencia de la precariedad de lo que hemos logrado.
La ciudad como espacio privilegiado de
identidades múltiples
Vivir en sociedad, vivir hoy en una gran ciudad tiene muchas ventajas.
Ofrece muchas oportunidades, incrementa el bienestar, pero también crea muchas
inseguridades y genera malestares. Crecen las capacidades tecnológicas, aumentan las
posibilidades de ocio y de formación en la propia casa o lugar de trabajo. Pero estas
nuevas alternativas y oportunidades se presentan a menudo bajo formas muy mercantilizadas
e individualistas, la vida se ha monetarizado y tecnificado, y esto provoca muchas veces
que las relaciones se vuelvan más anónimas, las hace más impersonales. Han ido
desapareciendo conserjes, porteros, serenos, cobradores y tiendas pequeñas, y aumentan
las grandes superficies comerciales y el consumo de productos (congelados y demás) que
evitan la esclavitud diaria de la compra, pero que generan también más aislamiento,
menos contacto con los vecinos. El coche se erige en dueño y señor y genera más nervios
y tensiones. Todo esto tiene el aspecto positivo de evitar las dependencias, la dictadura
de las rutinas diarias. Todo lo que tiene la ciudad de ámbito creativo, de generación de
espacios de libertad, lo puede tener de mecanismo de aislamiento y de
insularidad-insolidaridad.
Las ciudades como Barcelona y los municipios de su entorno se han
transformado de manera espectacular en los últimos treinta años. Si el proceso de
urbanización caótica y la falta de los servicios más básicos marcaron la llegada de
los ayuntamientos democráticos, los ochenta estuvieron dedicados a recomponer las
ciudades y sus conexiones, mientras que los noventa han comportado un muy significativo
incremento de la movilidad territorial y una difuminación de los límites territoriales.
Las ciudades actuales presentan cierto agotamiento del modelo de respuesta a las
necesidades y demandas sociales que se había ido empleando, ciertas dificultades para
hacer frente a nuevos procesos de fragmentación social (étnicos, de edad, de género...)
que parecen conllevar fenómenos de exclusión, con pérdida de recursos personales para
salir adelante y con tendencias a la cronificación. Por otro lado, las ciudades crean
nuevos incentivos culturales, comerciales y de ocio para hacer más atractiva la vida en
las mismas. Entramos en una etapa de redefinición del modelo de ciudad que queremos y de
redefinición del papel que en esta cuidad deben asumir instituciones, entidades y otros
actores sociales en la resolución de los problemas colectivos, así como de los
mecanismos de participación y decisión.
Paralelamente, se desencadena un proceso de redefinición de los
referentes de identidad colectiva. Se debilitan identidades de tipo clásico, pero
aparecen otras nuevas, menos centradas en vínculos culturales clásicos y más basadas en
vivencias comunitarias compartidas. La cultura política del bienestar va
transformándose, adquiere una nueva dimensión. No se requiere sólo protección social.
Se requiere también un nuevo entramado de relaciones sociales participativas y
cohesionadoras en el ámbito más cercano. Y, en este contexto, la ciudad, las políticas
locales, asumen e irán asumiendo todavía más un protagonismo específico.
La ciudad mantiene la escala humana necesaria para vehicular
sentimientos de pertenencia, esenciales en la vida de las personas, que, aunque parezca
paradójico, aumentan a medida que la globalización y la mundialización van cobrando
fuerza. Este localismo, entendido como el refuerzo de los vínculos comunitarios,
genera un nuevo posicionamiento de la identidad personal y comunitaria en busca de
soluciones propias, haciendo más sencillas también las actuaciones y su adaptación a la
realidad.
Identidad y comunidad. El espacio local
Hace muchos años (5) Töennies explicó el paso de la Gemeinschaft
(comunidad) a la Gesellschaft (sociedad) como expresión de modernización del
orden social. Como ya hemos apuntado, la reacción liberal contra el antiguo orden
entendía como elemento distorsionador la existencia de entidades y la realidad de
agrupación social que se situasen de forma intermedia entre el conjunto social de
individuos y las instituciones representativas. La gente que vive y depende de una
comunidad sería aquella que no cuenta con los recursos necesarios (de vigencia efectiva
de sus derechos, o de carencia de recursos económicos, cognitivos o relacionales...) para
trascender y no depender de un vínculo territorial. Para esta gente, la comunidad podría
considerarse como una especie de cuenta corriente que uno puede utilizar si le
conviene. Según esta idea, la comunidad (local, la más cercana) se sufriría si
no se tiene ninguna otra opción posible. La comunidad aparecería, pues, como necesidad,
como signo de debilidad. Los fuertes serían capaces de pasar de la
comunidad.
En esta perspectiva, podríamos construir una idea de comunidad como valor añadido a
perseguir, como cualidad relacional. Una comunidad como espacio de elección, como
posibilidad de elección. La crisis de las instituciones más impersonales, más modernas,
puede explicar en parte la revalorización de una idea de comunidad entendida como
pertenencia, como relación, como valor en sí misma. La comunidad sería así una
expresión de la sociabilidad, una construcción social y, por tanto, fruto de una
opción, de una elección.
De este modo, crecería la conciencia de que para afrontar eficazmente ciertos problemas
sociales y mantener una fuerte capacidad de responder a las necesidades de todo tipo de la
gente quizás es necesario contribuir a forjar comunidad.
Evidentemente, no hablamos de comunidad como concepto contrapuesto a globalidad. La
autarquía o el localismo no son sólo poco deseables, son simplemente imposibles. Los
fenómenos están hoy demasiado interconectados y son demasiado interdependientes como
para imaginar respuestas exclusivamente locales. Por eso, en este sentido, tan
significativa es la frase "pensar globalmente, actuar localmente" como la
contraria "pensar localmente, actuar globalmente".
Las dificultades por las que pasan los sistemas democráticos desde el punto de vista de
su excesiva profesionalización y el alejamiento de la realidad de la gente han comportado
un renacimiento de la preocupación por el civismo, por una ciudadanía activa, capaz de
implicarse, participar y mantenerse vigilante frente a las fáciles salidas autoritarias y
de democracia delegativa. La comunidad local se nos presenta como un espacio privilegiado
para este tipo de adiestramiento. Aumentan significativamente las expresiones sociales de
solidaridad, se multiplican las organizaciones de voluntariado y las experiencias que
quieren encontrar espacios de ayuda mutua.
En el campo que nos interesa, el término comunidad se ha visto a menudo
relacionado con una valoración de más proximidad y emotividad que el término sociedad,
siempre más impersonal, más explicativo de conjunto de individuos aislados. La sociedad
representa un tipo de unidad conseguida por contrato, por un acuerdo que aparentemente
une, pero que de hecho asegura la interdependencia y separación entre los individuos que
la componen, mientras que en la comunidad encontraríamos un consenso interiorizado, vivo,
que iría más allá de la agregación. Pero debemos admitir que es un término que está
también cargado de significados que nos llevan a relaciones que parecen hoy sobrepasadas,
obsoletas. Por esta razón, algunos consideran que el término comunidad se
encuentra en una especie de encrucijada entre nostalgia y utopía. Nostalgia de un mundo
no contaminado, esperanza y utopía de una mundo más diverso, más humano.
Desde esta aproximación, el sentimiento de comunidad, de sentirse parte de, será
muy importante. Y este sentirse parte de dependerá de las conexiones personales
establecidas, de la capacidad de influencia que se tenga en los asuntos comunes, de la
integración y satisfacción de las necesidades que se pueda encontrar y de una cierta
conexión emotiva que se comparte. Pertenecer quiere decir formar parte de algo y se forma
parte de ello por nacimiento o por elección. Pertenecer significa sentirse con,
compartir, tener relaciones sociales, poder usar un nosotros.
Comunidad y diversidad. Ciutat Vella
Precisamente la gente ha valorado muchas veces la gran ciudad como un
espacio más anónimo, en el que vivir con tranquilidad conductas o hábitos que en un
pequeño pueblo podrían ser considerados desviados, peligrosos para la comunidad. Se ha
dicho, por tanto, que cuando en una colectividad aumenta el sentido de comunidad y la
cohesión, los comportamientos considerados desviados se identifican con más facilidad y
la mayor fuerza social acaba comportando un mayor control social. Así pues, la
aceptación de la diversidad resultaría difícil en sociedades en las que existe una gran
distancia entre las personas, en las que predomina la indiferencia. Cuando aumentara la
implicación con respecto a los demás, el interés por la comunidad, esta capacidad de
convivencia, de asumir las diferencias, se haría más difícil, y el anonimato, casi
imposible.
La interacción entre comunidades resultaría más fácil a partir de esta visión
inclusiva y no exclusiva de las pertenencias comunitarias. Las interacciones se basarían
en intereses, en la búsqueda de soluciones pragmáticas (más que ideológicas) a los
problemas de convivencia. Allí donde exista más tradición de colaboración, más
vínculos creados, más rutinas de interacción creadas, resultará más fácil
desarrollar procesos de colaboración positivos para el conjunto de comunidades, para el
conjunto (en el caso que nos ocupa) de la ciudad. Así, cuanta más confianza entre unos y
otros se genere, cuanta más reciprocidad exista en los intercambios sociales y cuanto
más consistentes sean las redes asociativas y el compromiso cívico, más fácilmente se
podrán generar prácticas que ofrezcan certeza, seguridad para establecer y desarrollar
mecanismos de prosperidad y de crecimiento social y económico. Y este resultado, en una
especie de círculo virtuoso, puede densificar y reforzar este tejido asociativo,
esos recursos que nutren una sociedad civil capaz de desarrollo y cohesión social. A esta
densidad de redes comunitarias algunos la llamamos capital social, entendiéndolo como ese
conjunto de organizaciones políticas, económicas y sociales, formales e informales,
asociaciones y grupos, que se sitúan a medio camino entre los individuos y los grupos
primarios, por un lado, y las instituciones representativas y de gobierno, por otro.
La capital social de Ciutat Vella es consistente. Existe un sentimiento de pertenencia y
de lealtad entre sus vecinos, y tememos ejemplos de cómo se han sabido utilizar estas
características socioculturales en palanca de acción colectiva. Se han creado redes de
relaciones y contactos espacial, étnica, religiosa o socialmente potentes. Lo que hay que
hacer es evitar que los vacíos estructurales existentes entre estas comunidades se puedan
convertir en barreras para la acción colectiva o puedan ser ocupados por emprendedores
que buscan aprovechar en su propio beneficio estas divisiones potencialmente conflictivas.
Las instituciones de gobierno deberían hacer lo posible para que esta labor emprendedora
de tejer redes comunitarias, de construir puentes, se realizara de manera colectiva,
asumiendo todos juntos las responsabilidades de los espacios y ámbitos de convivencia. Y
esto implica partir del reconocimiento del ciudadano y de sus potencialidades como agente
activo en la comunidad, con todo lo que eso representa de impulso y gestión de redes
sociales, y de cesión de espacios a la participación ciudadana. Y también implica
entender la labor de la Administración más como habilitadora que como dictaminadora,
más capaz de gobernar por la influencia que por las normas y la jerarquía, más
adaptable y flexible que rígida y procedimental.
1 Nos referimos al trabajo de Samuel P. Huntington, "The Clash of
Civilizations", publicado en 1993 en la revista Foreign Affairs, 72, nº 3, p.
22 y sigs.
2 Véase E. Lamo de Espinosa, "Fronteras culturales" en Lamo
de Espinosa (ed.), Culturas, estados, ciudadanos, Alianza Editorial. Madrid, 1995,
p. 13-80.
3 Bandeja de ensalada en la que encuentran todos los ingredientes
mezclados pero fácilmente separables y reconocibles, o vaso de mezcla en el que al final
resulta bastante difícil distinguir los ingredientes.
4 X. Rubert de Ventós. Los Nacionalismos, Editorial Planeta.
Barcelona, 1995.
5. Nos referimos al clásico texto de Töennies, Comunidad y
Sociedad, de 1887.
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