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El verano
del año pasado, cuando el barrio del Raval vivió el último estertor de su leyenda
el falso descubrimiento de la red de pederastia, diversos medios de
comunicación aprovecharon el crematístico acontecimiento para practicar una retórica
elemental, pero de una gran eficacia destructiva. Mientras iban informando del delirio,
proyectaban sus metáforas de apoyo en torno a un contraste notable: la oscura sordidez de
las prácticas pederásticas enfrentadas a la mole blanca, luminosa, abierta del Museu
dArt Contemporani de Barcelona (Macba).
La retórica daba de sí y era ajustada al derecho metafórico. Con una rapidez
sorprendente empezó a circular en el ambiente que algunos de los presuntos pederastas se
cobraban precisamente sus piezas delante de la gran plaza del arte contemporáneo.
Mientras los tiernos niños vagaban despreocupadamente a bordo de sus monopatines y
bicicletas, o estampaban la pelota como una tralla contra los muros, el ojo vigilante del
cazador en su noche acechaba. La conclusión era radicalmente decepcionante:
de nada servía la cultura contra el crimen.
Los artífices de la metáfora no eran conscientes en general de que el debate en el que
participaban era viejo, viejísimo. Y de que el propio y agonizante siglo XX había sido
uno de sus escenarios más acabados y terribles. A los artífices, por supuesto, sólo les
interesaba el aspecto estrictamente vecinal del asunto, asumiendo el riesgo de que la
metáfora no levantara otro revuelo que el gallináceo. La lección que según sus
boletines había que extraer era que la Barcelona de ilusión del maragallismo recibía la
patada de la realidad en su parte más dolorosa: el corazón cansado del Raval. La
cultura, ya fuera la tradicional, simbolizada por el museo, ya la más moderna y tal vez
inaprensible, simbolizada por la higiene urbanística, no había sido capaz de evitar que
el barrio se convirtiera en un siniestro plató pornográfico donde evolucionaba carne
inocente.
Un año después de aquello no queda más que la desgracia profunda e irreparable de un
puñado de ofendidos. No es el momento de hablar de ello, pese a que este barrio tenga
pendiente un desagravio. Las metáforas y sus artífices han dejado el campo en busca de
nuevos escenarios. Duran poco allí donde van: son gente alegre e inquieta. Yo camino un
año después por las calles del Raval y no puedo evitar el síndrome de Pangloss: este es
el mejor mundo entre los posibles. Y estoy a punto también de proferir un ¡viva!
bien alto y en crudo, ¡que viva la cultura y muera el crimen para siempre! Pero callo y
camino.
La nueva fonda
He accedido por la calle Gravina. Una posibilidad como cualquier otra.
Quizás un recuerdo de pequeño: la calle tenía un bajar gris siniestro, pero en la
esquina con la plaza Castella acababan de abrir un bar luminoso, en el que se levantaban
montañas desbordantes de ensaladillas, rusa, alemana, de toda la geografía europea.
Ahora, la calle se ha transformado y tiene el aspecto que reclama un almirante heroico de
España, con un hotel en el que parece posible tener un insomnio tranquilo. Pero la
novedad importante está en la esquina de Pelai; hace poco, poco relativamente, ha abierto
un establecimiento dedicado a la comida rápida. Posee una singularidad muy relevante: las
materias primas que se utilizan, según anuncio, son frescas y no contienen porquerías
más o menos amenizadoras. Por lo demás, es un establecimiento plenamente identificado
con los de su clase: se come por poco dinero, tiene horarios dilatados y un servicio que
no atosiga. Y como es natural, suele estar lleno de jóvenes.
Esta es una gran noticia para la cultura del Raval, una emanación
directa y sencilla, pero muy poderosa, de los grandes balumbos culturales de los
alrededores: de los nuevos estudios universitarios, de los centros de vanguardia y de los
nuevos museos. El crimen se combate, primero, por vía bucal. Formar unos paladares
intuitivos, higienizados, que respondan a los estímulos y no hayan sufrido la
devastación de las especies vulgares, de las salsas nitroglicerinadas es una tarea
educadora de primer orden. El daño que ha hecho a las inteligencias la lóbrega fonda de
estudiante, infestada de pestilencia a col hervida, es incalculable.
Atravesando la plaza de Castella, hay otra pequeña gran noticia: la
librería Nuevos Medios acaba de trasladarse al barrio, después de una primera y breve
experiencia en la calle Còrsega. La librería se sitúa en la calle Valldonzella entre la
parte trasera del diario La Vanguardia y la facultad de Ciencias de la
Comunicación de la Universidad Ramon Llull. No será necesario insistir en que se trata
de una librería especializada en el periodismo y los periodistas y que ha ido a parar
allí en busca de un ecosistema óptimo. En realidad, este es el objetivo supremo del
gobierno de una ciudad y el objetivo supremo de la iniciativa pública: facilitar la
proliferación ordenada y estratégica de ecosistemas.
Tres tótems
Es probable que los ecosistemas necesiten tótems. Y el ecosistema
cultural del Raval dispone de dos: el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (Cccb)
y el Macba. Existe una extraña complementariedad entre uno y otro. El primero ha llevado
a cabo hasta ahora una tarea muy importante a la hora de familiarizar a los ciudadanos con
la nueva identidad del barrio: su programación ha sido atractiva, rigurosa y coherente,
aunque en los último tiempos haya perdido cierta potencia. El espectáculo de su
arquitectura, sin embargo, no se ha proyectado al exterior. Su notable
contundencia arquitectónica ha optado por la introversión: una decisión de una gran
elegancia expositiva, pero de resultados más dudosos por lo que respecta a las
necesidades simbólicas del barrio en el que se erige. Paradójicamente, todo lo contrario
de lo que ha acabado sucediendo con el Museu dArt Contemporani. Para mi gusto, se
trata de un edificio mediocre, de lenguaje vacilante, que parece haberse impuesto por la
mera fuerza de las armas. Encima, está muy lejos de haber acogido hasta ahora una
programación convincente. No obstante, el poder de la pura presencia física del
edificio, volcado al exterior y originando una gran plaza que ha tenido que cambiar por
fuerza los hábitos de circulación y de relación de los vecinos, es suficiente para que
el efecto totémico funcione con la corrección necesaria. Podría decirse, y sin forzar
más que un poco las cosas, que el impacto del museo es por completo independiente de su
salud interna: el museo podría estar vacío e inactivo y seguiría siendo útil. Sólo
sería necesario que nadie se diera cuenta de esta circunstancia, que es lo que ha pasado,
en el fondo, durante la mayor parte del tiempo que lleva de vida. Hasta tal punto ha
pasado que a la sombra de la gran piedra blanca, y cuando todavía estaba en pleno proceso
de construcción, se ha producido en el barrio la aparición de uno de los fenómenos de
cambio de apariencia más espectaculares: el traslado o instalación de nueva planta de
una serie de galerías dedicadas al arte contemporáneo, en cualquiera de sus formas:
trabajos sobre vidrio (Espai Vidre), joyas (Magari), fotografía (Urania), pintura (Alter
Ego, Galeria dels Àngels, Ferran Cano, etc.).
He pensado hasta ahora en un par de tótems, pero en realidad hay tres. Lo compruebo ante
la gran pieza de piedra del edificio del Grup 62, tan bien iluminada por la luz de
noviembre, el mejor mes para el color de Barcelona. La instalación del grupo editorial en
el barrio ha sido una gran noticia. En primer lugar, porque revela una notable confianza
del sector privado, que aumenta la propia confianza de los ciudadanos en el ecosistema. El
ciudadano, ante las inyecciones exclusivas de dinero público, acostumbra a exhibir una
incredulidad muy compacta. Aunque los resultados sean irrevocables. Sólo cuando observa
que alguien se juega el dinero propio reacciona con cierta nunca excesiva
afabilidad solidaria. La elección arquitectónica del edificio resulta, desde este punto
de vista, muy útil: las franjas de vidrio que se alternan con la piedra permiten la
contemplación del trabajo de los oficinistas. La visión del trabajo ajeno siempre deja
una reposada alegría en el interior de aquel que mira, pero qué duda cabe de que la
circunstancia resulta muy especial y celebrada en un barrio en el que hace muchos años
que no se instala una empresa privada de volumen similar. Y el que sea, además, una
empresa dedicada a la fabricación de productos culturales no hace sino mejorar la
expectativa de las cosas. La instalación ha empezado a generar un agradable fenómeno
mimético, más o menos inducido con la apertura en las proximidades de una especie de
embajada cultural de las Islas Baleares en la que se ofrece, aún sin gran concreción ni
exhaustividad, pero con buenos pronósticos, una muestra de los productos intelectuales y
artísticos del presente balear.
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Instalación
Jardín de invierno" en el patio del CCCB
©Eva Guillamet
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Del mismo modo, la noticia del Grup
62 no habrá sido precisamente desmoralizadora para las otras librerías que operan a su
alrededor. En especial, para la Llibreria del Raval, en la calle Elisabets, que después
de haber abierto demasiado pronto, es decir, de haber confundido el timing y
haberse visto obligada, en consecuencia, a cerrar puertas, ha reaparecido igual de
profesional y voluminosa, pero con una estabilidad que parece cierta. Las otras dos
librerías vecinas del Grup 62, en la calle de los Àngels, se dedican a la venta de
viejo. Son magníficas. Los libros suelen estar limpios y ordenados y una de ellas ha
resuelto, además, el problema tradicional del cliente de este tipo de establecimientos.
En efecto: uno entraba en la tienda y en el extremo de una montaña derrumbada de libros
solía aparecer el rostro de hoja amarilla del librero o la librera. Uno lo esquivaba, si
podía, y se dedicaba a investigar por su cuenta. Si buscaba algo en concreto, la
búsqueda era desmoralizadora. Porque al lado de un opúsculo con las recetas cardinales
del señor Ignasi Domènech podía aparecer la primera edición de Metropolitano,
la poesía subterránea del señor Carlos Barral, tan escasamente comestible. Así, ante
el criterio inextricable, uno preguntaba por:
-La obra completa de Gaziel... en castellano.
- No.
- ¿La inspiración y el estilo, de Benet?
- De Benet tenemos algo sobre la represión.
- ¿Y Medio siglo de vida barcelonesa, de Mario Verdaguer?
- Hace días vendí uno que tenía.
El dueño había producido todas las
respuestas abriendo apenas un ojo, como para afinar la puntería, sin mover ni un
centímetro brazo, pierna, miembro cualquiera. En el entorno, la fracasada montaña
introducía un elemento de duda inaplazable sobre la capacidad científica del dueño para
saber de todo sin buscar nada, y uno siempre acababa marchándose de mala manera. Pero
ahora no hay perdida. La amable y joven señorita, ante las preguntas, siempre las mismas,
teclea el ordenador, observa la pantalla durante unos segundos, se vuelve en un escorzo
delicioso, que favorece mucho su clavícula, y dice:
- No.
Pero es otra cosa.
El bar, la civilización
En la misma calle de los Àngels, especialmente privilegiada por este
fin de siglo, el flâneur atento puede proferir una exclamación importantísima.
La misma que Jaime Gil de Biedma encontró escrita a principios de los años sesenta en el
álbum de autógrafos del Whisky Club: "¡Por fin, un bar!". Yo la pronuncio
ante la puerta del ambiguo Silenus y digo con Jaime Gil, también, una vez y mil:
"¿Quién entre nosotros no ha pensado, con melancolía, en todos aquellos a quienes
dejó de conocer, porque aún no existía el lugar para conocerse?" Desde hace un
año, el Silenus es la prueba final de que el crimen retrocede en el Raval. Su puerta
despintada casi un trompe loeil indica con suavidad posmoderna
que todo el mundo sabe aquí de qué va la cosa: saben de qué va lo viejo y de qué va lo
sucio. Pero en su interior es de una amabilidad estilística como hacía mucho tiempo que
no se veía en Barcelona, de una amabilidad sostenida, profunda, francesa, que no tiene
nada que ver con la de aquellas personas de las que se dice "qué amables".
Cuando el resurgir cristaliza en el bar, la partida está muy a punto de ganarse. Desde el
Raval Bar de Doctor Dou, pionero, pero aislado, hasta la apertura del Silenus y la
todavía más cercana en el tiempo de El café que pone, Muebles Navarro, en Riera Alta,
se extiende el último esfuerzo del Raval por romper la cuarta muralla. Un digest
mínimo de historia. La construcción y desarrollo de Barcelona presenta tres murallas de
piedra: la primera rodeó el Barri Gòtic; la segunda siguió la línea de La Rambla; la
tercera, que fue construida entre 1336 y 1387, tuvo la misión de proteger los núcleos de
población dispersos que habían crecido extramuros: su trazado perfila el actual Raval,
barrio que fue urbanizado a principios del siglo XIX. Sin embargo, la cuarta muralla
este cerco de prejuicios, leyenda y agria realidad que ha separado al barrio
del resto de Barcelona ha sido la más difícil de derribar. Si la mentira temible que se
explicó a principios del verano de 1997 se hubiese demostrado cierta, si el Raval hubiera
acogido efectivamente un plató internacional de la pederastia, la cuarta muralla
formada de palabras habría vuelto a fortificarse de una forma muy poderosa.
Por fortuna, o tal vez por la imparable lógica racional que, cansada de pensamiento
mágico, adopta a menudo la felicidad, no fue así y la afluencia de barceloneses al Raval
no se ha interrumpido ni de día ni de noche. Y quizás haya llegado la hora de que lo
escriba: desde el punto de vista de la cultura, entendida la cultura como un toma y daca,
es decir, como un proceso en el que los papeles de creador y de receptor no están
todavía nítidamente diferenciados este momento endiabladamente confuso y atractivo
en el que la cultura ni tan sólo se reconoce como tal, sólo hay gente, gente joven, que
va probándose, ya sea con la pintura, las palabras, la música o el lenguaje
digital, digo que ha llegado la hora de que escriba esto: desde el punto de vista de
la cultura, lo más interesante, decisivo, y seguramente perdurable, que está pasando en
Barcelona está pasando aquí.
Las pruebas no están todavía en los catálogos, en las librerías, en los auditorios, en
la televisión ni en las redes informáticas. Las pruebas están en el ambiente. Esto
puede parecer elusivo, difuso, vago, pero es en el ambiente donde de momento tienen que
estar, y harían bien en creerme. Es difícil que en un país en el que determinadas
formas de cultura han sido tan terroríficamente subvencionadas, de tal manera que el
genio ha pasado directamente del útero al Teatre Nacional o a las paredes del Macba, se
pueda comprender con todo su matiz esta perentoria obligación que la joven genialidad
tiene de mezclarse con el oxígeno de la vida, a ver cómo resulta. Pero la intemperie
radical, íntima, nada que tenga que ver con la estampa romántica de la bohème
es una de las condiciones necesarias del genio. Lo que la cultura catalana necesita es
intemperie. Y aquí la hay.
Aún no hay pruebas documentales, pero esta mezcla del genio con las limitaciones de la
vida tan parecida a la que afronta el pensamiento al materializarse en la
palabra deja rastros y sólo se trata de seguirlos con humildad y una atención
noble. Llega un momento en el que mi paseo de constatación matinal coincide con el
itinerario propuesto por la iniciativa Artdnit al Raval. Cada jueves de octubre y
de noviembre la primera convocatoria tuvo lugar en mayo, las galerías,
librerías y tiendas del barrio han ampliado sus horarios hasta las diez de la noche, y el
Macba y el Cccb han hecho lo propio. Los bares y restaurantes han incluido en su oferta
todo tipo de amenidades culturales: exposiciones, debates, tertulias, música. He estado
por aquí, divagando, alguna noche de estas. Visitar por la mañana los escenarios de la
noche es parecido a entrar en las casas por la puerta de servicio: tiene un doble gusto.
En todo caso, pone a prueba los recuerdos. Y es como si la vitalidad matinal de la que
hacen gala los establecimientos levantando persianas metálicas, limpiando
cristales, sacando el polvo a los marcos, moliendo café con gran estrépito probara
la efervescencia espiritual, ese magnífico intercambio de ideas, proyectos y expectativas
de la noche.
Cultura es periférica
Se hace difícil hacer pronósticos. Lo máximo que en realidad puede
hacerse es relatar algunos hechos objetivos. La instalación en el barrio de personal
vinculado con alguna forma de expresión artística ha aumentado considerablemente en los
últimos años. Buena parte de este personal es extranjero. Y por primera vez después de
la gran emigración latinoamericana a Barcelona un alud enriquecedor ante el que los
barceloneses practicaron la menos sugerente de sus formas, tan exiguas, de expresar la
gratitud vuelve a haber indicios en Barcelona de una cierta inmigración intelectual
y artística. Sólo que ahora proviene del Magreb, de Centroamérica e incluso de los
países del Este. Se trata de una emigración joven, pobre en recursos económicos
nada que ver con los cíclicos periplos europeos de los hijos de las burguesías
santiaguina, limeña o bonaerense, que tantea la posibilidad de instalarse en la
ciudad de manera provisional o definitiva, definitiva en la medida en que las decisiones
de este orden puedan ser definitivas en este fin de siglo. El flujo migratorio incorpora
también el personal correspondiente a los intercambios universitarios, aunque reducido
básicamente al Occidente desarrollado. Que esta emigración joven, limitada
económicamente, pero tampoco miserable, escoge con preferencia las zonas más aireadas
del Raval o Ciutat Vella no creo que sea una noticia que requiera muchas explicaciones:
los corazones de las ciudades, cuando no han caído en manos del crimen, son irresistibles
para los viajeros. Y sólo a fin de favorecer en las mejores condiciones posibles la
vibrante y renovadora capacidad de mezclarse, las viejas y orgullosas ciudades europeas
deberían imprimir en sus corazones el ritmo y el confort del presente.
Para Barcelona e incluso para Cataluña esta situación presenta todos los
visos de un reto histórico. La ciudad como, por otro lado, todas las ciudades de
referencia europeas ha acariciado repetidamente la posibilidad de convertirse en un
polo de irradiación cultural. Al menos desde la recuperación democrática, los diversos
programas políticos de los responsables del gobierno ciudadano han dejado entrever la
necesidad de aspirar a esta distinción. Puede discutirse, contemporáneamente, la propia
posibilidad y la propia necesidad de que un barrio cualquiera del planeta
civilizado pueda acceder hoy a las categorías más o menos míticas o incluso a sus
simulacros más humildes del Saint Germain de Hemingway, del Bloomsbury de Strachey
o del Manhattan del big bang artístico de los ochenta. Entre otras cosas, porque
esto requiere la coincidencia en el tiempo y en el espacio de un número apreciable de
gigantes y de una masa apreciable de buenos comentaristas: ni unos ni otros son fáciles
de obtener. También es posible que esta noción clásica de polo cultural resulte
obsoleta en un presente marcado por la fragmentación y por la agrupación en las redes
telemáticas de intereses que no comparten un espacio común. Pero aunque, a mi entender,
la ciudad es la garantía más sólida de la perdurabilidad de una relación que se
establece en todas las dimensiones del hombre, esta no es para mí ahora la cuestión
capital. La cuestión es que Barcelona, el proyecto cultural de Barcelona, no ha resultado
demasiado exitoso en lo referente a la emergencia de unas culturas periféricas sólidas.
Sólo, y con mucho trabajo y con mucha indiferencia por parte del establishment
cultural, se ha conseguido consolidar en los últimos años una generación de artistas
flamencos que se cuentan entre lo mejor que ha dado nunca el género, no sólo en
Cataluña sino también en España entera. Pero el off Barcelona ha producido muy
pocos resultados reseñables, sobre todo si se tiene en cuenta que entre los años sesenta
y setenta el crecimiento urbanístico y vegetativo de Barcelona y su área metropolitana
tiene pocos elementos posibles de comparación en Europa. Es evidente que las hipótesis
para explicar este vacío indiscutible de la cultura del país pueden ser muchas y
explicables cada una desde muchos puntos de vista. Pero parece relevante señalar que la
falta, no ya de este privilegiado ecosistema que hoy apunta en el Raval, sino de las
condiciones más elementales de desarrollo de la sociabilidad colectiva en tantas y tantas
periferias metropolitanas, algo habrá tenido que ver con la consolidación del vacío.
Así, el proyecto cultural del Raval no es sólo para Barcelona una operación
urbanística, de higienización necesaria, democrática, ineludible. Esto es
importantísimo, quizás lo más importante. Pero detrás está también en juego la
posibilidad de que la cultura patria se vigorice y abra una fisura perturbadora en la
tradición.
La mañana, el paseo meditable, acaba en el número 20 de Riera Baixa. Lailo es una tienda
que vende ropa de segunda mano, antigua hasta los setenta, como matiza. Una de estas
tiendas que veinticinco años atrás se hubieran instalado en la calle Tuset o en un
pasaje de Sant Gervasi. El despliegue ha llegado pues hasta Riera Baixa, antes humilde y
siniestro callejón, convertida hoy en una estupenda cuña peatonal. Está justo en la
frontera: a cien metros, cruzada Hospital el mundo acaba; "Más allá del valle no
hay ningún camino", advertía Marlon Brando en El rostro impenetrable.
Robadors impertérrita y su desembocadura en la que llaman Plaza Negra, cerca
de Sant Pau, sitúan al paseante ante la evidencia del viejo mundo de la prostitución
grotesca y venenosa. Alrededor de la plaza, expectantes, se encuentran los yonquis
y todo el tráfico habitual. Es posible que sea mero efecto del paseo, que ha sido largo,
y de las cavilaciones, que han sido probablemente inútiles. Pero los miro, a unos y a
otros, y me da la sensación de que son maniquíes depositados para el reclamo de una
exposición grandiosa, irónica y final.
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