La vivienda popular no tiene ninguna
comodidad y esto se nota, sobre todo, en temperaturas extremas, especialmente el frío. No
existe ninguno de los artilugios que hoy en día, en el peor de los casos, hacen
soportable la vida en casa, ni la modesta estufa eléctrica o de butano o el sencillo
ventilador. El brasero es uno de los utensilios más apreciados de la casa y a su
alrededor se reúne la familia durante el invierno. El calentador de cama, con brasas de
carbón dentro, intenta apaciguar el rigor del frío en las húmedas habitaciones. El
comedor y la cocina son los dos grandes centros de reunión familiar.
Una casa es muy autosuficiente. En ella, las mujeres de las
clases populares se arreglan el pelo y el de sus hijos, y también cosen la mayoría de
ropa de la familia. Una de las tares más pesadas es lavar la ropa. La lejía para la
colada hay que elaborarla en casa o ir a los lavaderos públicos, que, en algunos barrios,
perduran hasta los años cincuenta. Los tintoreros ambulantes acuden a las casas. También
una vez por semana, el sábado, se limpia la casa: se hace sábado. Y se sacuden
los colchones: los más afortunados los tienen de lana, pero los de borra o los simples
jergones son los más usuales.
Otra tarea muy pesada es cocinar. La dieta es poca variada y
algunos de los alimentos más corrientes hoy en día (por ejemplo, el pollo) son un lujo.
Se acostumbra a comprar en el mercado (el del Ninot es el más barato de Barcelona) o a
los vendedores ambulantes, pero no hay neveras y los alimentos deben consumirse enseguida.
Los más delicados se depositan en una fresquera, en las galerías. Hay que cocer
en fogones o en cocinas de carbón. Por este motivo, los carboneros son una auténtica
institución.
LA DIFíCIL AVENTURA DE LA HIGIENE PERSONAL
Si algo ha cambiado radicalmente a lo largo de todo un siglo ha
sido la higiene personal. Entre 1900 y 1910, la bañera se introduce definitivamente en
las casas ricas de nueva construcción o nuevo menaje (el bidé, considerado un exotismo
con connotaciones eróticas, tardará mucho más), pero trabajadores, menestrales y clases
medias deben hacer lo imposible para ir medianamente limpios. Hay que decir que, en la
época que estamos examinando, muchas casas no tienen agua, y es preciso irla a buscar
cada día a la fuente. Sin duda, constituye una de las tareas más pesadas de la casa que,
como la mayoría de labores más duras, le suele corresponder a la mujer.
La gente se lava, normalmente, en la pila de la cocina, el mismo
sitio donde los hombres, con la ayuda de un espejo, se afeitan. Un barreño sirve para la
higiene de los pies, pero una vez por semana, y en ocasiones más de a menudo, hay que
echar mano de los cubos para lavarse algo más que la nuca y las orejas. A fin de poder
llevar a cabo esta operación, durante el invierno hay que calentar el agua.
Con el paso de los años, estas incomodidades se van suavizando y
de esta manera aparece una especie de ducha, que se asemeja a una regadera de grandes
dimensiones, que hay que colgar bien alta y tiene capacidad para un par de duchas: el
primer tirón de la cadena sirve para mojarse y darse jabón y el segundo para enjuagarse.
Es fácil de imaginar en qué estado quedaban las cocinas, las galerías o las
habitaciones después de realizada dicha operación. No hay duda de que hasta finales de
los años sesenta existieron, en Barcelona, baños públicos municipales en donde, por una
módica cantidad, se tenía derecho a una ducha con agua caliente, jabón y una toalla
limpia. Fue una gran solución para los habitantes de muchas casas que no disponían de
las mínimas posibilidades de llevar a cabo su higiene personal en condiciones, tal como
han demostrado, en la práctica, las intervenciones que se han debido hacer en Ciutat
Vella.
Las obligadas necesidades diarias no eran más fáciles de
realizar: los excusados, comunas o "felips" (una manera poco
respetuosa de mantener vivo en el recuerdo popular la figura del rey Felipe V) se
hallaban, a menudo, en los patios o galerías, y muchas veces debían compartirse con los
demás vecinos. El papel higiénico no existía y, después de cada uso, era preciso tirar
agua. La preocupación de los médicos higienistas, que empezaban a predicar las virtudes
del deporte y de los baños de mar, chocaban con la dura realidad cotidiana.
MOVERSE POR LA CIUDAD
No se puede decir que los barceloneses del primer decenio del siglo se
moviesen demasiado. Hay que recordar que no existían vacaciones (excepto las familias de
un elevado estatus social) y que el trabajo y el lugar de residencia estaban íntimamente
unidos. Ambas cosas reducían notablemente las necesidades de desplazamiento. Por ejemplo,
los tenderos o comerciantes solían vivir en el piso principal, encima mismo de su local
de negocio, donde viven ,en el sentido más estricto de la palabra, los aprendices. Los
trabajadores industriales residen, en su gran mayoría, en los mismos barrios donde están
las fábricas y los talleres (Sant Martí, Poblenou, Sants, Sant Andreu, Gràcia, etc.).
Unas pocas líneas de tranvías de tracción animal cubren las
necesidades de los desplazamientos por el interior de la ciudad, conectando el centro con
los puntos más alejados (Gràcia, Sants, Sant Martí, Horta, Sarrià, etc.); a partir de
1899, se inicia su electrificación. En 1906, circulan, por un paseo de Gracia sin
asfaltar y sin adoquines, los primeros autobuses de gasolina, bautizados con el pomposo
nombre de ómnibus-automóviles, pero aún deberán pasar cuatro años hasta la
entrada en servicio de los llamados automóviles de alquiler con parada fija, una
complicada manera que tenían los periódicos de la época para referirse, sencillamente,
a los taxis. Entre 1900 y 1910, circulan por Barcelona muy pocos vehículos a motor, que
conviven con los métodos tradicionales de transporte. Las diligencias hacen el servicio
entre Barcelona y las poblaciones donde no llega el tren, y los coches de caballos aún
esperan al lado de los nuevos y lujosos taxis a los viajeros que llegan a la ciudad en
ferrocarril o por mar. Las mercancías son transportadas por carreteros, pero los
pequeños bultos los trasladan mozos que se alquilan con su carretilla. Un personaje muy
popular y muy necesario en la vida de los barceloneses del nuevo siglo es el recadero, que
mantiene muchos vínculos entre Barcelona y los pueblos de los alrededores y de toda
Cataluña.
Se puede decir que la gente anda mucho. Efectivamente, muchos
desplazamientos se realizan a pie, tanto por el coste del transporte como por la
aprensión de muchos barceloneses por los nuevos sistemas (tranvías eléctricos,
autobuses a motor). Las excursiones a las cercanías de Barcelona (el Montjuïc todavía
sin urbanizar, la Collserola lejana o salvaje o la idílica Mina al lado del río Besós)
se realizan naturalmente a pie. Pero la revolución del transporte a duras penas se ha
iniciado. Y no ha de cesar: en 1910, partiendo del hipódromo, sobrevuela Barcelona el
primer avión que se contempla en la Península, pilotado por el francés Jules Mamet. Los
barceloneses creen que ya lo han visto todo.