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Joan Múrria,
propietario de Queviures Múrria
(Eixample)
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La familia Múrria ha sido testimonio
de la transformación del barrio. Desde el mostrador de su colmado
modernista, Joan Múrria ha vivido la terciarización
y el envejecimiento de una Dreta del Eixample que lucha, contra reloj,
por adaptarse a los nuevos tiempos.
Si hace treinta años vendía
detergentes o cirios a una clientela eminentemente del barrio, el
público de hoy es de lo más diverso. Han calculado que
solo un tercio de los compradores viven en el barrio: un 20% son de
fuera de Barcelona y un 10% extranjeros.
Una parte de la clientela se conforma
con contemplar una joya de escaparates de madera y vidrio, llenos
de letreros que todavía anuncian Licor Chartreuse, Malvasía
Moscatel Robert, Manuel Raventós o Vinos de Alella. Los más
gourmands -la mayoría- se decantan por la variada gama de productos
que se expone en el interior y que incluye diferentes marcas de champán,
cervezas de toda Europa, 211 tipos de quesos
El hecho de pasar de los cirios y los
garbanzos a manjares más exquisitos y caros fue algo más
que una intuición. Corrían los años setenta,
Joan Múrria vio claro que los colmados tenían que transformarse
como ya hacían los de París o Londres, y él,
como un reto, se lanzó a modernizar un comercio que ahora,
a las puertas del año 2000, es centenario.
Queviures Múrria aparece como
un reclamo turístico en todas las guías de la ciudad
e incluso dispone de web propia.
Los tiempos en los que en la esquina
Llúria - Mallorca había dos colmados, una lechería
una mercería, un afilador, una zapatería y una relojería
quedan atrás. "¡Buf, ya lo creo que ha cambiado
el barrio! Hemos vivido la apertura masiva de bares, en los años
setenta; la diáspora de los vecinos que se iban a la parte
alta; el descubrimiento del patrimonio que se escondía tras
una capa de suciedad, a partir de 1985; el incremento de la disciplina
viaria
¿Sabe? Eso de las motos por la acera es un problema
de cultura y de autoridad. Existe una normativa, pero no se hace cumplir.
La Guardia Urbana es gente mayor y mal pagada, y tampoco perciben
que su actuación sirva de mucho. Antes, si regabas fuera del
tiempo establecido, te ponían una multa. En la ciudad de hoy
somos muchos, y 5.000 atolondrados distorsionan el civismo del resto.
Pero si se aplica mano dura, viene la típica asociación
de vecinos y dice que eso es una dictadura. Y manda, y tú a
tragar. Los concejales deberían patearse su barrio cada día.
También es verdad que los que causan problemas de tráfico
son los mismos que tuvieron que marcharse a vivir a otros lugares.
Me preocupa la contaminación, que en la tienda sufrimos en
carne propia. No puedes pasar un día sin limpiar los vidrios.
Estamos en un buen momento, pese a todo. Se ven edificios limpios,
aunque están en manos de las grandes promotoras y de financieras
de fuera. Como el centro de todas las grandes ciudades, el Eixample
pierde carácter. Porque, vamos a ver: ¿quién
se puede comprar un piso nuevo aquí ahora? No nos engañemos:
cuatro".
La válvula de escape de Joan Múrria es la naturaleza
y los viajes. Cuando habla, una parte de él parece que se encuentra
a muchos kilómetros de distancia, recordando otros escenarios
y otras formas de vida, no siempre más confortables que la
suya.
¿Qué piensa, cuando vuelve de África, habiendo
visto la miseria de cerca, y tiene que volver a ponerse detrás
del mostrador a vender queso a 2.000 pesetas los 500 gramos?
"Pues pienso que hago lo que me gusta, pese a que no dejo
de recordar a aquella gente. Soy consciente de que no resolvería
los problemas del mundo si cediera mi tienda de buenas a primeras.
Yo hago mi pequeña contribución. Tengo un acuerdo con
un banco de alimentos que suministra productos a barceloneses que
los necesitan. No hay que ir muy lejos para encontrar miseria".