Suena
algo celestial que parece Vivaldi en alta precisión. Es una radio
rompedora, último modelo, una especie de aparato minúsculo, de coleccionista.
Creí primero que era una cámara que nos filmaba, pero un gentleman
nunca lo haría. De modo que sigo. Aquí, en este salón con alfombra
persa, dice relajarse Pere Portabella i Ràfols, sobre todo por las
tardes, plácidamente tumbado en uno de los sofás de color crudo,
respaldado por dos cuadros tan gigantes como turbadores que le regalaron
sus amigos Millares y Tàpies. Las puertas del generoso piso de l´Eixample
se abren a la Gaudiniana. Al interfecto se le achinan los ojos cuando
piensa respuestas comprometidas. Des-pués, desde el balcón de este
principal que da a la Rambla Catalunya, entre las hojas ocres de
los plátanos, he visto pasar la sombra del historiador Josep Benet.
Aquí dentro se respira a limpio. Las estanterías crujen bajo el
peso de recuerdos de tribus africanas, máscaras y una escultura
de Oteiza.
- Está obsesionado
en defender causas perdidas.
¿Le molesta que le llamen mecenas?
Me molesta porque esa figura no debería existir. Es la evidencia de
un déficit. El espacio de la solidaridad no está bien delimitado:
existe una distribución perversa de la riqueza y una gente estupenda
que está luchando contra ella. Y como todo lo que nos rodea está ligado
a la publicidad, parece que hay cosas que, si no alcanzan una cuota
de audiencia, si no venden, no merecen nuestro interés.
- ¿Por eso
no le ha importado nunca que le digan que sus películas no se entienden?
Las hubiera hecho igual. Lo puramente comercial es algo que no me
interesa, conozco perfectamente los pasos que requiere, cómo debería
hacerlo, pero solo pensar en ello me aburro soberanamente. Hoy por
hoy, en cine, se siguen explicando historias de Balzac, todo se ha
dicho ya... Yo busco otros caminos. ¿Cree que a Saura o a Tàpies les
ha importado alguna vez que les digan que no se les entiende? Yo experimento
y luego muestro el resultado de esa trayectoria. Nada más.
-¿Tener las
espaldas cubiertas le ayudó a hacer el producto que más le apetecía
sin ningún tipo de servidumbre?
No, no... Mi familia nunca quiso saber nada de mis affaires artísticos.
Pero también es cierto que en una película nunca he perdido un duro.
- Luego, en
cine, ¿el dinero no hace más libre?
No necesariamente. Hoy en día, una película ya no es sólo una película,
es un producto en un circuito. Del mismo modo que un libro ya no es
un libro. Puede ser una página de Internet, una grabación, un diseño...
¿Por qué ganaban los Planeta los presentadores de televisión? Por
ese fenómeno.
- También un
político puede diseñarse.
Claro. Pero es esa especie de sensibilidad masiva que emana de un
partido lo que seduce.
- Nunca parece
conforme, ¿no le basta el presente?
No añoro nada, ni una época política, ni un sitio para vivir, ni cuando
trabajaba con Buñuel...
- Pues encima
de esta mesa todavía veo un libro con su nombre. Un recuerdo de un
segundo...
Buñuel dispuesto a dormir. En el suelo, encima de una manta. Con un
frío de órdago y él como si nada.
- Como a él,
¿le gusta experimentar?
Sólo se puede experimentar en casa, en secreto, para uno mismo. Pero
cuando ese producto que has creado ya está listo, desde el preciso
momento en que lo pones ante los ojos de otro ser humano, públicamente,
se acaba el experimento. Con las películas ocurre lo mismo, y con
los científicos: nadie te dirá "estoy probando esto" hasta que haya
terminado. Tal vez porque quieren evitar el fracaso o silenciarlo
.
- Tal vez porque
quieren evitar el fracaso o silenciarlo.
Claro, porque sólo el final responde a ese esfuerzo. Una película
sólo se acaba cuando la has resuelto, ya sea bien o mal; un cuadro
sólo es un cuadro cuando tú lo ves.
- ¿Nunca se
ha atrevido a pintar?
No. Intenté hacer escultura, eso sí. Pero no pinté ni siquiera como
mi padre, que hacía unas acuarelas bastante bonitas, coloristas; creo
que todos los miembros de la familia tenemos alguna de esas piezas.
-¿Con la perspectiva
de los años ha cambiado mucho su concepto del arte?
Esencialmente no, instrumentalmente sí. Uno tiene unas referencias
que nunca olvida. Yo, por ejemplo, empecé a interesarme, a meterme
en esa aventura del arte y me llamaba más la atención Max Ernst que
un pintor de la Escuela de Olot, por decir algo. Quise saber por qué
razón me atraía más, por ejemplo, Miró, que otros pintores clásicos.
Rápida-mente vi que lo mío era un arte...
- ¿Distinto,
alternativo?
Nada de alternativo, el más importante del siglo XX.
- Hay una cita
que usted repite, creo que sin darse cuenta: "El compromiso depende
de la conciencia, pero la dedicación, de las posibilidades".
Eso es lo mismo que el arte abstracto o la música. Si no tienes la
curiosidad suficiente, y las posibilidades, como para meterte en ese
mundo que de entrada no entiendes, para descifrarlo, jamás llegarás
a amarlo. Para mucha gente sigue siendo incomprensible cómo narices
puede salir algo de dentro de ese trasto que llamamos televisor.
- ¿Hasta qué
punto le marcó tener, en su adolescencia, amigos como Saura, Tàpies,
Chillida o Brossa?
Vivíamos cerca, en el mismo barrio. Eso nos unió, crecimos juntos,
era cuando yo iba a los escolapios...
- ¿Entró en
política vía intelectuales?
Bueno, en realidad yo vivía bastante aislado, en el seno de una familia
burguesa de los que habían ganado la guerra. Eso marca.
- ¿Una familia
al estilo de la que explica Rosa Regàs en Luna Lunera?
Todavía no he leído el libro, pero me han dicho que está muy bien,
lo imagino. Rosa es un encanto de mujer. El caso es que mi familia
vivió muy mal que yo me metiera en cosas de arte y, por supuesto,
en política. Lo veían fatal.
- Tal vez su
padre hubiera preferido que usted continuara el negocio, algo que
tuviera que ver con alguna de sus empresas, Danone, por ejemplo.
Por supuesto. Cualquier cosa, lo que fuera, mientras tuviera una continuidad
con su mundo.
- Empezó Químicas...
Sí, pero lo dejé por culpa de las malas compañías... Dau al Set, las
vanguardias... En casa estaban convencidos de que si yo continuaba
por ese camino, iba derecho al fracaso, a la perdición. Pero yo notaba
que aquello era mi verdadero mundo, mi gente.
- ¿Le dio tiempo
a demostrarle a su padre que podía salir airoso y sentirse orgulloso
de su vida?
Sí, al final se dio cuenta. Lo que yo hice, mientras tanto, durante
muchos años, fue trabajarme y cuidar muchísimo la relación con mi
madre. Recuerdo que, en la mesa, primero servían el plato a mi padre
y después a mí (algo muy comentado entre el resto de hermanos, y de
lo que yo, que era el segundo -difícil posición- hacía uso tal vez
indebido), a veces comíamos lo que yo decidía porque me lo consultaban
en exclusiva. Durante años cultivé lazos de refuerzo con mi madre.
- Sí, pero
aquello debía de continuar siendo un patriarcado...
Claro, claro. Y mi padre, que era abogado, me advirtió muchas veces
de los peligros que corría con mi actitud de aventura. Le recuerdo,
perfectamente -la primera vez que me detuvieron- diciéndome aquello
de "tú no sabes cómo es esta gente, no puedes ni imaginártelo, no
te fíes de ninguno de ellos". Tenía razón. Y a un tiempo supo que
yo rompía con mis raíces.
-¿La clandestinidad
cohesiona más, ideológicamente, a las personas que la libertad?
No. Aglutina sentimientos. Hablas un mismo idioma. Sabes contra quién
vas. Histórica-mente está demostrado que luego todo se diluye. Pero
la clandestinidad me permitió saber que si hay algo que no soporto
en esta vida, es la pérdida de la dignidad.
- ¿Se la jugó
muchas veces?
Yo me comprometí como muchísimos otros, pasé el mismo miedo y los
mismos nervios. Pero mi generación está llena de personas que fueron
más allá, que lo sacrificaron todo, el amor, la familia, el futuro...
-Deduzco que
tiene una poderosa tendencia a no estar nunca en paz consigo mismo.
Nunca, nunca. Y lo soluciono como puedo, intento arriesgarme. Hay
un proverbio oriental, que Brossa utilizaba, que me define: "Para
llegar a un lugar desconocido hace falta hacerlo también por caminos
desconocidos". Siempre he creído que mi proyecto de vida debía pasar
por esos márgenes, por esos caminos desconocidos. Y en política, lo
mismo; llega un momento en el que debes pactar porque convives con
ella.
- Como en el
matrimonio.
Exactamente. Sabes que tu vida pasa por esa mujer, por esa cotidianidad,
que está ahí y convives con ella, luego tienes que negociar, pactar
lo mejor que puedas. Debes saber que después de pasar por la cama,
donde todo lo solucionas, cuando ya estás vestidito y presentable
es cuando debes dar la talla. Así es como ocurre también en la política.
- ¿Qué debería
ocurrir para que un hombre como Pere Portabella, que se ha mantenido
independiente hasta ahora, decidiera tener el carnet de un partido?
Si la izquierda se une alguna vez, se sienta, reflexiona y decide
lo que quiere, entonces yo tendré un carnet de partido político por
primera vez en mi vida. Esto no lo había dicho jamás porque, además,
pienso que en este país los partidos generan una dinámica que no es
correcta, todavía no han aprendido lo suficiente.
|
Política y vanguardia
cinematográfica
Político y cineasta, Pere Portabella nació en
Figueres, el 11 de febrero de 1927, en el seno de una familia
de la burguesía industrial catalana. Participó
en los movimientos artísticos de vanguardia desde la
oposición al franquismo.
Su intervención,
siempre como independiente y hombre mediador, ha sido destacada
en momentos
clave de la historia de Cataluña: la Capuchinada, el
encierro de Montserrat, la Assemblea de Catalunya, la Comissió
Permanent del Congrés de Cultura Catalana...
Su trayectoria en el cine pasa por sus trabajos como productor
(Los golfos, Viridiana, El cochecito). Su andadura como director,
colabo-rando
con sus amigos Joan Brossa y Carles Santos, generó películas
de dudoso éxito comercial, pero que fueron un hito en
la cinematografía catalana por su lenguaje revolucionario
y la búsqueda experimental de nuevos valores.
En 1977
fue elegido senador independiente por Entesa dels Catalans y
escogido para ser quien acompañara
a Tarradellas, en coche descubierto, a su vuelta al gobierno
de la Generalitat. Después fue diputado en el Parlament
catalán (1980), senador por el PSUC (1982) y desde 1990
(cuando volvió al cine con El puente de Varsovia, después
de trece años) es miembro de la Comisión Política
Nacional de Iniciativa per Catalunya.
Está preparando una nueva película, de la que
todavía no quiere contar nada, y delira con un mundo
equitativo (No nos resignamos, manifiesto de 1995, y Fundación
Alternativa, creada en 1997 para renovar el pensamiento progresista)
y una concepción más abierta del arte. Es un buen
promotor de sueños.
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- ¿Ha tenido
alguna vez ambición de poder?
Yo soy muy ambicioso. Mucho. Lo que no soy es vanidoso. Y lo que más
ambiciono es mi proyección personal. Prefiero el prestigio al triunfo,
quiero que la gente me conozca y pueda fiarse, es la base de la autoestima.
-¿El poder
emborracha?
Nunca he creído que al que ostenta un cargo lo respeten por lo que
es humanamente, tengo claro que los que se te cuadran, los que te
saludan, los funcionarios, el protocolo... no te respetan a ti, sino
a tu cargo, a lo que tú representas. Lo harían igual con cualquier
otro que estuviera en tu lugar.
- Eso lo descubriría
cuando fue senador...
Descubrí entonces que un cargo es algo puramente efímero, que no responde
a nada especial. A menudo es una pura casualidad la que te lleva a
eso. Tu presencia en un escenario no depende de tu mérito personal.
Lo peor es que siempre hay alguien que se confunde y llega a creer
que es algo.
- Dígame un
momento político que le conmocionó.
En el estómago, esos momentos los siento en el estómago. Ocurre cuando
tienes la ocasión de ver a un montón de gente delante, que sabes que
te agradece algo, de alguna manera, que reconocen quién eres y te
quieren como eres. Y eso que yo siempre he tenido una gran prevención
ante los heroísmos. Me veo, por ejemplo, subiendo una escalera, de
fondo Els Segadors, y yo subiendo solo, absolutamente solo. Si en
ese momento me dicen que arriba hay un cañón que se accionará si avanzo...
sé que no me hubiera detenido. Tenía toda la fuerza interior imaginable.
Hay momentos de esos..
- ¿Impagables?
Estados de gracia.
- Dígame otro.
Nos encontramos todos en el Congreso, por primera vez. Veo a Dolores
Ibarruri, con su pelo blanco recogido y su chal sobre los hombros,
alguien nos ha dicho que procuremos controlarnos, nos aleccionan para
que no gritemos, y ella sale decidida, avanzando entre todos aquellos
que habían sido enemigos. Eso es de una emoción irreprimible.
-¿Si le pido
un tercer recuerdo de estado de gracia me excedo?
Tercero: estamos reunidos, proceso para abolir la pena de muerte,
te ves allí, en tus manos un papel, una palabra apenas que desaparece
del papel, algo que se borra entre una coma y otra, algo que significa
tanto, lo que supone ese frágil gesto... ¡Esas cosas, a mí, me pueden!
- Si usted
pasa a la historia, será bajo las siguientes definiciones: "mediador",
"buscador de pactos", "imparcial"... ¿algún consejo para saber negociar?
Responde a mi carácter. Dicen que me dieron la Creu de Sant Jordi
por esas cuestiones. No sé. Siempre he creído que había que buscar
soluciones bajo una sola condición: nunca he escondido mis opiniones.
- ¿Ha sido
mejor negociador en política que en su vida privada?
En política me ha salido mucho mejor.
- No me parece
un hombre sentimentalmente muy estable.
La mujer que más me duró fue la primera, seis años. Tengo muy buen
recuerdo de ella. Pero, del mismo modo que soy un hombre algo caótico,
he sido capaz, en varias ocasiones, de sacrificar mis actividades
profesionales por cosas como el amor.
- ¿Es cierto
que odia la ostentación?
No la soporto, en ninguna de sus versiones. No puedo con la chulería,
con la exageración, me ofende incluso estéticamente.
- Pues en ciertos
círculos que usted frecuenta debe ser algo habitual.
Sí, resulta tremendo. Cada vez me molesta más. Incluso una persona
muy competente en un tema no puede ir propagándolo cada día. Y todavía
es peor cuando eso se traduce en ostentación materialista, consumista,
"tengo esto, he comprado aquello..." Lo que uno no puede hacer nunca,
incluso por estilo, es exteriorizar sus posesiones.
- ¿Alguna asignatura
pendiente en su vida?
No haber adquirido una sólida formación universitaria, una carrera,
la que fuera, por cuestión de disciplina. Estudié por mi cuenta, sí,
de todo, incluso filosofía, todo lo probé, todo lo rompí, todo lo
que no sirve para nada, pero que da satisfacciones.
- Por curiosidad,
¿sus invitados al suquet de cada año se dedican a hablar de la langosta
o aprovechan para hacer pactos políticos?
Hablan de todo porque están como en cualquier otra cena de amigos.
Yo empecé a hacerlo con dos condiciones: primero, que no fuera oficial,
que fuera una convocatoria libre y, segundo, que los periodistas la
respetaran como tal.
- ¿Ha dejado
de celebrarse en alguna ocasión?
Cuando ha coincidido con acontecimientos familiares que me superan:
la muerte de un hermano, la muerte de mi padre, la muerte -en el último
caso- del cocinero que hacía el suquet, Pitu de Palau-Sator, que era
todo un personaje, presidía, llenaba. Lo bonito de todo ello fue que
la gente empezara a acudir cada año porque sabía que allí podía encontrar
a personas procedentes de muy diversas ideologías. .
- En una ocasión
coincidió con la boda de su hija.
Tengo dos hijos de distintas madres. Y su relación conmigo yo diría
que ha sido curiosa, simpática, porque ni tan sólo discutimos de política.
Los he hecho míos con el tiempo, porque cuando tenía que estar allí
tal vez no estuve. Y deben considerar que fui un desastre de padre,
pero un gran amigo.
- ¿Fue un padre
benévolo?
El caso es que yo hablaba mucho con ellos, pero no ejercía de padre.
En el sentido clásico de la palabra, quiero decir...
- ¿El padre
riguroso?
No, no, el padre cabrón. El que te obligaba a ciertas cosas dentro
de ciertos horarios.
-Ha cumplido
72 años. ¿Con la edad se aprende a renunciar a algo?
Solamente a lo coyuntural.
- Y con las
mujeres ¿es merecida su fama de playboy?
No, no, es algo que todavía no acierto a comprender del todo.
-Pues hace
exactamente veintiún años, tal día como hoy, su foto salía en Diario
16 enmarcada con esta frase: "No soy mujeriego, pero me gusta que
las mujeres me cuiden".
¡Veintiún años después lo suscribo exactamente! Con mis mujeres me
ocurre que he estado encantado de conocerlas. También es cierto que,
si les preguntas a algunas por mí, tal vez te digan que "muy bien,
muy bien", pero que es mejor olvidarme.
- ¿Un buen
parlamentario debe utilizar las mismas artes que un buen seductor?
Hay que utilizar un lenguaje lo más lejano posible de lo afectado,
lo más cercano posible a tu manera de ser. No caer en la trampa de
la complicación. Llegar, romper las barreras, entrar convencido.
- ¿A usted
le ha tocado conspirar en muchas ocasiones?
En muchas, en muchas. Todavía lo hago.
- Pues tengo
entendido que su profesor de ética le decía: "Nunca lo des todo por
una sola cosa, porque eso no permite resituar la ética."
Tenía razón. La ética es una actitud interior, personal, mientras
que la moral es la que presentamos ante los demás.
- ¿Y en su
caso, está más en paz con su ética o con su moral?
Yo no estoy en paz con nada. Nunca. Siempre estoy en pie de guerra.
Pero procuro cuidar mi ética, porque uno no puede proyectar nada interesante
si no tiene nada en su interior.
- Dígame alguna
pequeña o gran traición suya.
¿Traición? ¿Y qué es traición?
- Supongo que
hacer algo que no se corresponde con la realidad. Faltar a la lealtad..
¿Violar la fidelidad, por ejemplo? ¿Ser infiel? Pues claro que he
sido infiel alguna vez, ¿y quién no?
- Hay otros
modos de traicionar.
Sí, la de los espías, por ejemplo, como esa abuelita... Melita. Pues
bien, eso requiere su valor. En una ocasión, Buñuel me dijo: "Hace
falta ser cojonudo para saber traicionar, hace falta tener empaque,
es algo grande, difícil de conseguir y de asumir. Requiere su fuerza".
Ciertas traiciones entran dentro del juego de vivir. En el amor, como
en la política, si saben quién eres y lo que quieres, nunca engañas.
- ¿Sabría resumirme
la historia de amor más hermosa de su vida?
Bueno... He tenido muchas historias de amor. Y están ahí, en mí. Lo
que ocurre es que, con el tiempo, uno no las asocia a un nombre propio,
exclusivamente, sino a una etapa de tu vida. Se forma un ensamblaje
en la memoria y, al final, lo único que recuerdas es la intensidad.
- ¿Es verdad
que tiene claustrofobia?
Sí, aguanto mal los ascensores y los metros. Subo, pero siempre pienso
que puedo quedarme encerrado en ellos. Pero lo que tengo, ante todo,
es una especie de vértigo curioso. Cuando estoy a cierta altura, procuro
no acercarme mucho. Tengo que apartarme. Pero no es por miedo a caerme
sino todo lo contrario, por una tremenda atracción a caerme. O sea,
que no tiene miedo de caerse, sino de tirarse .
- ¿Es verdad
que tiene claustrofobia?
Sí, aguanto mal los ascensores y los metros. Subo, pero siempre pienso
que puedo quedarme encerrado en ellos. Pero lo que tengo, ante todo,
es una especie de vértigo curioso. Cuando estoy a cierta altura, procuro
no acercarme mucho. Tengo que apartarme. Pero no es por miedo a caerme
sino todo lo contrario, por una tremenda atracción a caerme.
- O sea, que
no tiene miedo de caerse, sino de tirarse.
Cuando estoy allí arriba siento que, por un segundo, me lanzaría al
vacío, sin pensarlo, que me atrae poderosamente esa sensación. De
manera que debo reprimirme. El vacío me atrae brutalmente, sensualmente.
- Más vértigo
debe dar, por ejemplo, ser el responsable público de la vuelta de
un personaje como Tarradellas. ¿Por qué usted y no, por ejemplo, Carles
Sentís?
En eso
se pusieron todos de acuerdo, me designaron único responsable por
unanimidad y jamás nadie me ha pedido explicaciones posteriores. Me
siento orgulloso de que así lo decidieran. Pero en cuanto al vértigo...
Si se fija, mirando las fotos que nos hicieron en el balcón, yo estoy
cerca de Tarradellas, pero con la mano sobre la barandilla y el cuerpo
a un metro de distancia.
- Igual que
conoció a Tarradellas o a Sem-prún, convivió con Buñuel y se fue de
farra con Gil de Biedma. Experiencias de lujo, un privilegio personal.
Seguro que las editoriales persiguen sus memorias.
Pues sí, no paran de decírmelo, pero me cuesta decidirme. Saldrían
cosas sobre las que no estoy seguro si es mejor callar. Pero es cierto
que en mi vida han confluido muchos personajes interesantes, amigos.
- ¿Qué le recriminan
sus amigos?
Mi capacidad para distanciarme. Yo no necesito la asiduidad para la
amistad. Soy capaz de pasar meses sin llamar a alguien, si no existe
una razón concreta, cosa que algunos interpretan, erróneamente, como
un olvido o, lo que es peor, como si hubiera dejado de apreciarlos.
No entienden que sigo teniéndolos conmigo. Hay cosas que no necesitan
repetirse.
-¿Dónde
pasará la noche del fin de milenio?
Ya he hablado con varios amigos y todavía no nos hemos decidido. Lo
que no hay que hacer es eso tan visto de irse a la otra punta de mundo,
a viajar, eso puedes hacerlo cualquier otro año. Debería ser algo
simbólico y no sé por qué siempre lo asocio a una gran hoguera. Hay
que crear un espacio determinado. Y esperar que tus hijos te puedan
decir, con razón, aquello de "papá, es que tú eres del siglo pasado"
(bien, mis hijos siempre me llamaron por el nombre de pila, pero bueno...).
- ¿Sigue siendo
nocturno?
Las noches son fantásticas. Aguanto mucho. Antes más, claro, y con
más contraste de emociones. ¿Se imagina lo que era salir de reuniones
clandestinas, con la cabeza en efervescencia, y empalmar con unas
copas en Bocaccio, y reunirte luego con unos amigos para hablar de
pintura, por ejemplo?
- Da la impresión
de que usted ha vivido varias vidas en una.
Sí, yo también lo pienso a veces. Pero me queda una cosa por hacer:
recuperar las pequeñas cosas. Siempre me he visto envuelto en macrocosas,
montajes multitudinarios, movimientos de masas, reuniones de muchos
amigos, movidas culturales, proyectos políticos, todo a lo grande...
Pero no cambio eso por la sensación que da, después, llegar a casa,
quedarte solo, echarte en el sofá y poner música.