Elvira Farreras i Valentí
(88 años)
Casi toda una vida en el Putget
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"Ahora, viuda y operada del corazón, esta mujer inquieta
ya no reconoce el Putget ni la gente que vive aquí. Su casa,
la casa donde se empezó a gestar el Museu Picasso, está
medio vacía". |
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Eva Guillamet |
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El Putget es uno de esos barrios que pese a la proximidad
de una ronda, el ruido y los coches, te sorprenden por la paz que se
respira en él. Las flores, los pájaros y los vecinos que
se desplazan en bicicleta con aire distraído dibujan un paisaje
barcelonés infrecuente.
Elvira Farreras es, posiblemente, la vecina más antigua del barrio.
Esta mujer inquieta lleva 87 años viviendo en el Putget. En 1914,
cuando sólo tenía 1 año, su familia cerró
el piso de la calle Petritxol y se trasladó a la torre de veraneo.
Como tantas familias burguesas, huían de los aires contaminados
que se respiraban en la Barcelona antigua en el momento en que la ciudad
edificaba su Eixample.
Elvira tuvo una infancia feliz. Sus primeros recuerdos en el barrio
son del jardinero que cuidaba las plantas, de los juegos y de los tres
únicos coches que en 1925 había: el del productor Monegal,
el del empresario Cros y el del ingeniero Reyes. También era
un barrio con pocos comercios. El pan y la leche se vendían en
la puerta de casa y las cocineras bajaban hasta la Boqueria cada día
para hacer las compras familiares.
Descendiente de indianos de Vilanova y de médicos de Masnou,
la muchacha estudió en la Escuela Alemana, en el Instituto Francés,
en la Escuela Suiza... Podría haber hecho una carrera, pero se
decantó por los idiomas.
Y llegó la guerra. Con 22 años empezó a hacer de
intérprete de un coronel ruso y entró en la Conselleria
de Industrias de Guerra de la Generalitat. Sin embargo, el trabajo que
más recuerda fue los ocho meses que hizo de secretaria de Malraux,
que rodaba L'Espoir en Barcelona. Así conoció al escritor
Max Aub, que llegaría a ser buen amigo suyo. Novia del galerista
Joan Gaspar, empezó a conocer pintores, entre los que figurarían
nombres tan ilustres como Miró o Picasso.
La única desgracia visible que la guerra dejó en el hogar
familiar fue una pared hecha pedazos. Elvira y una amiga se ofrecieron
al consulado alemán para hacer de intérpretes entre los
soldados heridos y los médicos. En el consulado hizo una traducción
que nunca olvidará. Fue el 1 de septiembre de 1939, y decía
así: "Esta madrugada las tropas alemanas han cruzado la
frontera de Danzig". "¡Me quedé de piedra!: era
la declaración de guerra en Europa", dice Elvira.
En 1940 se casó y poco después se despedía del
consulado para tener su primer hijo. Dejó el trabajo remunerado,
pero no de trabajar, porque como ella misma dice: "En esta vida,
menos cosas deshonestas, he hecho de todo": intérprete para
clientes norteamericanos de su marido, acompañar a Gaspar en
sus innumerables viajes en busca de piezas de arte, pintar grabados...
No renunció a sus propias actividades. Después de cincuenta
años recopilando información, escribió un libro
sobre Gala Placidia, una gran mujer de la época visigoda que
hoy la mayoría sólo identificamos con una plaza de Gràcia.
Pero una de las obras de las que se siente más satisfecha es
el libro que escribió sobre el Putget, o Putxet como ella y la
gramática aconsejan escribir. ¿Y por qué del Putget?
Pues porque es su barrio, que conoce bien, porque le tiene cariño
y porque, como ella dice, "soy la última que queda de esa
época". Elvira escribió la crónica de un entorno
que desaparecería tal como ella lo había conocido, con
sus torres ajardinadas y personajes pintorescos como la fulana que encerraba
a su hijo en el balcón cuando recibía visitas.
Ahora, viuda y recién operada del corazón, esta mujer
inquieta a quien según afirma nunca le ha gustado estar ociosa,
ya no reconoce el Putget ni la gente que vive aquí. Su casa,
la casa que visitó Miró y donde se empezó a gestar
el Museu Picasso, está medio vacía. Los tiempos en que
en ella vivían diecisiete personas quedan lejanos, y los conductores
de ambulancias se enfadan cuando llaman a la puerta y descubren que
aquella torre tan grande no es la Clínica Sant Josep.
Custodia Moreno Rivero (58 años)
Media vida entregada al Carmel
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"Si
tuviera que volver a vivir, no cambiaría nada de lo que he
hecho. Lo digo con cierto orgullo. Hemos contribuido a mejorar este
barrio, a conseguir lo que nos pertenecía. Teníamos
derecho a tener una vida y un barrio dignos".
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| ©
Eva Guillamet |
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Hace 54 años que Custodia vive en el Carmel, y no tiene ganas
de cambiar. Sus padres llegaron a Barcelona en 1947, procedentes de
Andalucía. Ella solo tenía cuatro años. La familia
fue víctima de una de las típicas estafas de la época:
les vendieron un piso que no existía. Se alojaron en la barraca
de unos familiares hasta que pudieron construirse la suya. La hicieron
de la manera que se hacían las cosas, y muchas casas, en la posguerra:
a mano y de noche, cociendo los ladrillos en casa, levantando paredes
y aplicando una capa de cal antes de que saliera el sol. Así,
cuando la policía pedía explicaciones siempre podían
decir que se habían limitado a dar una capa de pintura a la barraca.
La infancia de Custodia no fue tan dramática como las circunstancias
podrían hacer suponer. En casa no había agua, ni luz,
ni desagües. Su habitación por la mañana se convertía
en cocina cuando desmontaban la cama plegable y ponían la mesa
con un florero. Custodia estudió bachillerato bajo la luz de
una vela, cuando el resto de la familia dormía y quedaba un rincón
para plantar una silla y los libros. Pero sus padres la querían
y en casa había buen ambiente.
Pero la realidad es que en el Carmel faltaban muchas cosas. La vida
no se limitaba a la típica foto en la Plaça de Catalunya
rodeada de palomas. Custodia empezó a tomar conciencia de que
el mundo estaba mal repartido. Sus padres hicieron el esfuerzo inmenso
de que la niña siguiera estudiando, y ella en seguida destacó
como una líder de las aulas. Hizo el bachillerato en una academia
de Gràcia, compatibilizando estudios con un trabajo diurno como
botones en la Clínica Barraquer, y, al terminar, en lugar de
hacer secretariado o contabilidad, se decantó por la carrera
de Enfermería.
En los sesenta, el Carmel había crecido de un modo desmesurado.
Había 2.500 barracas y ningún equipamiento, y las calles
estaban sin asfaltar. Algunos vecinos pensaron que había que
hacer algo. ¿Y qué se podía hacer en pleno franquismo?
Con 25 años, Custodia se presentó en comisaria, vestida
de enfermera, en compañía de una monja, y con esta presentación
tan virginal, explicó, con buenas palabras, por qué ella
y sus amigos solicitaban permiso para constituir una comisión
de vecinos.
Sus padres sufrían por las actividades extracadémicas
de su hija, pero Custodia tenía claro el sentido de la justicia
y su rechazo al sistema político que encarnaba la dictadura.
Pese a todo, siempre se mantuvieron al margen de la política.
Tenían claro que lo primero era el barrio. Eludieron los enfrentamientos
con la policía, pero los urbanos de la plaza Sant Jaume les conocían
bien. "¿Qué venís a reivindicar, hoy?, les
preguntaban. Y ellos, que siempre eran los mismos, les enseñaban
la pancarta del día, en la que pedían escuelas, un parvulario
o un ambulatorio.
Con la democracia, las relaciones con la Administración cambiaron.
A mejor, claro, pero no tanto como ellos esperaban. "Los nuestros",
los suyos, les fallaron. No atendieron los barrios con la atención
que creían que merecían. "La prioridad era construir
la gran Barcelona", recuerda ahora.
Custodia ha estado al frente de la Asociación de Vecinos del
Carmel durante 23 años. Se retiró en 1991 para dejar paso
a nuevas generaciones y para dejar de ser "la eterna presidenta".
Pese a ello, esta mujer de mirada penetrante sigue vinculada al barrio
en dedicación exclusiva. Ahora lo hace desde el Ayuntamiento,
porque, tal como defendió durante años, hay que estar
cerca del poder para influir. Y para ella, hay dos problemas graves
a revolver: el barraquismo vertical -los hogares construidos en garajes
subterráneos aprovechando las pendientes de la montaña-
y el excesivo protagonismo de los coches.
-¿Satisfecha de la labor realizada?
- ¡Sí! -responde automáticamente-; nunca llego a
casa antes de las once de la noche, pero si tuviera que volver a vivir,
no cambiaría nada de lo que he hecho. Lo digo con cierto orgullo.
Hemos contribuido a mejorar este barrio, a conseguir lo que nos pertenecía.
Teníamos derecho a tener una vida y un barrio dignos.
Joan B. Isart López (63 anys)
33 anys a líAssociació de
Veïns de Sant Antoni
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""Asistió
a una de las primeras reuniones de la asociación de vecinos
de Sant Antoni y le gustó esto de Ôentre todos cambiaremos
las cosas'. Tanto, que llegaría a presidir la entidad durante
dieciseis años". |
| ©
Eva Guillamet |
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La trayectoria de Joan Isart transcurrió lejos
de Barcelona durante muchos años. Nació en Barcelona,
pero la muerte de sus padres le llevó a Esparreguera, a casa
de unos tíos suyos. Él, que tenía 3 años
y apenas hablaba su lengua materna, el castellano, se encontró
con que no le entendían. "¡Pero este niño qué
dice, no le entendemos!", decía su tía cada vez que
el pequeño abría la boca.
El niño de ciudad se adaptó a medias al nuevo entorno.
Aprendió todas las labores del campo, pero sus inquietudes le
llevaban por otros caminos. Quería estudiar, y lo hizo. Por la
mañana, a partir de las siete, trabajaba de tornero en Manufacturas
Sedó; a las dos volvía a casa y hasta las siete se dedicaba
a distintas tareas como, por ejemplo, cuidar el huerto. Y de siete a
nueve y media de la noche estudiaba en una escuela de artes y oficios.
En 1959, Joan se examinó de maestro industrial en Barcelona y,
ya con el título, al año siguiente volvió a la
ciudad. Un amigo del nuevo trabajo le insistió tanto en que debía
seguir estudiando que se matriculó en una academia para hacer
peritaje industrial mecánico. Estudiaba cuando podía,
sobre todo por las noches, y en 1969 se sacó el título
de perito industrial.
Unos meses después de casarse, se encontró con un viejo
amigo que, casualmente, vivía en el mismo barrio al que se acababa
de trasladar. El intercambio de "qué haces", "qué
es de tu vida" acabó con una invitación a asistir
a una de las primeras reuniones de la asociación de vecinos.
Joan ni tan sólo sabía qué era eso de la asociación
de vecinos, y el otro le respondió: "Tú ven; ya verás
como te interesa".
¡Y vaya si le interesó! No sabía prácticamente
nada de Sant Antoni, pero el hecho de encontrar gente que pensaba como
él, el sueño imposible de "entre todos cambiaremos
las cosas", le atraía con una intensidad irresistible. Porque
a finales de los sesenta había muchas cosas que reivindicar:
guarderías, actividades culturales, control de los precios...
Salió de la reunión como miembro de la asociación.
La Asociación de Vecinos de Sant Antoni fue una de las primeras
que existieron en Cataluña, y mantuvo estrechos contactos con
la Assemblea de Catalunya. También se esforzaron en tener relación
con las barriadas más desfavorecidas y, junto con una veintena
larga de asociaciones, crearon la coordinadora de asociaciones de vecinos
de Barcelona. Ellos asumieron la representatividad de los barrios de
la ciudad. La Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona
(FAVB) representaba más a los comerciantes que a los vecinos.
Una de sus ocupaciones principales era encargarse de la iluminación
navideña. Por esta razón, los de la coordinadora los conocían
como los bombillaires.
La FAVB tenía el reconocimiento oficial; la coordinadora, la
fuerza social y política. Así que ambas entidades se fusionaron
o, para ser más exactos, los miembros de la coordinadora se incorporaron
en masa a la federación.
Actualmente, Joan sigue muy ocupado. Hace tiempo que dejó la
presidencia de la asociación de vecinos, cargo que ocupó
durante dieciséis años. Pero la política, la asociación
de vecinos, la vicepresidencia de la FAVB que ocupa desde hace diez
años, el cargo en la Confederación de Asociaciones de
Vecinos de Cataluña, los consejos sociales del Ayuntamiento de
los que forma parte y diversas plataformas lo tienen ocupado casi todas
las tardes y noches de la semana.
Pese a todo, no se olvida del barrio, del Sant Antoni al que vino a
vivir hace más de tres décadas. Dice que "es como
un pueblo", que los vendedores de los puestos del mercado preguntan
por su salud si algún sábado sus innumerables ocupaciones
le han impedido hacer la compra semanal. Y, claro, a él le gusta
este contacto estrecho con la gente. Eso sí, como momento emocionante,
las pasadas fiestas del barrio. En pleno desfile de gigantes por la
ronda... ¡descubrió que un cabezudo reproducía su
cara!