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Su longitud justifica que la Diagonal tenga diversas historias, no sólo
porque hay tramos que han vivido un desarrollo muy diverso y personalizado,
sino también porque es lógico que la urbanización de más de once kilómetros
haya durado tantos años.
Nació con timidez en 1884, ya que el primer tramo que se construyó era
el comprendido entre Pau Claris y el Passeig de Gràcia. El hecho de que
comenzase precisamente en ese punto se explica porque ésa era la parte
alta de la Dreta de l'Eixample, aunque el sector perteneciese entonces
al término municipal de Gràcia. Sospecho que el fenómeno de la agregación
contribuyó a dinamizar su progresión. Sin abandonar la timidez inicial,
el siguiente sector, que en 1896 había ido creciendo de forma descabalada,
fue en dirección al entonces llamado Camp d'En Tuset, pero también un
poco hacia la dirección contraria: hasta la calle Bruc.
Aquella calle imponente, solemne y pretenciosa había sido bautizada por
el propio Cerdà, quien le adjudicó un nombre que se adecua a su mentalidad
funcional y que hacía honor a su forma: Gran Vía Diagonal. El bautizador
oficial del Eixample, Víctor Balaguer, respetó este nombre, a pesar de
que él había llevado a cabo una vasta y creativa intervención. El futuro
no fue tan favorable en este sentido, ya que la avenida sufrió un desfile
de nombres muy típico de la irresistible atracción que producía en el
poder político una calle tan importante. En 1891 ya experimentó un cambio
sorprendente, al ser dedicada a Agustín Argüelles, que no tenía nada que
ver ni con la ciudad ni con el país: me ha costado averiguarlo, pero,
finalmente, he sabido que la clave que lo justifica es el poder masónico.
En 1922 se impuso Nacionalitat Catalana, pero duró poco tiempo, ya que
se produjo el golpe de estado del general Primo de Rivera, que propició,
en 1924, el retorno del masón Argüelles, o mejor dicho, la eliminación
de una referencia catalanista que, en aquel momento, era un estorbo.
No obstante, al año siguiente la adulación dictatorial aconsejó imponer
el nombre de Alfonso XIII. Una vez proclamada la República, a nadie sorprendió
que pasara a denominarse 14 d'Abril. Nadie se extrañó de que ese juego,
siempre ligado a las circunstancias, se hiciese efectivo el día después
de la ocupación de la ciudad por el ejército franquista: se eliminó la
denominación republicana, que era lo más urgente, y, sin imaginación ni
compromiso, se recuperó el nombre de Gran Vía Diagonal. Antes de finalizar
1939, la práctica de incensar el poder impuso el nombre de Generalísimo
Franco. Lo más divertido de todo fue que los barceloneses no hicieron
caso de aquel desfile de cambios y se mantuvieron siempre fieles a aquel
popular Diagonal, que fue recuperado en 1979, cuando se remodeló el nomenclátor
que había dejado el franquismo.
Esta avenida era un espacio que se prestaba para estimular a los propietarios
y a los arquitectos a ennoblecerlo construyendo edificios de categoría,
tal y como sucedió, por ejemplo, en el Passeig de Gràcia. Pero no fue
así. La mediocridad ha sido la norma que, curiosamente, ha afectado a
todos los estilos, salvo contadas excepciones.
La única obra ecléctica relevante es la que encargó el marqués de Robert,
quien, descontento de la propuesta que le había diseñado el arquitecto
Joan Martorell, prefirió la grandilocuencia contenida de su colega francés
Henri Grandpierre. Los excesos se reservaron para la generosidad del jardín,
que, originariamente, rodeaba el edificio y para la decoración interior.
El modernismo inspiró algunas piezas notables, aunque hubiera sido deseable
que la cantidad fuera mayor. Sin duda alguna, la obra más vistosa es la
Casa de les Punxes, de Puig i Cadafalch, por la sencilla razón de que
es la más espectacular de Barcelona, una ciudad donde la construcción
se hace entre paredes medianeras. Otras obras destacables son: el palacete
del barón de Quadras, también de Puig i Cadafalch, en el que resalta el
trabajo de la piedra; la Casa Serra (esquina con Rambla de Catalunya),
en la que este arquitecto hizo un homenaje sentimental a la desaparecida
Casa Gralla, aunque nunca fue habitada y que, al ser transformada en escuela,
fue condenada a una mutilación inevitable; la Casa Comalat (núm. 442),
del arquitecto Salvador Valeri i Pupurull, coronada por un sombrero que
recuerda a un arlequín, pero cuya voluntad exhibicionista es más evidente
en la fachada posterior de Còrsega, toda llena de ondulaciones; el Palau
Pérez Samanillo, en el chaflán de Balmes, que el arquitecto Joan Josep
Hervàs proyectó como residencia unifamiliar y que, originariamente, estaba
rodeado de jardín, y la Casa Sayrach (núm. 423), una de las contadas obras
de un arquitecto rico que, desgraciadamente, se permitió el lujo de no
prodigarse mucho. Se construyó en 1918, por lo que se la considera la
última manifestación del modernismo.
LOS CARMELITAS Y POMPEIA
También
merece la pena mencionar dos iglesias, a pesar de no ser obras excepcionales
La iglesia de los Carmelitas (1923), en la esquina con Roger de Llúria,
fue proyectada de mala gana por Domènech i Estapà, ya que le fue asignada
de rebote, al ser rechazado el decepcionante proyecto que habían presentado
los arquitectos Josep Artigas y su hijo. En fin, es una obra demasiado
ecléctica a la que, además, le fue mutilado, en 1971, el campanario neomudéjar.
El templo más popular siempre ha sido el de Pompeia, seguramente porque
los capuchinos han mantenido desde siempre una relación muy intensa con
sectores muy sensibles de la sociedad indígena. Se trata de una obra interesante
del arquitecto Enric Sagnier, quien supo obtener un buen rendimiento del
diálogo entre el ladrillo rojo y la piedra para probar el neogótico religioso;
en una finca pequeña y con no muchas posibilidades combinó el templo y
el convento, lo que lo obligó, por ejemplo, a crear un curioso claustro
triangular. En aquel momento, la comunidad contaba con fray Rupert de
Manresa, un predicador de moda que convocaba a un público burgués tan
numeroso como selecto; incluso Cambó mantenía con él una relación singularmente
estrecha. Por este motivo, el Sagarra de los temidos poemas satíricos
le dedicó una retahíla de los aleluyas más famosos, bajo el título de
La balada de Fra Rupert, por los que hacía desfilar a casi todas las órdenes
religiosas, utilizando un estilo sin tapujos, como el de esta muestra
representativa: "Els tinc grossos i rodons / com els Pares Felipons".
La Diagonal suponía un escenario inmejorable y apetecible para que los
arquitectos del Noucentisme exhibieran unas realizaciones que superasen
y arrinconasen al detestado modernismo; pero, de hecho, era un estilo
que en arquitectura no estuvo a la altura de las circunstancias. Quizás
el más interesante fue el Grupo Escolar Ramon Llull (inaugurado en un
tardío 1931, aunque se proyectó en 1919), obra de Josep Goday, adornado
con esgrafiados de Francesc Canyellas. Un edificio destacable es la Casa
Planells (1923), de difícil clasificación, creada por el arquitecto Josep
Maria Jujol. El chaflán le permite cierta alegría escultórica, en este
caso hija del modernismo y que parece querer cultivar un expresionismo
que no cuajó. En esta casa hubo un prostíbulo, al igual que en un piso
de la Casa de les Punxes.

Por fuerza, una Diagonal tenía que cortar con esperada irregularidad el
orden severo que había instalado un ingeniero como Cerdà, hecho que justifica
una serie de espacios residuales. Pronto se decidió, con acierto, que
era necesario suavizarlo un poco mediante el recurso escultórico controlado
del pequeño formato que ofrecían unas fuentes escultóricas surgidas de
un concurso municipal ganado merecidamente por Josep Campeny. Se comenzó
por colocar, en 1912, la Font de la Granota (delante del Palau Robert),
del mencionado escultor. El resultado gustó y se prosiguió, con El Negret,
de Eduard B. Alentorn (Bruc, en 1915); El Noi Nu (Bailèn, años veinte),
de Àngel Tarrac; y El Pescador (Casanova, en 1947), de Josep Manuel Benedicto.

Ya en 1904 en el Brusi se había publicado un artículo en el que se comentaba
que el cruce con el Passeig de Gràcia exigía un monumento que, según sugería,
fuera dedicado a Pi i Margall. La idea fue aceptada y en 1909 el Ayuntamiento
encargó al arquitecto Falqués un conjunto de farolas algo historiadas
para empezar a definir aquel espacio: el centro se dejó vacío, a la espera
del monumento, y ello, a la vista del aspecto que ofrecía entonces el
conjunto, propició que el probado ingenio de los barceloneses lo bautizara
como el Cinc d'Oros. Nos llevaría mucho tiempo y dificultad relatar con
detalle todas las incidencias y desgracias que maldijeron la obra dedicada
a enaltecer a quien había sido presidente de la República. En pocas palabras,
el alcalde Pich i Pon lo inauguró casi a escondidas en 1935 y por ello
el presidente Companys consideró inexcusable volver a hacerlo en 1936,
pero con la debida solemnidad. La obra llamaba la atención por la figura
de la República modelada por el escultor Viladomat, que se situó sobre
el obelisco. Una vez más la afilada ironía de los ciudadanos se puso de
manifiesto al bautizarla con el nombre de Margarita Carvajal, que, en
aquel momento, triunfaba en los escenarios del Paralelo, enseñando un
cuerpo digno de admiración: basaban aquel cambio irónico en el hecho de
que tenía la "gracia" en el culo; tenían razón: la figura había sido orientada
de espaldas a ese barrio.
El otro gran monumento fue el de mosén Cinto, con una figura modelada
por Borrell i Nicolau. La inauguración resultó polémica, ya que contó
con la presencia de un rey que, desde hacía un año, consentía la dictadura;
por este motivo, una serie de prohombres de la cultura y la política,
encabezados por Guimerà, boicotearon el acto y a esa misma hora se dirigieron
al cementerio de Montjuïc para realizar una ofrenda floral al poeta.
El aspecto que presentaba entonces la Diagonal entre mosén Cinto y la
inexistente plaza de las Glòries era decepcionante y confirmaba la tendencia
de un crecimiento en sentido contrario al que Cerdà había imaginado. Así
pues, no era extraño que en la descripción que hizo Lluís Capdevila en
1926 evocara una paisaje con huertos, tabernas, traperos, gitanos, etc.
Les Corts, con la etimología en la mano, significa "masías". La suave
llanura de Barcelona, entre los núcleos urbanos de Sarrià y Les Corts,
que aparece hoy atravesada por la Diagonal, eran masadas que vivían de
unas tierras excelentes para el cultivo o para los tejares. Además, se
trataba de un paraje que gozaba de un clima de lo más suave, elegido por
la aristocracia como lugar de veraneo y por los enfermos para que los
internasen en centros de convalecencia.
Entre el Palau Reial y la plaza de Francesc Macià, a ambos lados de la
gran avenida, había algunas masías:
-Casa Xica d'en Lletjòs, ocupada en la actualidad por el número 612, que
fue derribada en 1910.
-Entre las calles Loreto y Fray Luis de Granada, desde 1515, las casas
de Pere Ferrer.
-Entre Bori i Fontestà y Ganduxer, la finca de Ca n'Orlondo, propiedad
de los marqueses de Castelldosrius. Fue residencia de los Sentmenat, y
no fue derribada hasta 1949.
-L'Illa ocupa la propiedad en la que se encontraba el Asilo de San Juan
de Dios (1879), que, históricamente, había sido el mas de Can Barceló,
construido en el siglo XVIII.
-En el triángulo formado por la Diagonal, Numància y el camino de Sarrià
a Barcelona, por la calle Anglesola y por el camino de Sarrià a Hostafranchs,
se encontraba Can Deliri, de la familia Cusó, derribada en 1923.
-En el cruce de Carlos III había una finca del siglo XIII que pertenecía
a un payés de Sarrià llamado Guillem Martí. En 1743 los marqueses de Peñalver
iniciaron la construcción de Can Duran, que aproximadamente en 1870 se
transformó en el asilo del Bon Consell.
-Can Ramon de l'Ull, masía construida en 1506, propiedad de los hermanos
Miret i Sans a principios del siglo XX; fue derribada cuando se abrió
la Diagonal.
-Can Estela, residencia de verano de los condes de Vallcabra; fue derribada
en 1952 para construir en su lugar la plaza de Pius XII.
UN PALACIO PARA ALFONSO XIII
Se
trataba de un panorama plácido, rural y bucólico que se vio abocado a
un cambio repentino, cuando Cambó consideró inaceptable que el rey no
dispusiera en Barcelona de un palacio, ya que en 1875 se había quemado
el que la Corona poseía en Ciutat Vella. El líder de la Lliga tuvo la
idea de mandar construir uno de verdad y con un parque creado por Forestier
que fuera desde el depósito de las aguas hasta la cima de Sant Pere Mártir;
pero una crisis política hizo caer al gobierno, en 1918, cuando estaba
a punto de ser aprobada una subvención muy importante. Tras el fracaso
de este primer intento, Joan Antoni Güell, que había seguido el proyecto
con atención, propuso en 1919 que el nuevo palacio real que Barcelona
ofrendaba a Alfonso XIII se situase en una finca que había adquirido su
abuelo Joan, formada por las masadas Can Feliu y Torre Baldiró, y ampliada
por su padre Eusebi, tras adquirir Can Cuyàs. Para que la iniciativa llegara
a buen puerto, ofreció, por la simbólica cantidad de 25.000 pesetas, casi
69.000 metros cuadrados.
Era un acto de generosidad ejemplar, pero no es menos cierto que el gesto
se basaba en el hecho ineludible de que la obra obligaría a prolongar
la Diagonal, lo que suponía automáticamente una colosal plusvalía de las
grandes fincas que aún poseía en aquella zona. Se esperaba que los monárquicos
locales contribuyesen con aportaciones económicas, pero una vez más se
evidenció la tacañería de aquellos personajes, ya que algunos tuvieron
la desfachatez de donar piezas de mobiliario y decoración que parecían
sacadas de un rastrillo.
Así pues, ésta fue la razón que explica que el palacio y el parque acabasen
reducidos a una casa, ampliada por el arquitecto Nebot, y a un jardín,
creado por Rubió i Tudurí. Una lástima, aunque hay que reconocer que la
iniciativa permitió un crecimiento inmediato de la Diagonal en esa dirección.
El arquitecto Jesús Portavella, el mismo que ha estudiado el nomenclátor,
ha realizado una investigación que demuestra que Cerdà trazó la Diagonal
de forma que no obligaba a derribar muchas de las masías que antes hemos
mencionado. Parece ser que una mala alineación a la hora de hacer realidad
sobre el terreno lo que se había diseñado provocó ese efecto tan negativo.
En 1926 se hizo entrega de la obra en un acto solemne. El monarca, al
que le hacía mucha ilusión aquel palacio, no pudo disfrutarlo mucho. Sólo
celebró algunos actos y recepciones de la Exposición Internacional de
1929, pero cuando se produjo el cambio de régimen, fue declarado monumento
histórico-nacional, confiscado por el Estado, cedido inmediatamente al
Ayuntamiento y transformado en Museu de les Arts Decoratives, inaugurado
por Macià en los últimos días de 1932.
Fue el propio arquitecto Nebot quien diseñó la sección de la nueva Diagonal,
que no mantenía en absoluto el ritmo de la anterior. Una de las misiones
de la plaza de Francesc Macià fue la de disimular visualmente la ruptura
y la de actuar como rótula que uniera esta transición tan difícil, cosa
que consiguió. La plaza, proyectada en 1928 por Rubió i Tudurí, quien
consiguió una obra muy afinada, no se ejecutó hasta 1934. Todo el peso
del nuevo paseo recayó en la parte de la montaña, la más soleada; mientras
que en la parte del mar sólo dejó, por insistencia del alcalde barón de
Viver, un camino de tierra, destinado a los jinetes del Real Club de Polo.
La avenida, que en la parte del Eixample tenía una anchura de cincuenta
metros, adquirió unas dimensiones nunca vistas: 84 metros hasta Entença
y 92 hasta Maria Cristina. Hay que señalar que, al acercarse al Palau
Reial, se advierte un sensible cambio, ya que Rubió i Tudurí, responsable
también del arbolado, interrumpió aquel paisaje, con el fin de alertar
de la débil presencia de un Palau Reial que no se ve y de un prosaico
muro que lo rodea. Aquel entorno se ennobleció con tres esculturas, de
Llimona, Tarrac y Casanovas, que, fueron retiradas de la Plaça de Catalunya
y condenadas al ostracismo por inmorales en medio de una ruidosa campaña
moralizadora de beatos.
En aquella flamante Diagonal se instalaron el Palauet Abadal (1926), el
Junior Football Club (1931), el cuartel del Bruc (1932) y el Real Club
de Polo (1932), que contribuyeron a atraer hasta aquel lejano lugar a
unos cuantos barceloneses escogidos.
A
principios de siglo ya se había derribado una fábrica de sedas que se
encontraba justo en medio de la plaza de Francesc Macià. Aquel espacio
central quedó despejado, pero no sus aledaños, concretamente la zona limitada
por Borrell, Villarroel y Londres, a donde, en 1854, había sido trasladado,
procedente de los huertos de Sant Pau, el Jardín Botánico, donado por
el marqués de Sentmenat. Todo aquel conjunto, incluida la Granja Experimental,
estaba gestionado por la Diputación. Hacia 1906 el Ayuntamiento expresó
su deseo de trasladarlo nuevamente con objeto de acabar de urbanizar aquella
zona del Eixample. Por fin, en 1915, la Granja fue trasladada a una gran
finca de las afueras de Caldes de Montbuí, donde, precisamente ahora,
se pretende trasladar una parte del zoo. Aquella decisión era tan discutible,
que los herederos de Sentmenat la impugnaron, hecho que explica que esa
zona fuera un solar hasta los años cincuenta y que propició la instalación,
en los años cuarenta, de una pista de patinaje muy popular, Skating, y
de un gran vivero del florista Batlle.
Tenemos que situarnos en la época para comprender que la Diagonal quedaba
lejos del centro y que el nuevo tramo estaba más lejos todavía; hay que
tener presente que pocos barceloneses tenían coche. Así pues, antes de
la guerra no se consideraba como un espacio para pasear, salvo en momentos
especiales, como las misas de doce y de una que se celebraban en las iglesias
de Pompeia y de los Carmelitas en las fiestas de guardar. En aquella época
ya se habían abierto algunos establecimientos atractivos, como Parellada
y su terraza, que ocupaba el cruce de Córcega, enfrente del Palau Robert,
o la confitería Mora.
LA GUERRA CIVIL
La Diagonal tuvo un notable protagonismo en el alzamiento fascista contra
el Gobierno de la República. Una parte de los sublevados salió de madrugada
del cuartel del Bruc y algunos elementos civiles, reunidos en el campo
del Espanyol, se les fueron sumando. Al llegar al Cinc d'Oros se produjo
un primer enfrentamiento que provocó que algunos se hicieran fuertes en
los Carmelitas y que tuviera lugar un asedio y la posterior rendición.
La reacción anticlerical, que no necesitaba en absoluto ser espoleada,
generó un intento de derribar una escultura de Llimona en la fachada de
Pompeia, sin conseguirlo. A golpes de martillo se eliminó el relieve del
Sagrado Corazón que adornaba el frontón de la fachada del Palau Pérez
Samanillo; el esgrafiado de la casa Company, de Puig i Cadafalch, fue
borrado por su propietario al ver cuál era el clima imperante y para evitar
males mayores.
En plena Guerra Civil se eligió este espacio espectacular y el mayor de
la ciudad para dar una emocionada despedida a los extranjeros que habían
venido a luchar contra el fascismo en las Brigadas Internacionales. El
desfile se celebró el 28 de octubre de 1938 y fue un espectáculo humano
de una emoción muy intensa.
Una parte de las tropas que ocuparon Barcelona entró por la Diagonal.
Y también se eligió esta avenida, que comenzaba a imponerse de una manera
bastante natural, para el gran desfile de la victoria, presidido por Franco
desde el balcón del piso principal del número 508. En ese ambiente encajaba
bien que un franquista agradecido como José Garí Gimeno donara al ejército
una finca muy bien situada para que construyesen una residencia para oficiales,
cuyo proyecto corrió a cargo de los arquitectos Solà Morales y Soteras.
La
burguesía había sufrido y quería desquitarse mediante el ocio; el verano
era un momento propicio y parecía que unos nuevos locales que se habían
inaugurado daban la sensación que se estaba fuera de la ciudad y de su
bullicio.
El Cortijo y la Rosaleda tuvieron un éxito inmediato, absoluto, tanto
que surgieron las copias, como Cactus y California. Cena, espectáculo,
baile, pero, sobre todo animación y fresco en una época en la que el aire
acondicionado era una rareza reservada a las salas de cine. La Granja
La Catalana y bares como Bauma, Bagatela, Guinea, Mery, Galera, Sándor,
entre otros, confirmaban una tendencia, en la que, en el terreno de los
restaurantes, Finisterre se impuso con autoridad. La inauguración en 1946
del cine (al que luego se añadió el teatro) Windsor con una película proaliada
añadió una pincelada de calidad que surtió su efecto.
La nueva Diagonal iba a morir justo después del Palau Reial; no conducía,
por tanto, a ningún sitio: un defecto incomprensible, ya que constituye
un grandilocuente callejón sin salida. Quien resolvió aquel grave problema
urbanístico no fue el Ayuntamiento, sino un ciudadano enamorado de los
coches y de la velocidad: Joaquim Molins Figueras. En su calidad de presidente
de la Penya Rhin, que ya había organizado con fortuna carreras en Montjuïc,
tuvo la idea de prolongar aquella avenida hasta Esplugues y empalmar con
la carretera que pasaba por Finestrelles, con lo que se conseguía, con
una reducida inversión, un circuito que permitía la homologación internacional.
La idea era excelente, pero el hecho decisivo fue que en aquel entonces
el ministro de Obras Públicas era Peña Boeuf, un buen amigo suyo. Todo
el proyecto se desarrolló con celeridad y en 1946 ya se pudo inaugurar.
Los mejores pilotos del mundo, Fangio incluido, y las marcas más acreditadas
se fueron dando cita cada año en una competición que se ganó el fervor
popular.
Ni que decir tiene que aquella intervención urbanística supuso un beneficio
de primer orden: Barcelona disfrutó de una entrada emocionante, ya que
la llegada en coche ofrecía una panorámica y una perspectiva tan inesperadas
como deslumbrantes. Este efecto se ha perdido en la actualidad.
La Penya Rhin consiguió que un tipo de barceloneses conocieran aquella
zona; eran bastantes, pero aún faltaba un conocimiento más popular y numeroso,
que se produjo poco después con motivo de la magna concentración, la mayor
que se haya registrado nunca en Barcelona: el Congreso Eucarístico, celebrado
en 1952.
Así pues, todos los barceloneses ya habían tenido conocimiento de aquella
avenida y su territorio, pero se trataba de unas relaciones esporádicas
y circunstanciales; en cambio, la decisión política de desactivar la revuelta
universitaria instalada en el propio centro de Barcelona, mediante la
construcción de una serie de facultades aisladas y no concentradas, consiguió,
por fin, la lenta pero definitiva incorporación de la zona a la vida ciudadana.
Se había pensado en la alternativa de Montjuïc, pero como se trataba de
suelo municipal, no permitía la corrupción ni los trapicheos económicos.
Así pues, no es extraño que la operación urbanística más importante llevada
a cabo desde la Exposición Internacional de 1929 propiciase actuaciones
escandalosas que acabaron con el encarcelamiento de tres arquitectos y
de un corredor de fincas. La Facultad de Farmacia era tan fea que tuvo
que ser escamoteada; la Escuela de Arquitectura, de Bona, Martínez y Segarra,
es decepcionante, y la Facultad de Derecho, de Giráldez, Iñigo y Subias,
sigue siendo el mejor edificio.
La
Diagonal había conseguido lo más difícil, que era haber entrado en franca
competencia con el Passeig de Gràcia como un lugar señorial y encantador
para los peatones. A finales de los años cincuenta resultaba más juvenil
(lo confirma la bolera Boliche, en homenaje al tango) y moderno dejarse
ver por ella. Duró poco. Una lástima. Y, por desgracia, ahora se ha perfeccionado,
ya que resulta físicamente imposible pasear por ella y se ha convertido
en una carrera de obstáculos o en un peligro por culpa de las bicicletas.
La Generalitat quiere acabarla de estropear introduciendo el tranvía con
calzador, para ahorrarse la inversión que habría que exigir, la del metro.
Las atalayas adornan la Diagonal, pero algunas han quedado más bien bajas;
a pesar de todo, lo más importante en esta cuestión es la calidad del
proyecto y, sobre todo, de los materiales. No sólo me parece adecuado
que la novísima Diagonal, la que empieza a nacer en estos momentos, haya
sido considerada como un territorio propicio para esta forma de arquitectura,
sino que en ese punto, la escala de la avenida también exige la intervención
de volúmenes potentes. Pero éste es otro capítulo.
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